May 25, 2013
Al margen de este caos insoportable en el que se ha convertido mi tiempo libre, con esta casa que tanto me gusta transformada en agónica cárcel, hoy han pasado más cosas. Mañana domingo (dentro de un rato) mi vecina, la de los ojos del color del agua de una playa hawaiana, celebra su cumpleaños en mi curro. Como soy de natural calzonazos, hemos dedicado la mañana a organizar la cosa. Íbamos a hacerlo en mi casa, pero huyendo de mi gato desesperado e inaguantable nos fuimos a desayunar a un Vip’s. El desayuno más caro de mi vida, pero uno de los más agradables. Tenía enfrente a mi bonita vecina, y a la derecha, al otro lado de una cristalera, había dos chicas jóvenes. Una de ellas tenía gafas, y rondaría los veinte años. Llevaba una camiseta blanca bastante amplia, y cuando maniobraba con el cuchillo y el tenedor para cortar sus crepes levantando el codo, yo podía ver claramente todo su pecho izquierdo, desnudo a través de la manga de la camiseta. Esto me distraía bastante de la conversación, y resultaba complicado mirar hacia mi derecha todo lo posible sin que mi interlocutora se diera cuenta de mi terrible y amoral fisgoneo lascivo. Aparte de esto, estuvimos buscando juguetes por los bazares de la zona. Concretamente, buscábamos un paquete de animales domésticos de plástico en miniatura, que contuviera un gatito negro, que ella tenía ilusión por colocarlo en la cima de su tarta de cumpleaños. No logramos encontrar el gato, así que seguí la pesquisa por la tarde, de nuevo, huyendo de los maullidos insoportables de mi gato patológicamente ansioso. Fui hasta mi antiguo chino de confianza, en Chamberí, y por fin encontré un paquete de delicados gatitos de plástico, pero como ninguno era negro me compré también un rotulador permanente. Me fui a pintar los gatitos haciendo tiempo para entrar a trabajar, en el bar de al lado. También pasé por la librería gratuita de la calle Covarrubias, porque estoy enfermo de dipsofobia, y me traje a casa una novela de Philip K. Dick de Nebulae, un ensayo sobre literatura de ciencia-ficcion y 7 bolsilibros de terror de Bruguera que había por allí tirados. 4 ya los tenía y se los regalé a mi compi de trabajo. Qué más hice hoy… Pues poco más. Hubo muchísimo trabajo, pero también visitas sorpresa. Apareció mi prima carnal, que iba al teatro. Está muy guapa, pero un poco flaca. Hacía dos años que no la veía. También vino una periodista del País amiga mía, con sus padres, que tampoco se deja ver mucho. Y la cerveza artesana de mi hermano ha tenido mucho éxito. Es una American Indian Pale Ale, bastante minoritaria, y no había vendido muchas en toda la semana; pues hoy la gente se volvía loca. Vino un matrimonio de Mérida, que la había visto en un artículo de una página web, y se llevó 4. Vino un guiri que le gustó muchísimo y se tomó tres. Y otro buen montón de curiosos se acabó tomando unas quince. No sé qué ha pasado hoy con la cerveza ésta pero me ha hecho mucha ilusión semejante éxito. Por lo demás, mucha niña mona, el Chuko, grupos grandes, todo muy bien, ha sido un día muy cansado y hale, voy a apagar al gato pegándole en la cabeza repetidas veces con el busto de Beethoven y me voy a dormir.

Al margen de este caos insoportable en el que se ha convertido mi tiempo libre, con esta casa que tanto me gusta transformada en agónica cárcel, hoy han pasado más cosas. Mañana domingo (dentro de un rato) mi vecina, la de los ojos del color del agua de una playa hawaiana, celebra su cumpleaños en mi curro. Como soy de natural calzonazos, hemos dedicado la mañana a organizar la cosa. Íbamos a hacerlo en mi casa, pero huyendo de mi gato desesperado e inaguantable nos fuimos a desayunar a un Vip’s. El desayuno más caro de mi vida, pero uno de los más agradables. Tenía enfrente a mi bonita vecina, y a la derecha, al otro lado de una cristalera, había dos chicas jóvenes. Una de ellas tenía gafas, y rondaría los veinte años. Llevaba una camiseta blanca bastante amplia, y cuando maniobraba con el cuchillo y el tenedor para cortar sus crepes levantando el codo, yo podía ver claramente todo su pecho izquierdo, desnudo a través de la manga de la camiseta. Esto me distraía bastante de la conversación, y resultaba complicado mirar hacia mi derecha todo lo posible sin que mi interlocutora se diera cuenta de mi terrible y amoral fisgoneo lascivo. Aparte de esto, estuvimos buscando juguetes por los bazares de la zona. Concretamente, buscábamos un paquete de animales domésticos de plástico en miniatura, que contuviera un gatito negro, que ella tenía ilusión por colocarlo en la cima de su tarta de cumpleaños. No logramos encontrar el gato, así que seguí la pesquisa por la tarde, de nuevo, huyendo de los maullidos insoportables de mi gato patológicamente ansioso. Fui hasta mi antiguo chino de confianza, en Chamberí, y por fin encontré un paquete de delicados gatitos de plástico, pero como ninguno era negro me compré también un rotulador permanente. Me fui a pintar los gatitos haciendo tiempo para entrar a trabajar, en el bar de al lado. También pasé por la librería gratuita de la calle Covarrubias, porque estoy enfermo de dipsofobia, y me traje a casa una novela de Philip K. Dick de Nebulae, un ensayo sobre literatura de ciencia-ficcion y 7 bolsilibros de terror de Bruguera que había por allí tirados. 4 ya los tenía y se los regalé a mi compi de trabajo. Qué más hice hoy… Pues poco más. Hubo muchísimo trabajo, pero también visitas sorpresa. Apareció mi prima carnal, que iba al teatro. Está muy guapa, pero un poco flaca. Hacía dos años que no la veía. También vino una periodista del País amiga mía, con sus padres, que tampoco se deja ver mucho. Y la cerveza artesana de mi hermano ha tenido mucho éxito. Es una American Indian Pale Ale, bastante minoritaria, y no había vendido muchas en toda la semana; pues hoy la gente se volvía loca. Vino un matrimonio de Mérida, que la había visto en un artículo de una página web, y se llevó 4. Vino un guiri que le gustó muchísimo y se tomó tres. Y otro buen montón de curiosos se acabó tomando unas quince. No sé qué ha pasado hoy con la cerveza ésta pero me ha hecho mucha ilusión semejante éxito. Por lo demás, mucha niña mona, el Chuko, grupos grandes, todo muy bien, ha sido un día muy cansado y hale, voy a apagar al gato pegándole en la cabeza repetidas veces con el busto de Beethoven y me voy a dormir.

May 25, 2013
Mi gato definitivamente no quiere estar en esta casa. Desde que descubrió que hay espacio por el que corretear encima de nuestras cabezas, está maullando todo el día, las 24 horas del día, como un bebé con dolores. Es terrible. Y yo me siento cruel, yo soy el hijo de la gran puta que tiene a este ser vivo encerrado. Hoy he estado todo el día huyendo del gato, pasé toda la mañana fuera de casa y toda la tarde fuera de casa, porque es insoportable. Por su parte, el otro gato está todo el día encerrado en su hábitat, que es el hueco que hay debajo del sofá del salón. No sale de ahí. Así están las cosas. De pronto, esta semana los tres habitantes de esta casa nos hemos vuelto locos y la convivencia es insoportable. En el rato que he escrito esto el gato ha gritado, con un quejido insufrible, desesperado, a mi alrededor, mientras caminaba de un lado a otro de la casa, exactamente, con ésta, 35 veces.

Mi gato definitivamente no quiere estar en esta casa. Desde que descubrió que hay espacio por el que corretear encima de nuestras cabezas, está maullando todo el día, las 24 horas del día, como un bebé con dolores. Es terrible. Y yo me siento cruel, yo soy el hijo de la gran puta que tiene a este ser vivo encerrado. Hoy he estado todo el día huyendo del gato, pasé toda la mañana fuera de casa y toda la tarde fuera de casa, porque es insoportable. Por su parte, el otro gato está todo el día encerrado en su hábitat, que es el hueco que hay debajo del sofá del salón. No sale de ahí. Así están las cosas. De pronto, esta semana los tres habitantes de esta casa nos hemos vuelto locos y la convivencia es insoportable. En el rato que he escrito esto el gato ha gritado, con un quejido insufrible, desesperado, a mi alrededor, mientras caminaba de un lado a otro de la casa, exactamente, con ésta, 35 veces.

May 22, 2013
Ya está. Cinco meses después, por fin he conseguido una escalera alta, la he colocado debajo de la trampilla que da a la buardilla, la he extendido y he conseguido subir lo suficiente como para poder asomar más de medio cuerpo por encima del nivel del techo de mi nueva casa, y echar un vistazo a lo que hay encima de mí, en ese almacén que me pertenece, al que tengo pensado dar uso de una manera u otra. Por fin he salido de dudas, y he podido observar tranquila, ampliamente a lo que hay allá arriba.
Había soñado con un espacio abuhardillado repleto de trastos viejos. Relojes de columnas de estilo victoriano, cajas con tebeos de terror pre-code llenos de polvo, roedores disecados en posturas graciosas, varias vitrinas con minerales o mariposas con sus correspondientes etiquetas escritas a mano, con la tinta casi borrada. Una motojet destartalada. Un disco trilobulado. Un Geyperman buzo primera edición. Jarrones de Dorchester, venuses de Laussel. Enciclopedias apócrifas, libros prohibidos, grimorios, cuadernos de apuntes de hace varios siglos, que quizá revelasen misterios domésticos pretéritos. Espadas de alabardero. Action Comics número 1. Mapas del tesoro de la Atlántida y planos de la tecnología del anacronópete. Bocetos de El Greco. Aperos en desuso, disfraces de menina, libreas emperchadas, candelabros, flambochos con ñueca, una valiosísima pinacoteca amontonada en una esquina, una montaña de huesos humanos calcinados en otra esquina. Baúles, arcas, cofres, maletas, maletines, arquetas, joyeros, urnas, estuches y cajas de todos los tamaños conteniendo objetos de otras épocas.
Había soñado demasiado. Lo que hay aquí encima es, básicamente, tierra. Restos de obra. Un palé destartalado, maderas surtidas, palos. Hay unas cinco bolsas, que contienen utensilios de cocina y baño del siglo XXI. Nada me sirve. En una caja hay restos de azulejos iguales que los del suelo de mi cocina (bien pensado, puede que me sirvan). Hay varios calefactores y un buen puñado de sillas plegables. Es decir, más o menos lo que ya había visto de puntillas desde el taburete-escalón de dos peldaños. Todo esto, y las bombonas de butano que no necesito, está amontonado alrededor de la misma trampilla. Más allá… No hay nada.
Eso sí, la estancia superior es mucho más amplia de lo que pensaba, de lo que me habían dicho. No se limita a cubrir la superficie de dos de mis habitaciones, sino que abarca todo mi piso completo, y se pierde hacia las zonas comunes del edificio. Incluso llega hasta una claraboya que hay en el techo a la altura del patio interior. Hay mucho, MUCHO espacio ahí para amontonar cosas. No es mala noticia del todo. Pensaba esperar algo de ayuda, pero como tengo que devolver la escalera en breve, voy a quitar de mi vista unas cuantas cosas.
Eso sí, como patio de juegos felino, el sitio es genial. Que se lo digan a Fredi, que bajarle de allí me está costando un horror. Tengo otro objetivo para los próximos días: diseñar una rampa para que los gatos puedan trepar hasta allí cuando quieran, y sobre todo volver a bajar a hacer sus necesidades igualmente cuando quieran. No tengo ningún problema con eso. A pesar del mogollón de arena, cuando ayer bajé al gato a la planta lo primero que hizo fue correr hasta el retrete, a toda leche. Se estaba aguantando las necesidades (número 1 y número 2), había respetado ese sitio. Y estuvo bebiendo un montón de rato, por el polvo. Creo que voy a vaciar ese espacio y acumular un buen montón de cosas, y dejar el resto diáfano para que correteen. Mejor con ayuda. Me quedaré la escalera un par de semanas.

Ya está. Cinco meses después, por fin he conseguido una escalera alta, la he colocado debajo de la trampilla que da a la buardilla, la he extendido y he conseguido subir lo suficiente como para poder asomar más de medio cuerpo por encima del nivel del techo de mi nueva casa, y echar un vistazo a lo que hay encima de mí, en ese almacén que me pertenece, al que tengo pensado dar uso de una manera u otra. Por fin he salido de dudas, y he podido observar tranquila, ampliamente a lo que hay allá arriba.

Había soñado con un espacio abuhardillado repleto de trastos viejos. Relojes de columnas de estilo victoriano, cajas con tebeos de terror pre-code llenos de polvo, roedores disecados en posturas graciosas, varias vitrinas con minerales o mariposas con sus correspondientes etiquetas escritas a mano, con la tinta casi borrada. Una motojet destartalada. Un disco trilobulado. Un Geyperman buzo primera edición. Jarrones de Dorchester, venuses de Laussel. Enciclopedias apócrifas, libros prohibidos, grimorios, cuadernos de apuntes de hace varios siglos, que quizá revelasen misterios domésticos pretéritos. Espadas de alabardero. Action Comics número 1. Mapas del tesoro de la Atlántida y planos de la tecnología del anacronópete. Bocetos de El Greco. Aperos en desuso, disfraces de menina, libreas emperchadas, candelabros, flambochos con ñueca, una valiosísima pinacoteca amontonada en una esquina, una montaña de huesos humanos calcinados en otra esquina. Baúles, arcas, cofres, maletas, maletines, arquetas, joyeros, urnas, estuches y cajas de todos los tamaños conteniendo objetos de otras épocas.

Había soñado demasiado. Lo que hay aquí encima es, básicamente, tierra. Restos de obra. Un palé destartalado, maderas surtidas, palos. Hay unas cinco bolsas, que contienen utensilios de cocina y baño del siglo XXI. Nada me sirve. En una caja hay restos de azulejos iguales que los del suelo de mi cocina (bien pensado, puede que me sirvan). Hay varios calefactores y un buen puñado de sillas plegables. Es decir, más o menos lo que ya había visto de puntillas desde el taburete-escalón de dos peldaños. Todo esto, y las bombonas de butano que no necesito, está amontonado alrededor de la misma trampilla. Más allá… No hay nada.

Eso sí, la estancia superior es mucho más amplia de lo que pensaba, de lo que me habían dicho. No se limita a cubrir la superficie de dos de mis habitaciones, sino que abarca todo mi piso completo, y se pierde hacia las zonas comunes del edificio. Incluso llega hasta una claraboya que hay en el techo a la altura del patio interior. Hay mucho, MUCHO espacio ahí para amontonar cosas. No es mala noticia del todo. Pensaba esperar algo de ayuda, pero como tengo que devolver la escalera en breve, voy a quitar de mi vista unas cuantas cosas.

Eso sí, como patio de juegos felino, el sitio es genial. Que se lo digan a Fredi, que bajarle de allí me está costando un horror. Tengo otro objetivo para los próximos días: diseñar una rampa para que los gatos puedan trepar hasta allí cuando quieran, y sobre todo volver a bajar a hacer sus necesidades igualmente cuando quieran. No tengo ningún problema con eso. A pesar del mogollón de arena, cuando ayer bajé al gato a la planta lo primero que hizo fue correr hasta el retrete, a toda leche. Se estaba aguantando las necesidades (número 1 y número 2), había respetado ese sitio. Y estuvo bebiendo un montón de rato, por el polvo. Creo que voy a vaciar ese espacio y acumular un buen montón de cosas, y dejar el resto diáfano para que correteen. Mejor con ayuda. Me quedaré la escalera un par de semanas.

May 21, 2013
Las últimas semanas han sido agotadoras. Bueno, es mentira, han sido como siempre: duermo muy poco y paso mucho tiempo fuera de casa; aunque trabajo pocas horas a la semana, trabajo duro, y tengo una intensa vida social. Lo que pasa es que los lunes y martes, mis días libres, me gusta estar todo el rato en casa, y estas últimas semanas  entre unas cosas y otras no he tenido ninguna de mi fabulosas jornadas hikikomori. Me encanta mi nueva casa, ya lo he dicho, estoy contentísimo y este cambio que dí a finales de diciembre (escapar sin avisar del osuro y húmedo semisótano de Chamberí e instalarme en este alegre y soleado ático de Malasaña) me ha venido de maravilla. Mi piso, me di cuenta el otro día, tiene aproximadamente las dimensiones de un vagón de metro; esa impresión tuve el otro día yendo en el metro, pero ahora que lo pienso, esto es más grande… o no lo sé, no viajo lo suficiente en el metro como para hacer comparaciones. Pero la distribución es alargada como un vagón de metro (con 5 estancias separadas), el techo no es muy alto y de ancho será poco más que un vagón de metro. Me gusta pensar que vivo en un vagón de metro abandonado, suspendido en lo alto de un edificio del barrio de Universidad; e igualmente me gusta la idea de gente viviendo en vagones de tren abandonados en cunetas o cocheras. Los vagones de tren son el espectáculo más logrado de la frialdad y lo inhumano. Mi tren volador debía pertenecer a alguna estrella del espectáculo, porque tiene unas paredes muy curiosas, papel pintado, corchos, espejos enormes, y el techo con unos dibujos sobre la escayola que llaman mucho la atención. Bombillas halógenas de las grandotas, y detalles muy setenteros por todas partes. Y por descontado, ahora está decorado con mucho gusto: como si aquí habitara un adolescente de Kentucky con diógenes y aficionado al horror vacui. Llevo ya cinco meses en este piso, y por fin, desde hace poco, terminé de instalar todos los estantes y adminículos que me faltaban, la última sesión de taladro, y ya está terminado; aunque ya decía el otro día de no paro de colocar detalles decorativos cuando me aburro, ahora que abandoné el trabajo online que me estaba agobiando tanto, y estoy hiperactivo.
Pero todavía queda algo muy importante por hacer en esta casa-tren: en la última habitación, al fondo, en la popa del vagón (una estancia de unos 8 metros cuadrados que uso como almacén y vestidor; ya digo que mi calidad de vida está a años luz de la pasada década), hay una trampilla en el techo, que da acceso a una despensa, un cobertizo, una troje, en la que no quepo de pie pero que ocupa toda la parte superior del vestidor y el dormitorio. Una estancia muy grande, y llena de trastos hasta donde puedo adivinar (no tengo una escalera lo suficientemente larga). Cada vez que me acuerdo de que todavía me queda por explorar esa zona superior (¡media casa más!) y darle algún uso, me regocijo y me asalta una sensación de misterio adolescente. Me siento como un Goonie, o como el protagonista de una inminente historia de R.L. Stine. Quién sabe qué puedo encontrar entre todos esos trastos… ¿el mapa de un tesoro? ¿Un cofre lleno de libros viejos, o revistas guarras? ¿El cadáver de Madeleine? Solo alcanzo a vislumbrar unas doce sillas distintas, tiestos, cajas y cajas, ventiladores y hasta tres bombonas de butano vacías, pero allá arriba hay mucha cosa, seguro. A saber qué.


El edificio donde vivo es una corrala, toda reformada y muy ordenada y bonita. Entra mucha luz desde babor, pero también desde estribor, porque hay una ventana que da a las zonas comunes. Mis vecinos, por el momento, parecen estupendos: al de la izquierda le conocía, es el propietario del último videoclub que queda en kilómetros, y además es cliente de mi bar; a mi izquierda vive una cuarentona solitaria, muy agradable, con la que ya he interactuado bastante. Me vino a dar la bienvenida al llegar, me saca la basura cuando la dejo en la puerta, y yo a ella, y un par de veces me ha pedido que le haga algún pequeño favor, lo cual me gusta y me hace sentir integrado; en dos de los otros tres portales de esta planta viven dos parejas jóvenes y agradables, y el otro está vacío ahora, pero pertenece a la actriz Anabel Alonso. Ya se me ha pasado la emoción, pero una vez me crucé con ella por la escalera, me saludó, nos rozamos, y me pasé el resto de la semana terriblemente excitado.

En la planta de abajo vive una pareja ecuatoriana, y a ella la conocía también, trabaja de cajera en el Carrefour de Quevedo. Y también debajo de mí duerme y se ducha esa chica que entró en mi vida y yo en la suya hace un mes, la de los ojos y el culo de princesa Disney, la maravillosa LS. En otras plantas vive más gente que conozco y otra a la que no, pero en general me cae todo el mundo muy bien. A estas alturas, ya odiaba a todos mis antiguos vecinos de Chamberí casi tanto como ellos a mí, o al menos sospechaba que ese odio mutuo sería cuestión de días.
Yo he salido ganando muchísimo con mi nuevo piso, pero muchísimo, de hecho me siento casi una persona normal habitando una vivienda familiar, como cualquier otra, y puedo pagarlo, aunque sea a trompicones, trabajando poco y en algo que me gusta. Pensé que nunca viviría dentro de los límites de Malasaña, siempre me negué a hacerlo, pero hasta el momento me está gustando por diversas razones. Pero ahora no quiero hablar de este barrio de paletos y subnormales. Venía a hablar de mis gatos. Mis gatos no están muy contentos aquí. El piso en el que vivía antes era amplio, un loft bastante decente (aunque oscuro y húmedo, y con unos vecinos de llevarles al juzgado), y además tenía acceso exclusivo al patio interior. Y ese era el patio de recreo de mis dos gatos. En eso han salido perdiendo muchísimo, y están desesperados aquí. Les saco un poco, de vez en cuando, a pasear por el estrecho pasillo que bordea la corrala, pero: a) no está bien que lo haga, son zonas comunes y otros vecinos también tienen gatos y no les he visto sacarles, estoy seguro de que me odian por hacerlo; b) una vez que se saben de memoria ese pequeño espacio, en absoluto comparable con mi viejo patio interior, están obsesionados con escapar escaleras abajo, y de hecho lo han conseguido varias veces, y es una pelea continua; y c) al gato gordo y torpón, Fredi, ahora le ha dado por subirse a la barandilla que separa el pasillo del vacío, donde tiendo la ropa, y cualquier día de estos se cae por el patio hasta la base de la corrala, cuatro pisos más abajo, y la vamos a tener.
Decía que ayer pasé, por fin, todo el día en casa. Muy feliz, disfrutando de mi música y mis lecturas. Dormí mucho, cociné, puse una lavadora, escribí unas cosas, pasé una tarde extraordinaria viendo una hermosa tormenta de Primavera de Tennessee Williams (mientras mi ropa recién tendida se echaba a perder), a última hora me bajé a ver al Negro y Á., charlar y tomarme un Baileys… Y cuando volví a casa, prontito, y me disponía a meterme en la cama, uno de mis gatos se había cagado sobre la colcha. Una airada protesta felina que ya se ha producido tres veces desde que vivo aquí. Tenían el lecho limpio, tenían comida y agua. El único motivo plausible que tenían para protestar, es que después de estos cinco meses ellos ya tienen claro que no les gusta esta casa, que quieren volver a su patio interior en Chamberí o escapar escaleras abajo; que necesitan más espacio para explorar.
Esta mañana, echando el rato escuchando la radio y desayunando, tuve una epifanía, até cabos y he hecho un experimento, basado en lo siguiente: a mis gatos les falta espacio, este piso se les queda enanísimo > tengo una planta entera encima de mi cabeza por explorar…
Bien. Pues hace exactamente cuarenta y seis minutos, he montado una pequeña torre de mesas, cojines y mantas debajo de la trampilla del vestidor. Me he subido a una pequeña escalerita de dos peldaños que tengo, y he aupado al gato gordo y torpe, Fredi, hasta la buardilla-almacén de la planta superior, a la cual, recuerdo, no tengo acceso visual y tengo que desalojar un día de estos cuando vuelva a reunir a los Goonies.
Pues bien. Por más que llamo a Fredi, con dulce voz de manflorita herido, no asoma. No escucho sus pasos ni sus arañazos ni sus gorjidos. Me he subido dos veces a la escalerita y he blandido una loncha fresquísima de pavo Jugossisimas de Campofrío, y el gato no asoma. No sé qué ha descubierto, no sé por qué no asoma. No sé si ha sido devorado, abducido, o es que existía algún acceso entre mi buardilla y las siguientes, y ahora anda explorando por la zona de Antón Martín. Necesito una escalera retráctil de tres metros y un equipo de espeleología lo antes posible. Quería a este gato.

Las últimas semanas han sido agotadoras. Bueno, es mentira, han sido como siempre: duermo muy poco y paso mucho tiempo fuera de casa; aunque trabajo pocas horas a la semana, trabajo duro, y tengo una intensa vida social. Lo que pasa es que los lunes y martes, mis días libres, me gusta estar todo el rato en casa, y estas últimas semanas  entre unas cosas y otras no he tenido ninguna de mi fabulosas jornadas hikikomori. Me encanta mi nueva casa, ya lo he dicho, estoy contentísimo y este cambio que dí a finales de diciembre (escapar sin avisar del osuro y húmedo semisótano de Chamberí e instalarme en este alegre y soleado ático de Malasaña) me ha venido de maravilla. Mi piso, me di cuenta el otro día, tiene aproximadamente las dimensiones de un vagón de metro; esa impresión tuve el otro día yendo en el metro, pero ahora que lo pienso, esto es más grande… o no lo sé, no viajo lo suficiente en el metro como para hacer comparaciones. Pero la distribución es alargada como un vagón de metro (con 5 estancias separadas), el techo no es muy alto y de ancho será poco más que un vagón de metro. Me gusta pensar que vivo en un vagón de metro abandonado, suspendido en lo alto de un edificio del barrio de Universidad; e igualmente me gusta la idea de gente viviendo en vagones de tren abandonados en cunetas o cocheras. Los vagones de tren son el espectáculo más logrado de la frialdad y lo inhumano. Mi tren volador debía pertenecer a alguna estrella del espectáculo, porque tiene unas paredes muy curiosas, papel pintado, corchos, espejos enormes, y el techo con unos dibujos sobre la escayola que llaman mucho la atención. Bombillas halógenas de las grandotas, y detalles muy setenteros por todas partes. Y por descontado, ahora está decorado con mucho gusto: como si aquí habitara un adolescente de Kentucky con diógenes y aficionado al horror vacui. Llevo ya cinco meses en este piso, y por fin, desde hace poco, terminé de instalar todos los estantes y adminículos que me faltaban, la última sesión de taladro, y ya está terminado; aunque ya decía el otro día de no paro de colocar detalles decorativos cuando me aburro, ahora que abandoné el trabajo online que me estaba agobiando tanto, y estoy hiperactivo.

Pero todavía queda algo muy importante por hacer en esta casa-tren: en la última habitación, al fondo, en la popa del vagón (una estancia de unos 8 metros cuadrados que uso como almacén y vestidor; ya digo que mi calidad de vida está a años luz de la pasada década), hay una trampilla en el techo, que da acceso a una despensa, un cobertizo, una troje, en la que no quepo de pie pero que ocupa toda la parte superior del vestidor y el dormitorio. Una estancia muy grande, y llena de trastos hasta donde puedo adivinar (no tengo una escalera lo suficientemente larga). Cada vez que me acuerdo de que todavía me queda por explorar esa zona superior (¡media casa más!) y darle algún uso, me regocijo y me asalta una sensación de misterio adolescente. Me siento como un Goonie, o como el protagonista de una inminente historia de R.L. Stine. Quién sabe qué puedo encontrar entre todos esos trastos… ¿el mapa de un tesoro? ¿Un cofre lleno de libros viejos, o revistas guarras? ¿El cadáver de Madeleine? Solo alcanzo a vislumbrar unas doce sillas distintas, tiestos, cajas y cajas, ventiladores y hasta tres bombonas de butano vacías, pero allá arriba hay mucha cosa, seguro. A saber qué.

El edificio donde vivo es una corrala, toda reformada y muy ordenada y bonita. Entra mucha luz desde babor, pero también desde estribor, porque hay una ventana que da a las zonas comunes. Mis vecinos, por el momento, parecen estupendos: al de la izquierda le conocía, es el propietario del último videoclub que queda en kilómetros, y además es cliente de mi bar; a mi izquierda vive una cuarentona solitaria, muy agradable, con la que ya he interactuado bastante. Me vino a dar la bienvenida al llegar, me saca la basura cuando la dejo en la puerta, y yo a ella, y un par de veces me ha pedido que le haga algún pequeño favor, lo cual me gusta y me hace sentir integrado; en dos de los otros tres portales de esta planta viven dos parejas jóvenes y agradables, y el otro está vacío ahora, pero pertenece a la actriz Anabel Alonso. Ya se me ha pasado la emoción, pero una vez me crucé con ella por la escalera, me saludó, nos rozamos, y me pasé el resto de la semana terriblemente excitado.

En la planta de abajo vive una pareja ecuatoriana, y a ella la conocía también, trabaja de cajera en el Carrefour de Quevedo. Y también debajo de mí duerme y se ducha esa chica que entró en mi vida y yo en la suya hace un mes, la de los ojos y el culo de princesa Disney, la maravillosa LS. En otras plantas vive más gente que conozco y otra a la que no, pero en general me cae todo el mundo muy bien. A estas alturas, ya odiaba a todos mis antiguos vecinos de Chamberí casi tanto como ellos a mí, o al menos sospechaba que ese odio mutuo sería cuestión de días.

Yo he salido ganando muchísimo con mi nuevo piso, pero muchísimo, de hecho me siento casi una persona normal habitando una vivienda familiar, como cualquier otra, y puedo pagarlo, aunque sea a trompicones, trabajando poco y en algo que me gusta. Pensé que nunca viviría dentro de los límites de Malasaña, siempre me negué a hacerlo, pero hasta el momento me está gustando por diversas razones. Pero ahora no quiero hablar de este barrio de paletos y subnormales. Venía a hablar de mis gatos. Mis gatos no están muy contentos aquí. El piso en el que vivía antes era amplio, un loft bastante decente (aunque oscuro y húmedo, y con unos vecinos de llevarles al juzgado), y además tenía acceso exclusivo al patio interior. Y ese era el patio de recreo de mis dos gatos. En eso han salido perdiendo muchísimo, y están desesperados aquí. Les saco un poco, de vez en cuando, a pasear por el estrecho pasillo que bordea la corrala, pero: a) no está bien que lo haga, son zonas comunes y otros vecinos también tienen gatos y no les he visto sacarles, estoy seguro de que me odian por hacerlo; b) una vez que se saben de memoria ese pequeño espacio, en absoluto comparable con mi viejo patio interior, están obsesionados con escapar escaleras abajo, y de hecho lo han conseguido varias veces, y es una pelea continua; y c) al gato gordo y torpón, Fredi, ahora le ha dado por subirse a la barandilla que separa el pasillo del vacío, donde tiendo la ropa, y cualquier día de estos se cae por el patio hasta la base de la corrala, cuatro pisos más abajo, y la vamos a tener.

Decía que ayer pasé, por fin, todo el día en casa. Muy feliz, disfrutando de mi música y mis lecturas. Dormí mucho, cociné, puse una lavadora, escribí unas cosas, pasé una tarde extraordinaria viendo una hermosa tormenta de Primavera de Tennessee Williams (mientras mi ropa recién tendida se echaba a perder), a última hora me bajé a ver al Negro y Á., charlar y tomarme un Baileys… Y cuando volví a casa, prontito, y me disponía a meterme en la cama, uno de mis gatos se había cagado sobre la colcha. Una airada protesta felina que ya se ha producido tres veces desde que vivo aquí. Tenían el lecho limpio, tenían comida y agua. El único motivo plausible que tenían para protestar, es que después de estos cinco meses ellos ya tienen claro que no les gusta esta casa, que quieren volver a su patio interior en Chamberí o escapar escaleras abajo; que necesitan más espacio para explorar.

Esta mañana, echando el rato escuchando la radio y desayunando, tuve una epifanía, até cabos y he hecho un experimento, basado en lo siguiente: a mis gatos les falta espacio, este piso se les queda enanísimo > tengo una planta entera encima de mi cabeza por explorar…

Bien. Pues hace exactamente cuarenta y seis minutos, he montado una pequeña torre de mesas, cojines y mantas debajo de la trampilla del vestidor. Me he subido a una pequeña escalerita de dos peldaños que tengo, y he aupado al gato gordo y torpe, Fredi, hasta la buardilla-almacén de la planta superior, a la cual, recuerdo, no tengo acceso visual y tengo que desalojar un día de estos cuando vuelva a reunir a los Goonies.

Pues bien. Por más que llamo a Fredi, con dulce voz de manflorita herido, no asoma. No escucho sus pasos ni sus arañazos ni sus gorjidos. Me he subido dos veces a la escalerita y he blandido una loncha fresquísima de pavo Jugossisimas de Campofrío, y el gato no asoma. No sé qué ha descubierto, no sé por qué no asoma. No sé si ha sido devorado, abducido, o es que existía algún acceso entre mi buardilla y las siguientes, y ahora anda explorando por la zona de Antón Martín. Necesito una escalera retráctil de tres metros y un equipo de espeleología lo antes posible. Quería a este gato.

May 19, 2013
Anoche pinchamos en el Groovie, fue la primera vez que pincho un sábado en Malasaña. Y fue bastante decepcionante. Practicamente nada más terminar me fui a casa en silencio, cabizbajo, después de comerme un cacho de pizza horroroso, y me dormí enseguida. Fue decepcionante en todos los sentidos, a pesar de que me sentí muy bien durante el ejercicio del trabajo en sí. Se suponía que iba a ser un sábado muy liado, tenía plan desde el aperitivo, que supuestamente se iba a alargar hasta la hora de la sesión, pero los planes fueron cambiando a lo largo del día, y me lo pasé casi entero en casa; así que tuve tiempo de prepararme bien la música, cosa que no hago otras veces. Estoy acostumbrado a improvisar todo el tiempo, cuando pincho, tirando de la pila de CDs o LPs que haya, incluso sin llevarme música propia. Pero últimamente hemos formado una pareja de DJs, y mi compinche solo sabe pinchar con el ordenador. Es un tío muy pragmático, lleva un ordenador, una mesa y toda la música muy estructurada, incluso con las marcas en las canciones donde se solapan, o aquellas que remezcla un poco. Lo tiene todo durante semanas. Hacemos Sesiones Symbióticas de Liberación, un ejercicio inspirado en el SLA. Quedamos para preparar un “marco simbólico” de la sesión, y para hacer un cartel alusivo a la temática. Esta vez simplemente nos habíamos propuesto hacer un rollo bipolar, pinchar rock alternativo un rato, y luego música negraca. Hicimos un cartel bastante guay, obviamente inspirado en el imaginario del Ejército Simbiótico, coronado por una frase inspiracional que tenían en sus cuarteles (“Death to the fascist insect that preys on the life of the people”), y cuyo centro eran las fotos de Donald DeFreeze y Patty Hearst posando para el FBI, pero sustituidas sus placas de identificación por sendos álbumes, uno de James Brown y otro de Nirvana. Los carteles los hacemos de coña, es una excusa para quedar de vez en cuando, beber y fumar algo. Hacemos los carteles, tenemos logos, hemos hecho chapas y hasta camisetas. Habíamos pensado ir uno disfrazado de negro y otro de hipster, y abuchear cuando el otro pinchara lo contrario, pero aquello iba a parecer más una zarzuela. La cosa es que a nuestra edad, hemos perdido por completo el respeto a los DJs de Malasaña, esos titanes a los que yo admiraba tanto, que aparecían con su maletín de piel de marta lleno de maxis de vinilo de edición limitada. En estos tiempos que corren nos hace mucha ilusión este proyecto, que basicamente consiste en convocar a todos los colegas posibles en un bar un par de veces al mes y poner canciones una detrás de otra. En mi caso, lo que más ilusión me hace es librar del curro y ver a los amigos en el lado bueno de la barra, durante el rato que no me toca pinchar. Disfruto más esos ratos, con una copa en cada mano y totalmente desprendido del menor atisbo de responsabilidad respecto al garito; porque estar detrás de la barra solo, poniendo música, me pone bastante nervioso y no me hace mucha ilusión. El caso de DeFreeze es distinto, porque a todo no camarero le hace ilusión entrar tras la barra, no pagar por las copas, y estar al timón. Además él trabajó durante bastante tiempo pinchando en bodas, y eso debe ser un infierno. Estaba muy frustrado y quería prepararse sus sesiones de r&b, con todo lo que sabe y le apasiona la música. Me pilló por banda hace mucho tiempo y me insistía e insistía con esta idea, que por fin se ha materializado. Y tenemos fechas, como los profesionales, en cuatro sitios, incluso una Sesión Simbiótica de Liberación en San Sebastián.
Pero lo de ayer fue decepcionante, en general. Todo empezó mal. Vinieron DeFreeze y el Chichas a mi casa. Chichas no conocía mi nueva casa, tan mona ella, que la estoy todo el día decorando, como un chiflado, estoy muy feliz aquí y es todo muy pop y lleno de libros y cosas. La semana pasada por ejemplo me centré en el cuarto de baño. Pinté un poco un espejo con churretones de colores; colgué dos láminas sobre cartón pluma en una pared, de un pintor burtoniano del barrio que expuso hace un mes en mi bar; y estuve pegando pequeños vaqueros de plástico de colores uno a uno con pegamento, desafiando la gravedad en horizontal sobre el lateral de un armario, apuntándose con sus armas entre ellos como en un eterno macro-duelo del Oeste cíclico. Estoy poniendo detalles de loco por todas partes, me entretiene. Pues a Chichas le gustó el sitio, se sentó en el sillón de orejas de Diabolik a fumar su cigarro electrónico y a tomar café mientras pasaba mi música al odioso portátil de DeFreeze. Nos reímos mucho, haciendo chistes de adolescencia. Pero la putada es que teníamos mal pálpito respecto a lo que se avecinaba, porque no íbamos a poder cumplir con el rito de la cena en el Lozano, ya que estaba cerrado por acontecimiento familiar. Qué hijos de puta. Erramos de arriba a abajo por las calles y cenamos en una plaza tirados comida para llevar con unas cervezas. Hacía muchísimo frío, y el whassap de los tres ardía con mensajes de gente disculpándose porque no iba a poder venir. Fuimos al Camacho a por un botellín para llegar un poco impuntuales y no parecer ansiosos. En la tele estaba actuando Kurt Cobain para Eurovisión. DeFreeze se comió una pirula con su cerveza, como una estrella del ruock. Al llegar al sitio, resultó que el dueño, el Jesucristo Mod, no venía. En su lugar estaba una camarera de veinte años más tonta que una piedra, muy borde y muy brasas. Se hacía la graciosa conmigo a base de quejarse, y al principio me hacía ilusión, no estar solo tras la barra, pero a los diez minutos ya no la aguantaba; y acabó discutiendo con mis colegas, ya tajados, porque es una borde existencialista de manual. Otra cosa que pasó fue que se me había olvidado pasar los videos de .mp4 a .avi, olvidé que el proyector de allí no los leería. Había estado preparando casi cinco horas de escenas cortitas, de 1 a 4 minutos, intercalando rollo negraco (imágenes de los Panteras Negras, Angela Davis, James Browns, los Globetrotters, Fat Albert, Bill Cosby, Rosa Parks, Malcolm X, Blacula, Cleopatra Jones, Sun Ra…) con rollo indie/hipster (videoblog de un imbécil malasañero, shoegaze, straigt edge, Sonic Youth, Yo La Tengo, Amelie, Isabel Coixet, muffins, brunchs). La otra vez (que la sesión iba de agentes secretos bizarros) a la gente le gustaron mucho los videos. Qué desastre, cuando caí en la cuenta de que no leía nada… Todo era un poco frío, en general. La otra vez que pinchamos aquí fue maravilloso, y Jesucristo Mod fue el que mejor se lo pasó del mundo, bailamos como hechiceros vudú y nos dejó poner música hasta las cinco y media de la mañana. Esta vez era todo extraño y ajeno. Vinieron también muchos colegas, pero estaban charlando de dos en dos, solo bailábamos tres o cuatro. La gente ajena a nuestro círculo (poquísima gente; yo creía que esto se llenaría los sábados y parece que corren malos tiempos para la Malasaña olskool, peores de lo que pensaba) estaba pegada a la barra sin mover un solo músculo, ni siquiera un poquito el trapecio o los escalenos. Parecía que en lugar de en el Groovie estuvieran en el Bar Prado a las 10 de la mañana. Pero no se iban, no, se comieron cuatro horas de sesión sin dar señales de vida; muy horroroso no les parecería. La verdad es que estuve pinchando muy a gusto mis dos horas y pico, otras veces me agobio mucho y estoy deseando salir de la barra; o me hago un puto lío con el Virtual Díyei 3.4, o incluso se colapsa el ordenador, que una vez me pasó, o simplemente quiero estar borracho y no en el jodido ordenador (odio pinchar con el ordenador; no es que sea un pureta, una polla, pero yo estoy acostumbrado a pinchar con CDs piratas que me confecciono horas antes, con música del eMule, y la doble pletina es sota, caballo y rey; de verdad que odio el ordenador de DeFreeze más que al asesino de mis padres). Esta vez, escarmentado, me había traído toda la música en varias carpetas, ordenadita, tagueada. Y la sesion bastante clara en la cabeza, como digo, desde esta mañana. La primera hora fue jodida música indie. Me negué a poner chicharra de los dos mil, pese a que iba a venir gente como la Java o Laura (encima no vinieron), y me inventé mi propio concepto de indie. Puse a Andrew Bird’s Bowl Of Fire, Firehose, Sebadoh, Pavement, Geraldine Fibbers, Bad Religion, Big Soul, DeVotchka, Louise Attaque, Mr. Bungle, Jacques Dutronc, Tiger Lillies, Tom Waits, Violent Femmes, Beastie Boys, Luna, Pixies y no sé qué más, más o menos una selección improvisada de canciones de las que escuchaba en el walkman hace veinte años. Pinché para mí, para el Chichas, el Tomates y un par más de los que habían venido. De todas maneras sabía que no iba a haber nadie más a primera hora. Luego pinchó DeFreeze, que es más contemporáneo, y había tres ingleses al fondo que hasta fueron a felicitarle. Había un cumpleaños o una despedida de soltera de unas tías muy majas que iban todo de negro. Ah, nosotros nos habíamos hecho sendas camisetas rosas. Había unas mamarrachas amigas de la camarera, y había poca gente más. A mí vinieron a verme, porque si no les hubiera retirado el saludo, unas veinte personas, practicamente llenábamos el bar.
Total que después empezó el rato de la música negra. Me había preparado una batería de canciones en orden para abrir, cosa insólita en mí. Empecé con una versión muy fina de “El negro zumbón”, así de coña, y luego puse en este orden un par de calypsos, un par de skás y como un guante enlacé con los llenapistas de funk sucio y salvaje que siempre me funcionan. Y luego todo temazos uno tras otro: afrosoul, latin soul, northern soul, funk, Esquerita, Chuck Berry, Little Richard, Bunker Hill, Zodiacs, Cadets, Frankie Valli, Joe Tex, Clarence “Frogman” Henry, Booker T., hasta Michael Jackson niño y Louis Prima. Solo puse a dos blancas, Lillian Briggs y Wanda Jackson, pero no creo que fuera por el arrebato racista que la gente no se moviera casi nada. Joder, es que solo bailaban el Chichas y dos más. Con las canciones conocidas sí que parecían hacerse círculos, pero es que no me apetecía poner The Mierdettes todo el rato. Como digo, yo estuve muy a gusto y no quería ni mirar a la gente, pero algo raro había en el ambiente. Bueno, qué coño, es que no había casi nadie. Parecía un martes. Cuando luego siguió DeFreeze yo me tuve que ir a casa cristo a comprar tabaco, y de alguna gente ni me despedí. Ah, vino el Eggtor y su chica, que estuvieron analizando la sesión (y hasta le puse el tema de Rare Earth dedicado) y les gustó mucho, ya me contarán, pero que igual, estaban ¡sentados! Estaba todo el mundo paradísimo, y de verdad que no sé por qué. He pinchado suficientes veces cosas parecidas, hasta en el casco viejo de Guadalajara, y a las dos de la mañana el que no se mueve un poquito o tiene alguna enfermedad terminal o está pasando heroína. No es que me sintiera mal, de verdad que no, porque como digo yo estaba pinchando para mis cuatro colegas que sí estaban pasándoselo teta; a lo mejor el problema era ése… Bueno no, el problema es que qué ha sido de los sábados en el Groovie… Cuando yo salía estaba lleno, la gente entraba con las lambrettas directamente hasta la barra de punta en blanco y con faltas de volantes bailando sobre el asiento. Fue un poco raro. Otra cosa que pasó, ahora que lo pienso, es que yo estaba muy sobrio y con la cabeza en otra cosa, porque S. estaba de despedida de soltera y me dijo que no se iban a pasar, pero esa es otra historia. A última hora pasaron dos cosas muy muy extrañas: P., mamada como una mona, de pronto me dijo que parecía fin de año, que había muérdago encima nuestro, y que le diera un muérdago. Pues vale, pero fue raro… Es otra historia muy larga. Y luego cuando me estaba comiendo mi pizza de antes de un pis y a la cama (lo que contaba al principio del todo), entró una tía en la pizzería que iba también muy, muy borracha. No hablamos ni nada, yo esperé fuera fumando. Me sonaba de haberla visto en mi bar o por el barrio. O en el Barco, que está lleno de chifladas, seguramente. Cuando nos dieron las porciones, ella salió un poco antes, y me esperó fuera, mirándome fijamente. Yo la miré fijamente y pasé de largo. “Bueno, yo me voy a casa”, dijo, señalando al portal de enfrente. “Chao” dije yo, o algo. Iba a doblar la esquina, y la chica me llamó, apenas manteniendo el equilibrio gracias a que estaba apoyada sobre su calzone. Me llamó algo, que juraría que era mi nombre, pero a esta tía yo no la conozco salvo de vista, o puede que de alguna noche un poco más larga en el Barco, pero haría meses de eso. Me di la vuelta y me insistió: “Bueno, yo me voy a casa, dame un beso, ¿no?”, parada, señalando al portal de enfrente. Me dio hasta mal rollo, la pobre. Y estaba buena, incluso estando yo sobrio ella estaba bastante buena, y es de mi estilo. Le di dos besos y le dije que yo también me iba a mi casa. Se quedó como esperando algo, no sé el qué, pero yo me quería ir a mi casa. Mierda de estar sobrio, en qué hora. Yo creo que me confundió con otra persona, no tiene sentido que se refiriese realmente a mí, que nos hayamos conocido en la noche y yo no me acuerde (aunque sé que la he visto antes, seguro, me resulta familiar yo creo que de la fauna del Barco a las tantas entre semana). Pero todavía tiene menos sentido que una tía a mí me tires los trastos y me invite a subir a su casa sin conocerme. A mí eso no me pasa ni me pasará. Me giré muy digno y me fui comiendo mi pizza calle abajo hasta mi casa.
Hoy me he levantado muy raro. Llevo cuatro semanas inmensamente feliz. Estuve en Barcelona unos días visitando a A. (ahora no me apetece hablar de eso; hoy me ha escrito, por cierto), mi casa ya digo que está muy bonita y estoy muy a gusto en mi nueva vida, estoy librando bastante en el bar para hacer otras cosas cuando me apetece, y encima está esta chica que he conocido hace un mes y que se ha venido a vivir a mi edificio. Vamos juntos a muchos sitios, vemos pelis románticas en mi casa cada semana, una tarde estuvimos 14 horas seguidas de bares, no pasan tres días sin que venga a verme al curro o me timbre a la puerta, pese a que trabaja 60 horas a la semana. Le chiflan los gatos, tenemos gustos similares muy parecidos. Tiene un cuerpazo, tiene los ojos de un azul lapislázuli increíble y con la pupila muy grande cuando estamos juntos, es muy inteligente y le encanta estar conmigo… estoy muy emocionado con esta historia aunque probablemente no vaya a ningún lado, como siempre, pero me ha dado muchísimo oxígeno conocerla. Tiene 25 años y eso es un gran hándicap; pero supongo que si tuviese 35 ni siquiera sabría que existo encima suyo. Pero es muy bonito lo que estoy viviendo ultimamente entre unas cosas y otras, estoy muy creativo, pintando, escribiendo, leyendo mucho, viendo películas enteras sin moverme del sillón, con lo que me cuesta a mí eso. Estoy bebiendo menos alcohol de lo normal y eso indica que estoy a gusto. En el último mes solo me puse triste un ratito el jueves. Soy una persona melancólica, mi estado natural es estar solo, esconcido en el sofá leyendo y escuchando Radio Clásica, qué se le va a hacer, me gustan las cosas tristes y melodramáticas; y sin embargo estas últimas semanas he estado casi todo el tiempo muy feliz, muy sobrio, madrugando, saliendo mucho a la calle, emborrachándome lo mismo que un oficinista, trabajando a gusto, con Lau y Nai las cosas están mejor que nunca, con mi familia también. He tenido un sobrino, nació el 22-F, y me siento casi casi casi como un padre. Es precioso y está todo el tiempo riéndose. Y a su madre de pronto la quiero muchísimo y hasta he ido a verles al PAU de Tomarporculo, si no he ido más es porque llovía. Estoy viviendo momentos muy dulces. Aunque lo de anoche, mi sábado libre para estar con los colegas, fuese en general extraño y muy poco symbiótico.
Y decía que hoy también estoy rarete. Es lo normal en mí, levantarme existencialista, y ya no me pasaba. Hoy un poco, pensando en las cosas que pasaron anoche. Que pasaron más cosas, tampoco lo voy a contar todo, movidas con el curro, cosas. Movidas. Todo está bien pero me he levantado intenso. Y me he ido a desayunar al jardín rococó del Museo Romántico, con mi libro, despacito, todo digno, para ver si se me pasaba la tontería. Había bastante gente en la cafetería, oficinistas domingueros hijos de puta, pero en el jardín nadie. Me senté en mi mesa favorita a leer, y de pronto el camarero encendió los altavoces del jardín, a toda hostia, una música electrónica infernal como la que sale del maletero de los seat ibiza a las siete de la mañana en el aparcamiento del Amnesia. Se me pasó el spleen de golpe, sí, pero me dieron unas ganas de matar incontrolables. Estuve sopesando la idea de volcar la mesa con el café entero, dejar 10 euros en la silla y marcharme dando un portazo, pero decidí levantarme y entrar a pedirle al bakala de extrarradio de la barra de dentro que si no le importaba poner fin a esa tortura, apelando al acuerdo secreto inter-camareros. Y lo hizo. Increíblemente, apagó la música del jardín. Probablemente escupió o se masturbó sobre mi tacita de tomate triturado antes de que la camarera, también bakala, me lo trajera, pero lo importante es que apagó ese horror. Seguí leyendo, muy a gusto y muy digno, pero al ratito entraron en mi Paraíso Secreto del Desayuno de Alto Rendimiento dos matrimonios con treinta y siete millones de niños correteando alrededor de mi mesa, y tuve que irme. Me sentí bastante sazatornil esta mañana, pero al menos se me pasó la tristeza. He vuelto a casa después de comprar comida preparada, he estado planificando el día vía whassap y hasta me he reconciliado un poco con el Cejakas en cuatro frases acordiales (que mira que me da igual, no le echo de menos para nada…; ésta sí que es una larga historia, pero la verdad es que nos hemos distanciado varios continentes, pese a vivir a dos manzanas). La Lore, que ayer era más Kim que Lore, se ha despertado pronto no sé cómo y me va a llevar a pasar la tarde a la Sierra, a visitar a mi mejor amigo del alma, que se ha venido un mes a España y quiero conocer a su segundo hijo. O voy a Manzanares o no hay manera. Después trabajo en el bar, aunque llegaré un poco tarde. Vienen mis papás al teatro y a cenar al bar. De puta madre, porque así me ahorro la visita al piso familiar de la semana que viene, que ya tocaba. Y hala, dentro de unas pocas horas, una semana menos. ¡Ah sí, se me olvidaba contarlo! Hace unos segundos estuve escribiendo una cosa en un tumblr que tenía. Hace décimas de segundo. Ahora de hecho sigo. Pero ya. Basta. Un poco más… Vale. Ya.

Anoche pinchamos en el Groovie, fue la primera vez que pincho un sábado en Malasaña. Y fue bastante decepcionante. Practicamente nada más terminar me fui a casa en silencio, cabizbajo, después de comerme un cacho de pizza horroroso, y me dormí enseguida. Fue decepcionante en todos los sentidos, a pesar de que me sentí muy bien durante el ejercicio del trabajo en sí. Se suponía que iba a ser un sábado muy liado, tenía plan desde el aperitivo, que supuestamente se iba a alargar hasta la hora de la sesión, pero los planes fueron cambiando a lo largo del día, y me lo pasé casi entero en casa; así que tuve tiempo de prepararme bien la música, cosa que no hago otras veces. Estoy acostumbrado a improvisar todo el tiempo, cuando pincho, tirando de la pila de CDs o LPs que haya, incluso sin llevarme música propia. Pero últimamente hemos formado una pareja de DJs, y mi compinche solo sabe pinchar con el ordenador. Es un tío muy pragmático, lleva un ordenador, una mesa y toda la música muy estructurada, incluso con las marcas en las canciones donde se solapan, o aquellas que remezcla un poco. Lo tiene todo durante semanas. Hacemos Sesiones Symbióticas de Liberación, un ejercicio inspirado en el SLA. Quedamos para preparar un “marco simbólico” de la sesión, y para hacer un cartel alusivo a la temática. Esta vez simplemente nos habíamos propuesto hacer un rollo bipolar, pinchar rock alternativo un rato, y luego música negraca. Hicimos un cartel bastante guay, obviamente inspirado en el imaginario del Ejército Simbiótico, coronado por una frase inspiracional que tenían en sus cuarteles (“Death to the fascist insect that preys on the life of the people”), y cuyo centro eran las fotos de Donald DeFreeze y Patty Hearst posando para el FBI, pero sustituidas sus placas de identificación por sendos álbumes, uno de James Brown y otro de Nirvana. Los carteles los hacemos de coña, es una excusa para quedar de vez en cuando, beber y fumar algo. Hacemos los carteles, tenemos logos, hemos hecho chapas y hasta camisetas. Habíamos pensado ir uno disfrazado de negro y otro de hipster, y abuchear cuando el otro pinchara lo contrario, pero aquello iba a parecer más una zarzuela. La cosa es que a nuestra edad, hemos perdido por completo el respeto a los DJs de Malasaña, esos titanes a los que yo admiraba tanto, que aparecían con su maletín de piel de marta lleno de maxis de vinilo de edición limitada. En estos tiempos que corren nos hace mucha ilusión este proyecto, que basicamente consiste en convocar a todos los colegas posibles en un bar un par de veces al mes y poner canciones una detrás de otra. En mi caso, lo que más ilusión me hace es librar del curro y ver a los amigos en el lado bueno de la barra, durante el rato que no me toca pinchar. Disfruto más esos ratos, con una copa en cada mano y totalmente desprendido del menor atisbo de responsabilidad respecto al garito; porque estar detrás de la barra solo, poniendo música, me pone bastante nervioso y no me hace mucha ilusión. El caso de DeFreeze es distinto, porque a todo no camarero le hace ilusión entrar tras la barra, no pagar por las copas, y estar al timón. Además él trabajó durante bastante tiempo pinchando en bodas, y eso debe ser un infierno. Estaba muy frustrado y quería prepararse sus sesiones de r&b, con todo lo que sabe y le apasiona la música. Me pilló por banda hace mucho tiempo y me insistía e insistía con esta idea, que por fin se ha materializado. Y tenemos fechas, como los profesionales, en cuatro sitios, incluso una Sesión Simbiótica de Liberación en San Sebastián.

Pero lo de ayer fue decepcionante, en general. Todo empezó mal. Vinieron DeFreeze y el Chichas a mi casa. Chichas no conocía mi nueva casa, tan mona ella, que la estoy todo el día decorando, como un chiflado, estoy muy feliz aquí y es todo muy pop y lleno de libros y cosas. La semana pasada por ejemplo me centré en el cuarto de baño. Pinté un poco un espejo con churretones de colores; colgué dos láminas sobre cartón pluma en una pared, de un pintor burtoniano del barrio que expuso hace un mes en mi bar; y estuve pegando pequeños vaqueros de plástico de colores uno a uno con pegamento, desafiando la gravedad en horizontal sobre el lateral de un armario, apuntándose con sus armas entre ellos como en un eterno macro-duelo del Oeste cíclico. Estoy poniendo detalles de loco por todas partes, me entretiene. Pues a Chichas le gustó el sitio, se sentó en el sillón de orejas de Diabolik a fumar su cigarro electrónico y a tomar café mientras pasaba mi música al odioso portátil de DeFreeze. Nos reímos mucho, haciendo chistes de adolescencia. Pero la putada es que teníamos mal pálpito respecto a lo que se avecinaba, porque no íbamos a poder cumplir con el rito de la cena en el Lozano, ya que estaba cerrado por acontecimiento familiar. Qué hijos de puta. Erramos de arriba a abajo por las calles y cenamos en una plaza tirados comida para llevar con unas cervezas. Hacía muchísimo frío, y el whassap de los tres ardía con mensajes de gente disculpándose porque no iba a poder venir. Fuimos al Camacho a por un botellín para llegar un poco impuntuales y no parecer ansiosos. En la tele estaba actuando Kurt Cobain para Eurovisión. DeFreeze se comió una pirula con su cerveza, como una estrella del ruock. Al llegar al sitio, resultó que el dueño, el Jesucristo Mod, no venía. En su lugar estaba una camarera de veinte años más tonta que una piedra, muy borde y muy brasas. Se hacía la graciosa conmigo a base de quejarse, y al principio me hacía ilusión, no estar solo tras la barra, pero a los diez minutos ya no la aguantaba; y acabó discutiendo con mis colegas, ya tajados, porque es una borde existencialista de manual. Otra cosa que pasó fue que se me había olvidado pasar los videos de .mp4 a .avi, olvidé que el proyector de allí no los leería. Había estado preparando casi cinco horas de escenas cortitas, de 1 a 4 minutos, intercalando rollo negraco (imágenes de los Panteras Negras, Angela Davis, James Browns, los Globetrotters, Fat Albert, Bill Cosby, Rosa Parks, Malcolm X, Blacula, Cleopatra Jones, Sun Ra…) con rollo indie/hipster (videoblog de un imbécil malasañero, shoegaze, straigt edge, Sonic Youth, Yo La Tengo, Amelie, Isabel Coixet, muffins, brunchs). La otra vez (que la sesión iba de agentes secretos bizarros) a la gente le gustaron mucho los videos. Qué desastre, cuando caí en la cuenta de que no leía nada… Todo era un poco frío, en general. La otra vez que pinchamos aquí fue maravilloso, y Jesucristo Mod fue el que mejor se lo pasó del mundo, bailamos como hechiceros vudú y nos dejó poner música hasta las cinco y media de la mañana. Esta vez era todo extraño y ajeno. Vinieron también muchos colegas, pero estaban charlando de dos en dos, solo bailábamos tres o cuatro. La gente ajena a nuestro círculo (poquísima gente; yo creía que esto se llenaría los sábados y parece que corren malos tiempos para la Malasaña olskool, peores de lo que pensaba) estaba pegada a la barra sin mover un solo músculo, ni siquiera un poquito el trapecio o los escalenos. Parecía que en lugar de en el Groovie estuvieran en el Bar Prado a las 10 de la mañana. Pero no se iban, no, se comieron cuatro horas de sesión sin dar señales de vida; muy horroroso no les parecería. La verdad es que estuve pinchando muy a gusto mis dos horas y pico, otras veces me agobio mucho y estoy deseando salir de la barra; o me hago un puto lío con el Virtual Díyei 3.4, o incluso se colapsa el ordenador, que una vez me pasó, o simplemente quiero estar borracho y no en el jodido ordenador (odio pinchar con el ordenador; no es que sea un pureta, una polla, pero yo estoy acostumbrado a pinchar con CDs piratas que me confecciono horas antes, con música del eMule, y la doble pletina es sota, caballo y rey; de verdad que odio el ordenador de DeFreeze más que al asesino de mis padres). Esta vez, escarmentado, me había traído toda la música en varias carpetas, ordenadita, tagueada. Y la sesion bastante clara en la cabeza, como digo, desde esta mañana. La primera hora fue jodida música indie. Me negué a poner chicharra de los dos mil, pese a que iba a venir gente como la Java o Laura (encima no vinieron), y me inventé mi propio concepto de indie. Puse a Andrew Bird’s Bowl Of Fire, Firehose, Sebadoh, Pavement, Geraldine Fibbers, Bad Religion, Big Soul, DeVotchka, Louise Attaque, Mr. Bungle, Jacques Dutronc, Tiger Lillies, Tom Waits, Violent Femmes, Beastie Boys, Luna, Pixies y no sé qué más, más o menos una selección improvisada de canciones de las que escuchaba en el walkman hace veinte años. Pinché para mí, para el Chichas, el Tomates y un par más de los que habían venido. De todas maneras sabía que no iba a haber nadie más a primera hora. Luego pinchó DeFreeze, que es más contemporáneo, y había tres ingleses al fondo que hasta fueron a felicitarle. Había un cumpleaños o una despedida de soltera de unas tías muy majas que iban todo de negro. Ah, nosotros nos habíamos hecho sendas camisetas rosas. Había unas mamarrachas amigas de la camarera, y había poca gente más. A mí vinieron a verme, porque si no les hubiera retirado el saludo, unas veinte personas, practicamente llenábamos el bar.

Total que después empezó el rato de la música negra. Me había preparado una batería de canciones en orden para abrir, cosa insólita en mí. Empecé con una versión muy fina de “El negro zumbón”, así de coña, y luego puse en este orden un par de calypsos, un par de skás y como un guante enlacé con los llenapistas de funk sucio y salvaje que siempre me funcionan. Y luego todo temazos uno tras otro: afrosoul, latin soul, northern soul, funk, Esquerita, Chuck Berry, Little Richard, Bunker Hill, Zodiacs, Cadets, Frankie Valli, Joe Tex, Clarence “Frogman” Henry, Booker T., hasta Michael Jackson niño y Louis Prima. Solo puse a dos blancas, Lillian Briggs y Wanda Jackson, pero no creo que fuera por el arrebato racista que la gente no se moviera casi nada. Joder, es que solo bailaban el Chichas y dos más. Con las canciones conocidas sí que parecían hacerse círculos, pero es que no me apetecía poner The Mierdettes todo el rato. Como digo, yo estuve muy a gusto y no quería ni mirar a la gente, pero algo raro había en el ambiente. Bueno, qué coño, es que no había casi nadie. Parecía un martes. Cuando luego siguió DeFreeze yo me tuve que ir a casa cristo a comprar tabaco, y de alguna gente ni me despedí. Ah, vino el Eggtor y su chica, que estuvieron analizando la sesión (y hasta le puse el tema de Rare Earth dedicado) y les gustó mucho, ya me contarán, pero que igual, estaban ¡sentados! Estaba todo el mundo paradísimo, y de verdad que no sé por qué. He pinchado suficientes veces cosas parecidas, hasta en el casco viejo de Guadalajara, y a las dos de la mañana el que no se mueve un poquito o tiene alguna enfermedad terminal o está pasando heroína. No es que me sintiera mal, de verdad que no, porque como digo yo estaba pinchando para mis cuatro colegas que sí estaban pasándoselo teta; a lo mejor el problema era ése… Bueno no, el problema es que qué ha sido de los sábados en el Groovie… Cuando yo salía estaba lleno, la gente entraba con las lambrettas directamente hasta la barra de punta en blanco y con faltas de volantes bailando sobre el asiento. Fue un poco raro. Otra cosa que pasó, ahora que lo pienso, es que yo estaba muy sobrio y con la cabeza en otra cosa, porque S. estaba de despedida de soltera y me dijo que no se iban a pasar, pero esa es otra historia. A última hora pasaron dos cosas muy muy extrañas: P., mamada como una mona, de pronto me dijo que parecía fin de año, que había muérdago encima nuestro, y que le diera un muérdago. Pues vale, pero fue raro… Es otra historia muy larga. Y luego cuando me estaba comiendo mi pizza de antes de un pis y a la cama (lo que contaba al principio del todo), entró una tía en la pizzería que iba también muy, muy borracha. No hablamos ni nada, yo esperé fuera fumando. Me sonaba de haberla visto en mi bar o por el barrio. O en el Barco, que está lleno de chifladas, seguramente. Cuando nos dieron las porciones, ella salió un poco antes, y me esperó fuera, mirándome fijamente. Yo la miré fijamente y pasé de largo. “Bueno, yo me voy a casa”, dijo, señalando al portal de enfrente. “Chao” dije yo, o algo. Iba a doblar la esquina, y la chica me llamó, apenas manteniendo el equilibrio gracias a que estaba apoyada sobre su calzone. Me llamó algo, que juraría que era mi nombre, pero a esta tía yo no la conozco salvo de vista, o puede que de alguna noche un poco más larga en el Barco, pero haría meses de eso. Me di la vuelta y me insistió: “Bueno, yo me voy a casa, dame un beso, ¿no?”, parada, señalando al portal de enfrente. Me dio hasta mal rollo, la pobre. Y estaba buena, incluso estando yo sobrio ella estaba bastante buena, y es de mi estilo. Le di dos besos y le dije que yo también me iba a mi casa. Se quedó como esperando algo, no sé el qué, pero yo me quería ir a mi casa. Mierda de estar sobrio, en qué hora. Yo creo que me confundió con otra persona, no tiene sentido que se refiriese realmente a mí, que nos hayamos conocido en la noche y yo no me acuerde (aunque sé que la he visto antes, seguro, me resulta familiar yo creo que de la fauna del Barco a las tantas entre semana). Pero todavía tiene menos sentido que una tía a mí me tires los trastos y me invite a subir a su casa sin conocerme. A mí eso no me pasa ni me pasará. Me giré muy digno y me fui comiendo mi pizza calle abajo hasta mi casa.

Hoy me he levantado muy raro. Llevo cuatro semanas inmensamente feliz. Estuve en Barcelona unos días visitando a A. (ahora no me apetece hablar de eso; hoy me ha escrito, por cierto), mi casa ya digo que está muy bonita y estoy muy a gusto en mi nueva vida, estoy librando bastante en el bar para hacer otras cosas cuando me apetece, y encima está esta chica que he conocido hace un mes y que se ha venido a vivir a mi edificio. Vamos juntos a muchos sitios, vemos pelis románticas en mi casa cada semana, una tarde estuvimos 14 horas seguidas de bares, no pasan tres días sin que venga a verme al curro o me timbre a la puerta, pese a que trabaja 60 horas a la semana. Le chiflan los gatos, tenemos gustos similares muy parecidos. Tiene un cuerpazo, tiene los ojos de un azul lapislázuli increíble y con la pupila muy grande cuando estamos juntos, es muy inteligente y le encanta estar conmigo… estoy muy emocionado con esta historia aunque probablemente no vaya a ningún lado, como siempre, pero me ha dado muchísimo oxígeno conocerla. Tiene 25 años y eso es un gran hándicap; pero supongo que si tuviese 35 ni siquiera sabría que existo encima suyo. Pero es muy bonito lo que estoy viviendo ultimamente entre unas cosas y otras, estoy muy creativo, pintando, escribiendo, leyendo mucho, viendo películas enteras sin moverme del sillón, con lo que me cuesta a mí eso. Estoy bebiendo menos alcohol de lo normal y eso indica que estoy a gusto. En el último mes solo me puse triste un ratito el jueves. Soy una persona melancólica, mi estado natural es estar solo, esconcido en el sofá leyendo y escuchando Radio Clásica, qué se le va a hacer, me gustan las cosas tristes y melodramáticas; y sin embargo estas últimas semanas he estado casi todo el tiempo muy feliz, muy sobrio, madrugando, saliendo mucho a la calle, emborrachándome lo mismo que un oficinista, trabajando a gusto, con Lau y Nai las cosas están mejor que nunca, con mi familia también. He tenido un sobrino, nació el 22-F, y me siento casi casi casi como un padre. Es precioso y está todo el tiempo riéndose. Y a su madre de pronto la quiero muchísimo y hasta he ido a verles al PAU de Tomarporculo, si no he ido más es porque llovía. Estoy viviendo momentos muy dulces. Aunque lo de anoche, mi sábado libre para estar con los colegas, fuese en general extraño y muy poco symbiótico.

Y decía que hoy también estoy rarete. Es lo normal en mí, levantarme existencialista, y ya no me pasaba. Hoy un poco, pensando en las cosas que pasaron anoche. Que pasaron más cosas, tampoco lo voy a contar todo, movidas con el curro, cosas. Movidas. Todo está bien pero me he levantado intenso. Y me he ido a desayunar al jardín rococó del Museo Romántico, con mi libro, despacito, todo digno, para ver si se me pasaba la tontería. Había bastante gente en la cafetería, oficinistas domingueros hijos de puta, pero en el jardín nadie. Me senté en mi mesa favorita a leer, y de pronto el camarero encendió los altavoces del jardín, a toda hostia, una música electrónica infernal como la que sale del maletero de los seat ibiza a las siete de la mañana en el aparcamiento del Amnesia. Se me pasó el spleen de golpe, sí, pero me dieron unas ganas de matar incontrolables. Estuve sopesando la idea de volcar la mesa con el café entero, dejar 10 euros en la silla y marcharme dando un portazo, pero decidí levantarme y entrar a pedirle al bakala de extrarradio de la barra de dentro que si no le importaba poner fin a esa tortura, apelando al acuerdo secreto inter-camareros. Y lo hizo. Increíblemente, apagó la música del jardín. Probablemente escupió o se masturbó sobre mi tacita de tomate triturado antes de que la camarera, también bakala, me lo trajera, pero lo importante es que apagó ese horror. Seguí leyendo, muy a gusto y muy digno, pero al ratito entraron en mi Paraíso Secreto del Desayuno de Alto Rendimiento dos matrimonios con treinta y siete millones de niños correteando alrededor de mi mesa, y tuve que irme. Me sentí bastante sazatornil esta mañana, pero al menos se me pasó la tristeza. He vuelto a casa después de comprar comida preparada, he estado planificando el día vía whassap y hasta me he reconciliado un poco con el Cejakas en cuatro frases acordiales (que mira que me da igual, no le echo de menos para nada…; ésta sí que es una larga historia, pero la verdad es que nos hemos distanciado varios continentes, pese a vivir a dos manzanas). La Lore, que ayer era más Kim que Lore, se ha despertado pronto no sé cómo y me va a llevar a pasar la tarde a la Sierra, a visitar a mi mejor amigo del alma, que se ha venido un mes a España y quiero conocer a su segundo hijo. O voy a Manzanares o no hay manera. Después trabajo en el bar, aunque llegaré un poco tarde. Vienen mis papás al teatro y a cenar al bar. De puta madre, porque así me ahorro la visita al piso familiar de la semana que viene, que ya tocaba. Y hala, dentro de unas pocas horas, una semana menos. ¡Ah sí, se me olvidaba contarlo! Hace unos segundos estuve escribiendo una cosa en un tumblr que tenía. Hace décimas de segundo. Ahora de hecho sigo. Pero ya. Basta. Un poco más… Vale. Ya.

April 24, 2013
Ayer fue el Día Del Libro, que es una majadería que me hace mucha ilusión y que se está convirtiendo en mi día favorito del año, porque todos los años me lo tomo muy en serio: ahorro para comprarme libros (es decir, hago el esfuerzo de no comprarlos durante los cuatro o cinco días anteriores; porque me compro libros casi todos los días, estoy como una cabra, no me caben más libros baratos y asquerosos en casa), me leo el horroroso mamotreto con los eventos, quedo con gente, estoy todo el día al sol, voy a conciertos, a terrazas, las chicas van medio desnudas… Sólo podría mejorar esto el Día Internacional De Que Te Hagan Pajas Con Los Pies Las Turistas Eslavas Mientras Te Dan De Beber Long Island Ice Teas Del Entreteto. Por la mañana estuve dando una vuelta con JF, fuimos a las casetas de libros; que son todas iguales: tu novela histórica de este año, manuales de cocina-con-famoso, ficción para menopáusicas, pornografía militar… Pero hurgando entre los de Gran Vía encontramos cosas. Es como ir al Books Center, a La Central, a Madrid Comics y a Ábaco pero todo en pocos metros cuadrados. Este año era en Callao. Encontré algunos ejemplares de varias de las colecciones antiguas que hago, y eso me pone feliz, porque soy así de gilipollas. Llego a casa con una bolsa con libros, y como no me espera nadie en casa, que es lo que me gustaría, pues me conformo con colocar las cosas escuchando música. Comí en casa mi plato favorito, y en la sobremesa estuve mirando un concierto de Andrew Bird tocando en una iglesia vacía, que me pone los pelos de punta. Luego se me caía la casa encima, me iba a volver loco pensando que tenía que trabajar en lo de las páginas web (me ha salido un curro redactando estupideces para un blog sobre diseño, y otro sobre cursos de conducción de camiones; este mundo se fue a la mierda hace mucho, y ya nada tiene sentido). Había quedado a las 8, pero me fui a hacer tiempo a Plaza de España. Hacía mucho tiempo que no iba. Es la zona verde más cercana que tengo, me quería tirar en la hierba pero una vez allí me dio muchísimo asco, es un sitio espeluznante, una fosa séptica, en honor a su nombre. Aquello parecía un campo de refugiados. Me senté diez minutos sobre una piedra y luego me fui a una terraza, y después a otra, a leer yo solo, y ya vino mi colega del curro, que es la persona a la que más quiero en el mundo. Aquí no he hablado de ella porque no la conocía cuando dejé este tumblr, pero desde hace dos años nos hemos hecho inseparables, vamos a mil sitios juntos además de pasar montones de horas codo a codo en el bar, y nos necesitamos mucho. Encima está muy buena. Ahora mismo sale en la tele en un anuncio de alimentos congelados, y está preciosa. Es mi hermana. Pues fuimos a 4 conciertos. Ayer estuve en 4 conciertos con ella, y por eso me gustó tanto el día, porque la música en directo me pone muy feliz, si no es una mierda. Vimos a Variedades Azafrán, que hacen adaptaciones al chotis de éxitos del rock de los 80, un menda disfrazado de chulapo y un barbas con una guitarra destartalada. Después vimos a los Tikinautas en una tienda de tebeos (son un grupo de instro-surf, con máscaras y toda la parafernalia, que tocan canciones con títulos sobre monstruos y personajes de tebeo), luego cenamos algo y nos tomamos unas latas sentados en una de las seis plazas infectas del barrio, haciendo tiempo a que empezase la big band de los martes en el Bar&co. Es increíble, un lujazo ver esto gratis todas las semanas, y con la sala vacía. La gente da asco, luego cierran las salas de conciertos y la gente lloriquea, y tienen aquí todas las semanas a una orquesta de 19 músicos haciendo estándares de jazz de los años 30 y 40, y hay más gente en el escenario que abajo bailando. Luego tocó otra banda a la que hicimos menos caso. Entre medias charlamos mucho, nos tomamos una en el Cáfe para saludar a esta gente, subimos a mi casa a por dineros y a dar de comer a los gatos, nos tomamos otra lata fuera… Ella se puso muy pedo porque está muy nerviosa, porque se muda, después de tres años viviendo con mi ex. De hecho en los Tikinautas la confirmaron en qué habitación de un piso compartido se va a instalar, y es la mediana pero super-barata, y estaba muy feliz. Y se mamó al primer sorbo, de puros nervios. A última hora, de repente se me acercó el dueño del Barco y, sin darme explicaciones, me regaló una consumición y desapareció detrás de una columna. Me estremecí de la emoción. Llevo yendo al Barco desde antes de que abrieran, les conozco del bar que tenían antes al lado de la Dos de Mayo, pero hasta ahora siempre habían hecho como si no me conocieran. Los puertas me saludan, e incluso a veces charlamos, pero, ¿invitarme a una copa, a mí, sin pedirla ni nada? Me quedé loco. Me hicieron sentir especial, me sentí como una golfa en los bajos de Argüelles. Vale que voy todas las semanas, algunas semanas hasta tres veces, pero jamás hubiera imaginado esto. Nos fuimos más contentos que nadie. Hoy me he levantado a las 10, pero no tengo casi resaca. He ido al banco a devolver recibos al azar, y ahora, como ves, por fin estoy trabajando en el blog de camiones, muy concentrado.

Ayer fue el Día Del Libro, que es una majadería que me hace mucha ilusión y que se está convirtiendo en mi día favorito del año, porque todos los años me lo tomo muy en serio: ahorro para comprarme libros (es decir, hago el esfuerzo de no comprarlos durante los cuatro o cinco días anteriores; porque me compro libros casi todos los días, estoy como una cabra, no me caben más libros baratos y asquerosos en casa), me leo el horroroso mamotreto con los eventos, quedo con gente, estoy todo el día al sol, voy a conciertos, a terrazas, las chicas van medio desnudas… Sólo podría mejorar esto el Día Internacional De Que Te Hagan Pajas Con Los Pies Las Turistas Eslavas Mientras Te Dan De Beber Long Island Ice Teas Del Entreteto. Por la mañana estuve dando una vuelta con JF, fuimos a las casetas de libros; que son todas iguales: tu novela histórica de este año, manuales de cocina-con-famoso, ficción para menopáusicas, pornografía militar… Pero hurgando entre los de Gran Vía encontramos cosas. Es como ir al Books Center, a La Central, a Madrid Comics y a Ábaco pero todo en pocos metros cuadrados. Este año era en Callao. Encontré algunos ejemplares de varias de las colecciones antiguas que hago, y eso me pone feliz, porque soy así de gilipollas. Llego a casa con una bolsa con libros, y como no me espera nadie en casa, que es lo que me gustaría, pues me conformo con colocar las cosas escuchando música. Comí en casa mi plato favorito, y en la sobremesa estuve mirando un concierto de Andrew Bird tocando en una iglesia vacía, que me pone los pelos de punta. Luego se me caía la casa encima, me iba a volver loco pensando que tenía que trabajar en lo de las páginas web (me ha salido un curro redactando estupideces para un blog sobre diseño, y otro sobre cursos de conducción de camiones; este mundo se fue a la mierda hace mucho, y ya nada tiene sentido). Había quedado a las 8, pero me fui a hacer tiempo a Plaza de España. Hacía mucho tiempo que no iba. Es la zona verde más cercana que tengo, me quería tirar en la hierba pero una vez allí me dio muchísimo asco, es un sitio espeluznante, una fosa séptica, en honor a su nombre. Aquello parecía un campo de refugiados. Me senté diez minutos sobre una piedra y luego me fui a una terraza, y después a otra, a leer yo solo, y ya vino mi colega del curro, que es la persona a la que más quiero en el mundo. Aquí no he hablado de ella porque no la conocía cuando dejé este tumblr, pero desde hace dos años nos hemos hecho inseparables, vamos a mil sitios juntos además de pasar montones de horas codo a codo en el bar, y nos necesitamos mucho. Encima está muy buena. Ahora mismo sale en la tele en un anuncio de alimentos congelados, y está preciosa. Es mi hermana. Pues fuimos a 4 conciertos. Ayer estuve en 4 conciertos con ella, y por eso me gustó tanto el día, porque la música en directo me pone muy feliz, si no es una mierda. Vimos a Variedades Azafrán, que hacen adaptaciones al chotis de éxitos del rock de los 80, un menda disfrazado de chulapo y un barbas con una guitarra destartalada. Después vimos a los Tikinautas en una tienda de tebeos (son un grupo de instro-surf, con máscaras y toda la parafernalia, que tocan canciones con títulos sobre monstruos y personajes de tebeo), luego cenamos algo y nos tomamos unas latas sentados en una de las seis plazas infectas del barrio, haciendo tiempo a que empezase la big band de los martes en el Bar&co. Es increíble, un lujazo ver esto gratis todas las semanas, y con la sala vacía. La gente da asco, luego cierran las salas de conciertos y la gente lloriquea, y tienen aquí todas las semanas a una orquesta de 19 músicos haciendo estándares de jazz de los años 30 y 40, y hay más gente en el escenario que abajo bailando. Luego tocó otra banda a la que hicimos menos caso. Entre medias charlamos mucho, nos tomamos una en el Cáfe para saludar a esta gente, subimos a mi casa a por dineros y a dar de comer a los gatos, nos tomamos otra lata fuera… Ella se puso muy pedo porque está muy nerviosa, porque se muda, después de tres años viviendo con mi ex. De hecho en los Tikinautas la confirmaron en qué habitación de un piso compartido se va a instalar, y es la mediana pero super-barata, y estaba muy feliz. Y se mamó al primer sorbo, de puros nervios. A última hora, de repente se me acercó el dueño del Barco y, sin darme explicaciones, me regaló una consumición y desapareció detrás de una columna. Me estremecí de la emoción. Llevo yendo al Barco desde antes de que abrieran, les conozco del bar que tenían antes al lado de la Dos de Mayo, pero hasta ahora siempre habían hecho como si no me conocieran. Los puertas me saludan, e incluso a veces charlamos, pero, ¿invitarme a una copa, a mí, sin pedirla ni nada? Me quedé loco. Me hicieron sentir especial, me sentí como una golfa en los bajos de Argüelles. Vale que voy todas las semanas, algunas semanas hasta tres veces, pero jamás hubiera imaginado esto. Nos fuimos más contentos que nadie. Hoy me he levantado a las 10, pero no tengo casi resaca. He ido al banco a devolver recibos al azar, y ahora, como ves, por fin estoy trabajando en el blog de camiones, muy concentrado.

April 15, 2013
Voy a volver a escribir en este tumblr, me apetece. Aunque a principio de año me compré una agenda y me emocioné muchísimo revelándole secretos a boli como una niña y me cansé enseguida, a lo mejor aquí igual, pero quiero contar algunas cosas. Hoy estoy animado porque he pasado todo el día fuera haciendo cosas, y porque ha vuelto a salir el sol. Estaba España amargada con tantísimas semanas de frío y lluvia. Hoy he desayunado en una terraza de Malasaña con mi colega I., los dos con las gafas de sol, el rictus y pendientes del smartphone (me doy asco a mí mismo, es una paradoja extraña), y luego me he llevado a pasear a su perro por la Castellana. He ido a recoger unos libros a la central de Correos, y luego me he llevado a Jolín, que es como se llama el perro, a correr por la hierba, oler culos, intentar montar a otros perros  y posar para mis fotos, le he hecho unas fotos y las he subido a Facebook, porque tiene página de Facebook. Es más, en el mundo de piruleta de Facebook no solo somos amigos sino que tenemos una relación sentimental. Me encanta el perrico éste, y pasearle escuchando música a los parques. Me siento a leer y a mirar a otros perros y me siento como un papá, es esa sensación artificial de felicidad la que me sobrecoge en esos momentos. Le hablo inconsciente como a un hijo, no como a una bestia. Lo mismo me pasa con mis gatos.
Bueno, luego había quedado en el bar porque iban a fumigar. Se nos ha instalado en la cocina una plaga de bichos impresionante, porque cerraron un bar repugnante que había al otro lado del patio interior y construyeron aquí su nueva fortaleza de la asquerosidad. Hace un rato estaba mirando cómo correteaban, moribundas y desquiciadas docenas de bichos por todas partes, y ahora estoy en casa recién duchado y con picores. El bar no es mío, y me pagan una miseria, pero como nadie hace nada he decidido hacer como si fuese mi bar. Mañana he quedado con la mujer de la limpieza a las 8 de la mañana para ayudarla a mover los electrodomésticos y limpiar a fondo y rascar el metal y el azulejo a fondo. Soy medio gilipollas. Pero alguien tiene que hacerlo y estoy animado. Ahora voy a poner unos estantes y un armario de baño. Vivo en un sitio distinto de la última vez que escribí aquí. Han cambiado miles de cosas y personas en mi entorno, ya contaré cosas. Tengo una esposa rusa a la que conocí por internet y dos niños: Jaime y Rosita. Ahora mismo les estoy mirando jugar al borde de la piscina del jardín. Gané dos grammys. Y por fin soy licenciado en Derecho. Ya lo contaré despacio porque hacía dos años o así que no escribía aquí.

Voy a volver a escribir en este tumblr, me apetece. Aunque a principio de año me compré una agenda y me emocioné muchísimo revelándole secretos a boli como una niña y me cansé enseguida, a lo mejor aquí igual, pero quiero contar algunas cosas. Hoy estoy animado porque he pasado todo el día fuera haciendo cosas, y porque ha vuelto a salir el sol. Estaba España amargada con tantísimas semanas de frío y lluvia. Hoy he desayunado en una terraza de Malasaña con mi colega I., los dos con las gafas de sol, el rictus y pendientes del smartphone (me doy asco a mí mismo, es una paradoja extraña), y luego me he llevado a pasear a su perro por la Castellana. He ido a recoger unos libros a la central de Correos, y luego me he llevado a Jolín, que es como se llama el perro, a correr por la hierba, oler culos, intentar montar a otros perros  y posar para mis fotos, le he hecho unas fotos y las he subido a Facebook, porque tiene página de Facebook. Es más, en el mundo de piruleta de Facebook no solo somos amigos sino que tenemos una relación sentimental. Me encanta el perrico éste, y pasearle escuchando música a los parques. Me siento a leer y a mirar a otros perros y me siento como un papá, es esa sensación artificial de felicidad la que me sobrecoge en esos momentos. Le hablo inconsciente como a un hijo, no como a una bestia. Lo mismo me pasa con mis gatos.

Bueno, luego había quedado en el bar porque iban a fumigar. Se nos ha instalado en la cocina una plaga de bichos impresionante, porque cerraron un bar repugnante que había al otro lado del patio interior y construyeron aquí su nueva fortaleza de la asquerosidad. Hace un rato estaba mirando cómo correteaban, moribundas y desquiciadas docenas de bichos por todas partes, y ahora estoy en casa recién duchado y con picores. El bar no es mío, y me pagan una miseria, pero como nadie hace nada he decidido hacer como si fuese mi bar. Mañana he quedado con la mujer de la limpieza a las 8 de la mañana para ayudarla a mover los electrodomésticos y limpiar a fondo y rascar el metal y el azulejo a fondo. Soy medio gilipollas. Pero alguien tiene que hacerlo y estoy animado. Ahora voy a poner unos estantes y un armario de baño. Vivo en un sitio distinto de la última vez que escribí aquí. Han cambiado miles de cosas y personas en mi entorno, ya contaré cosas. Tengo una esposa rusa a la que conocí por internet y dos niños: Jaime y Rosita. Ahora mismo les estoy mirando jugar al borde de la piscina del jardín. Gané dos grammys. Y por fin soy licenciado en Derecho. Ya lo contaré despacio porque hacía dos años o así que no escribía aquí.

April 15, 2013
Prueba

Prueba

June 28, 2011
Cosas que me han pasado estos días: cené una tarde solo en el alemán y me invitaron a la segunda Leffe. Compré algunos libros baratos. Vi por la calle a un negro vendiendo La Farola que cantaba a gritos no recuerdo qué famosa canción. Julio un puesto ha puesto de libros en la Plaza. Empecé un libro nuevo de Lem. Un día un melón galia fue todo el alimento que ingerí. Se me jodió por segunda vez la pantalla del ordenador pero se arregló sola. Reinstalé el escáner. Junté unos 500 euros y gasté unos 400. Pasé la aspiradora a medias. Descubrí una nueva tienda de animales. Le di una flor a una amiga de B en plan galán, un poco pedo. Vacié el ordenador antiguo y lo pasé todo al nuevo. Me duché entero vestido en los chorros de Tirso de Molina, como un crío. Mi amigo C me contó que E a los 31 años ha salido del armario y se ha ido a vivir con su novia, y todavía me cuesta creerlo. Puse un lavaplatos y una lavadora. Vi “Tropa de élite 2”. Grabé más de treinta CDs de música. Fui invitado al preestreno de la nueva obra de Ron Lalá, y me reí mucho. Confirmé lo que me dijo L de que hay una estatua escondida de un gato rojo muy chulo en la azotea de la Consejería de Cultura de la calle Alcalá. Fui a Guadalajara a pinchar rock and roll chino, peruano, tailandés, mex-yugoeslavo y hasta en klingon. Vi los dos nuevos capítulos de Futurama. Me compré el TMEO. Volví a Lavapiés después de muchos meses. Saqué la basura en calzones. Se me reventó el enchufe del viejo frigorífico. Compré un frigorífico nuevo. Llené el frigorífico nuevo de botellas de agua, hielo y fungibles de primera necesidad. Estuve trasteando con fanzines y tebeos durante horas en la increíble casa-museo de Mauro. Me indigné bastante. Me quedé dormido leyendo en el Retiro. Dejé encerrado por error a mi gato pequeño en el patio durante toda la noche. Decidí redecorar una pared del bar y estoy colgando docenas de cuadros pequeños poco a poco. Vi “Hobo with a shotgun” y me encantó. Fui a la tienda de coleccionismo de la calle Almirante. Envié un fanzine de música rara por correo. Leí las primeros historietas de Robo-Hunter, de 1978 a 1982. Arreglé las cortinas de la ventana grande. Vi “Midnight in Paris” en los Ideal tomando horchata. J se compró un libro pop-up de Spiderman precioso de 1982 que me gustaría tener y a lo mejor se lo cambio por un cuadro mío. Saqué la planta al patio para que muera lejos de mi vista. Gané una pasta al póker en casa del Boris. Sudé. Me compré una postal de Shirley McLaine y la expuse sobre el ordenador. Hubo una fiesta ibicenca en el bar. Actualicé Twitter. Desayuné donde siempre al menos tres veces estos días. Vinieron amigos a verme al bar unas cuatro veces en estas dos semanas. Me llamaron dos veces para los trabajillos basura habituales, pero no pude o no di el perfil. Me crucé con Ángel Antonio Herrera en chanclas. Me quedé dos veces con peña en el bar chapado hasta las 4 de la mañana, una de risas y otra a mi rollo leyendo. Se me cayeron mil bolsilibros de una estantería y me dio mucha rabia. Compré cerezas. Fechamos una fiesta sorpresa para una amiga. Se me pasó el cumpleaños de otro amigo. Leí un libro de ensayos breves muy bonito de Esteban Padrós de Palacios. Me quedé con las ganas de ver a Secret Chiefs 3. Me reconcilié con J Estocolmo. Paseé por un Lidl haciendo tiempo y una compra imaginaria para disfrutar del aire acondicionado porque mi compañía se retrasaba. Escaneé una especie de hoja parroquial punk con cotilleos de Malasaña de mediados de los noventa que cayó en mis manos. Estuve tomando cervezas en la plaza del 2D hasta las cinco de la mañana con la de los ojos lila y el piercing espantoso, y de paso la conseguí curro. Volví a ver a M después de ni recuerdo cuánto y me arrepentí mucho porque me dejó muy triste. Llegué tarde a un pádel y no jugué. Quedé con K y sus amigos de Barcelona pero iban a un sitio que me da mucho asco y me fui a casa sin gastar un duro. Me contaron que alquilan un bar + vivienda de tres plantas por 150€ en Plasencia y quién sabe. Vi en el metro a un pobre hombre pidiendo dinero muy muy muy desesperado. Fotografié a escondidas la increíble estantería de juguetes de Mauro. Dormí muy poco en general. “Frosina” me pidió el teléfono y me animó para una cita espero que inminente, y estoy un poco tonto con esto.

Cosas que me han pasado estos días: cené una tarde solo en el alemán y me invitaron a la segunda Leffe. Compré algunos libros baratos. Vi por la calle a un negro vendiendo La Farola que cantaba a gritos no recuerdo qué famosa canción. Julio un puesto ha puesto de libros en la Plaza. Empecé un libro nuevo de Lem. Un día un melón galia fue todo el alimento que ingerí. Se me jodió por segunda vez la pantalla del ordenador pero se arregló sola. Reinstalé el escáner. Junté unos 500 euros y gasté unos 400. Pasé la aspiradora a medias. Descubrí una nueva tienda de animales. Le di una flor a una amiga de B en plan galán, un poco pedo. Vacié el ordenador antiguo y lo pasé todo al nuevo. Me duché entero vestido en los chorros de Tirso de Molina, como un crío. Mi amigo C me contó que E a los 31 años ha salido del armario y se ha ido a vivir con su novia, y todavía me cuesta creerlo. Puse un lavaplatos y una lavadora. Vi “Tropa de élite 2”. Grabé más de treinta CDs de música. Fui invitado al preestreno de la nueva obra de Ron Lalá, y me reí mucho. Confirmé lo que me dijo L de que hay una estatua escondida de un gato rojo muy chulo en la azotea de la Consejería de Cultura de la calle Alcalá. Fui a Guadalajara a pinchar rock and roll chino, peruano, tailandés, mex-yugoeslavo y hasta en klingon. Vi los dos nuevos capítulos de Futurama. Me compré el TMEO. Volví a Lavapiés después de muchos meses. Saqué la basura en calzones. Se me reventó el enchufe del viejo frigorífico. Compré un frigorífico nuevo. Llené el frigorífico nuevo de botellas de agua, hielo y fungibles de primera necesidad. Estuve trasteando con fanzines y tebeos durante horas en la increíble casa-museo de Mauro. Me indigné bastante. Me quedé dormido leyendo en el Retiro. Dejé encerrado por error a mi gato pequeño en el patio durante toda la noche. Decidí redecorar una pared del bar y estoy colgando docenas de cuadros pequeños poco a poco. Vi “Hobo with a shotgun” y me encantó. Fui a la tienda de coleccionismo de la calle Almirante. Envié un fanzine de música rara por correo. Leí las primeros historietas de Robo-Hunter, de 1978 a 1982. Arreglé las cortinas de la ventana grande. Vi “Midnight in Paris” en los Ideal tomando horchata. J se compró un libro pop-up de Spiderman precioso de 1982 que me gustaría tener y a lo mejor se lo cambio por un cuadro mío. Saqué la planta al patio para que muera lejos de mi vista. Gané una pasta al póker en casa del Boris. Sudé. Me compré una postal de Shirley McLaine y la expuse sobre el ordenador. Hubo una fiesta ibicenca en el bar. Actualicé Twitter. Desayuné donde siempre al menos tres veces estos días. Vinieron amigos a verme al bar unas cuatro veces en estas dos semanas. Me llamaron dos veces para los trabajillos basura habituales, pero no pude o no di el perfil. Me crucé con Ángel Antonio Herrera en chanclas. Me quedé dos veces con peña en el bar chapado hasta las 4 de la mañana, una de risas y otra a mi rollo leyendo. Se me cayeron mil bolsilibros de una estantería y me dio mucha rabia. Compré cerezas. Fechamos una fiesta sorpresa para una amiga. Se me pasó el cumpleaños de otro amigo. Leí un libro de ensayos breves muy bonito de Esteban Padrós de Palacios. Me quedé con las ganas de ver a Secret Chiefs 3. Me reconcilié con J Estocolmo. Paseé por un Lidl haciendo tiempo y una compra imaginaria para disfrutar del aire acondicionado porque mi compañía se retrasaba. Escaneé una especie de hoja parroquial punk con cotilleos de Malasaña de mediados de los noventa que cayó en mis manos. Estuve tomando cervezas en la plaza del 2D hasta las cinco de la mañana con la de los ojos lila y el piercing espantoso, y de paso la conseguí curro. Volví a ver a M después de ni recuerdo cuánto y me arrepentí mucho porque me dejó muy triste. Llegué tarde a un pádel y no jugué. Quedé con K y sus amigos de Barcelona pero iban a un sitio que me da mucho asco y me fui a casa sin gastar un duro. Me contaron que alquilan un bar + vivienda de tres plantas por 150€ en Plasencia y quién sabe. Vi en el metro a un pobre hombre pidiendo dinero muy muy muy desesperado. Fotografié a escondidas la increíble estantería de juguetes de Mauro. Dormí muy poco en general. “Frosina” me pidió el teléfono y me animó para una cita espero que inminente, y estoy un poco tonto con esto.

June 17, 2011
Pienso que uno de los motivos principales de que venga aquí a rajar intimidades personales en abierto, es la simple rutina. Porque llevo haciendo esto, escribir mis cosas, desde pequeñito. Antes de que existiesen los blogs, yo he tenido mil cuadernos, agendas y documentos informáticos atestados de diatribas insignificantes y narraciones pequeñitas de mi absurdo devenir. Lo hacía ya incluso cuando tenía una vida, conté magníficos viajes, pecados, secretos, dolorosas rupturas y pérdidas, crímenes de estado, majaderías de todo timbre. Desde pequeño, yo he coleccionado cromos, muñequitos de maqueta, tebeos, novelitas, y días. Ahora que sobrevivo atrapado en esta rutina caótica mía; que no hago nada ni tengo nada interesante que contar nunca jamás a nadie; que apenas obtengo una incompresible satisfacción de otra cosa que la mera contemplación de la obra a pie de calle o de la excursión alrededor de la manzana mirando nalgas… supongo que si aún queda en este treintagenario algo de ese obsesivo-compulsivo coleccionista de jornadas en negro sobre blanco, la de hoy está siendo un cromo de adquisión difícil, atesorable, como un fichaje de última hora, un Lajos Detari o un Spud Webb, un día insuperable de jubilado en primavera.
Le comenté a la brasileña (compañera, amiga, tía buena y periodista en prácticas), el día que estuvo en mi casa escuchando todo lo que quería contarle sobre discos de vinilo, que por qué no aprovechaba su condición de acreditable para solicitar acceso a las catacumbas de la Biblioteca Nacional, donde me constaba que se guardan los mayores tesoros de la cultura del país. Le enseñé la Rolling Stone del mes, donde venía una breve entrevista con el director del área musical de la biblioteca, y tomó nota de su nombre. Al día siguiente me dijo que había concertado una entrevista con él para esta mañana, ésta que se acaba de convertir en víspera. Y, complaciente como ella sola, en lugar de darle a la secretaria el nombre y DNI de cualquiera de sus compañeras de máster, le dio mis datos. Yo sería un supuesto compañero suyo de máster, encargado de la parte gráfica. Así que esta mañana hemos acudido los dos, nada más amanecer, al almacén de Cultura Audiovisual en castellano más grande del mundo. Y el Excmo. Director del invento, nombre de pila José, nos ha estado enseñando las instalaciones y respondiendo a nuestras preguntas, con una afable sonrisa perenne, durante dos largas y maravillosas horas. Desde la zona pública para investigadores y curiosos, pasando por las oficinas de empleados y la propia mesa de su despacho, hasta un trip por las seis plantas, doce entreplantas en realidad, donde se almacenan miles de lineales abarrotados con cientos de miles de discos, películas, partituras y literatura musical, todo aquello de lo que se ha hecho alguna vez depósito legal desde tiempos de Felipe II hasta hace un rato.
Entre otras cosas, esta mañana he tenidoa menos de un palmo de mis narices, un disco de cera de Edison, azul, brillante, excitante, como un dildo de cyberskin. En mi papel de fotógrafo de prensa farsante, he retratado discos perforados cuadrados, discos de Herophón o increíbles rollos de pianola del siglo XIX, que se apelotonaban ordenadamente en cajas que se perdían practicamente en el horizonte. Y enloquecido como Tom Hanks en la juguetería de “Big”, he correteado entre pasillos atestados hasta el techo de todos los vinilos, maxis, CDs y pizarras posibles, buscando enfoques al azar de discos punkis y de Nueva Ola, lo primero que se me ocurrió. Luego estuvimos viendo la exposición permanente de gramófonos e historia de la grabación sonora, abierta al público, pero con el mejor anfitrión posible, que lleva treinta años allí. Me lo he pasado como un enano.
Luego fuimos a desayunar al bar donde iba a diario cuando estudié COU por la zona. Ésta se tuvo que ir a hacer el reportaje. Ya que estaba lanzado y en la calle, decidí darme un empacho. Volví a la BNE, a ver una maravillosa y coqueta exposición de libros de magia, quiromancia e hipnotismo. Como un enano también. Luego me metí en el Museo Naval. Me sentí un poco imbécil, porque me dijeron que la entrada era libre o la voluntad, pero luego en la taquilla una tronca me pidió 4 euros. Una funcionaria del gorrillismo. Me hurgué el bolsillo y solo tenía dos euros y pico y un billete grande, así que le dije apenado que ya vendría otro día; pero me mangó los dos y pico con un gesto hipersónico y me los cambió por unos fliers. No me arrepentí. No entraba allí desde niño, ni siquiera sabía dónde estaba exactamente el museo, que tiene una entrada enana, como una garita, con una pequeña placa en el granito. Por dentro es impresionante, como dos hangares de grande. Como lo echaba de menos, seguí haciendo fotos, ahora con mi móvil de mierda. A lo mejor las subo. El museazo está lleno de espadas de todas las clases, formas y latitudes, cañones y balas de cañón por todas partes, maquetas, mosquetes, soldaditos de plomo, un cuadro de Franco muy gracioso, mascarones de proa de fantasía, restos de naufragios, cabullería, una cosa impresionante. Entre rancio e impresionante, pasaba por todas las fases de enjuiciamiento a cada paso que daba, pero en general fascinado. Sobre todo en la sala del tragaluz, tan Jacinto Antón que me lo pasé. Y lo mejor de todo es que no había ni dios. No me he cruzado con casi nadie en ninguno de los sitios donde he estado. Ni siquiera había mucha gente en el Retiro. Estuve tirado un buen rato en el Retiro, leyendo uno de los cinco libros que me compré en Moyano. También pasé por la Casa de América, colándome desde el jardín (uno de mis lugares favoritos de todo Madrid) y sorprendiendo a los guardias de la entrada de Cibeles. Había una exposición de fotos de viejos y tetonas cubanas. En la Casa de Vacas había una exposición de fotos de fachadas madileñas vintage, pero me suena que el edificio cierra a mediodia, así que por si acaso me quedé tirado en el césped. En la Fundación Mapfre vi otra esposición de fotos vintage, esta vez de París de finales del XIX a los veinte, doscientas y pico fotos preciosas de Eugéne Atget. Me jodió mucho encontrarme con una repetida, que me fijo mucho en estas cosas. Había una repe, y titulada de dos maneras diferentes, y me irrité y a punto estuve de quejarme a alguna vigilanta, pero ninguna estaba lo suficientemente buena como para que mereciese la pena acercarme a hablarla. Había otra exposición en la planta baja, bocetos a lápices de artistas surtidos, pero basta ya, me fui a comer, y aquí estoy ahora, comiendo tumbado, gazpacho del Vips.

Pienso que uno de los motivos principales de que venga aquí a rajar intimidades personales en abierto, es la simple rutina. Porque llevo haciendo esto, escribir mis cosas, desde pequeñito. Antes de que existiesen los blogs, yo he tenido mil cuadernos, agendas y documentos informáticos atestados de diatribas insignificantes y narraciones pequeñitas de mi absurdo devenir. Lo hacía ya incluso cuando tenía una vida, conté magníficos viajes, pecados, secretos, dolorosas rupturas y pérdidas, crímenes de estado, majaderías de todo timbre. Desde pequeño, yo he coleccionado cromos, muñequitos de maqueta, tebeos, novelitas, y días. Ahora que sobrevivo atrapado en esta rutina caótica mía; que no hago nada ni tengo nada interesante que contar nunca jamás a nadie; que apenas obtengo una incompresible satisfacción de otra cosa que la mera contemplación de la obra a pie de calle o de la excursión alrededor de la manzana mirando nalgas… supongo que si aún queda en este treintagenario algo de ese obsesivo-compulsivo coleccionista de jornadas en negro sobre blanco, la de hoy está siendo un cromo de adquisión difícil, atesorable, como un fichaje de última hora, un Lajos Detari o un Spud Webb, un día insuperable de jubilado en primavera.

Le comenté a la brasileña (compañera, amiga, tía buena y periodista en prácticas), el día que estuvo en mi casa escuchando todo lo que quería contarle sobre discos de vinilo, que por qué no aprovechaba su condición de acreditable para solicitar acceso a las catacumbas de la Biblioteca Nacional, donde me constaba que se guardan los mayores tesoros de la cultura del país. Le enseñé la Rolling Stone del mes, donde venía una breve entrevista con el director del área musical de la biblioteca, y tomó nota de su nombre. Al día siguiente me dijo que había concertado una entrevista con él para esta mañana, ésta que se acaba de convertir en víspera. Y, complaciente como ella sola, en lugar de darle a la secretaria el nombre y DNI de cualquiera de sus compañeras de máster, le dio mis datos. Yo sería un supuesto compañero suyo de máster, encargado de la parte gráfica. Así que esta mañana hemos acudido los dos, nada más amanecer, al almacén de Cultura Audiovisual en castellano más grande del mundo. Y el Excmo. Director del invento, nombre de pila José, nos ha estado enseñando las instalaciones y respondiendo a nuestras preguntas, con una afable sonrisa perenne, durante dos largas y maravillosas horas. Desde la zona pública para investigadores y curiosos, pasando por las oficinas de empleados y la propia mesa de su despacho, hasta un trip por las seis plantas, doce entreplantas en realidad, donde se almacenan miles de lineales abarrotados con cientos de miles de discos, películas, partituras y literatura musical, todo aquello de lo que se ha hecho alguna vez depósito legal desde tiempos de Felipe II hasta hace un rato.

Entre otras cosas, esta mañana he tenidoa menos de un palmo de mis narices, un disco de cera de Edison, azul, brillante, excitante, como un dildo de cyberskin. En mi papel de fotógrafo de prensa farsante, he retratado discos perforados cuadrados, discos de Herophón o increíbles rollos de pianola del siglo XIX, que se apelotonaban ordenadamente en cajas que se perdían practicamente en el horizonte. Y enloquecido como Tom Hanks en la juguetería de “Big”, he correteado entre pasillos atestados hasta el techo de todos los vinilos, maxis, CDs y pizarras posibles, buscando enfoques al azar de discos punkis y de Nueva Ola, lo primero que se me ocurrió. Luego estuvimos viendo la exposición permanente de gramófonos e historia de la grabación sonora, abierta al público, pero con el mejor anfitrión posible, que lleva treinta años allí. Me lo he pasado como un enano.

Luego fuimos a desayunar al bar donde iba a diario cuando estudié COU por la zona. Ésta se tuvo que ir a hacer el reportaje. Ya que estaba lanzado y en la calle, decidí darme un empacho. Volví a la BNE, a ver una maravillosa y coqueta exposición de libros de magia, quiromancia e hipnotismo. Como un enano también. Luego me metí en el Museo Naval. Me sentí un poco imbécil, porque me dijeron que la entrada era libre o la voluntad, pero luego en la taquilla una tronca me pidió 4 euros. Una funcionaria del gorrillismo. Me hurgué el bolsillo y solo tenía dos euros y pico y un billete grande, así que le dije apenado que ya vendría otro día; pero me mangó los dos y pico con un gesto hipersónico y me los cambió por unos fliers. No me arrepentí. No entraba allí desde niño, ni siquiera sabía dónde estaba exactamente el museo, que tiene una entrada enana, como una garita, con una pequeña placa en el granito. Por dentro es impresionante, como dos hangares de grande. Como lo echaba de menos, seguí haciendo fotos, ahora con mi móvil de mierda. A lo mejor las subo. El museazo está lleno de espadas de todas las clases, formas y latitudes, cañones y balas de cañón por todas partes, maquetas, mosquetes, soldaditos de plomo, un cuadro de Franco muy gracioso, mascarones de proa de fantasía, restos de naufragios, cabullería, una cosa impresionante. Entre rancio e impresionante, pasaba por todas las fases de enjuiciamiento a cada paso que daba, pero en general fascinado. Sobre todo en la sala del tragaluz, tan Jacinto Antón que me lo pasé. Y lo mejor de todo es que no había ni dios. No me he cruzado con casi nadie en ninguno de los sitios donde he estado. Ni siquiera había mucha gente en el Retiro. Estuve tirado un buen rato en el Retiro, leyendo uno de los cinco libros que me compré en Moyano. También pasé por la Casa de América, colándome desde el jardín (uno de mis lugares favoritos de todo Madrid) y sorprendiendo a los guardias de la entrada de Cibeles. Había una exposición de fotos de viejos y tetonas cubanas. En la Casa de Vacas había una exposición de fotos de fachadas madileñas vintage, pero me suena que el edificio cierra a mediodia, así que por si acaso me quedé tirado en el césped. En la Fundación Mapfre vi otra esposición de fotos vintage, esta vez de París de finales del XIX a los veinte, doscientas y pico fotos preciosas de Eugéne Atget. Me jodió mucho encontrarme con una repetida, que me fijo mucho en estas cosas. Había una repe, y titulada de dos maneras diferentes, y me irrité y a punto estuve de quejarme a alguna vigilanta, pero ninguna estaba lo suficientemente buena como para que mereciese la pena acercarme a hablarla. Había otra exposición en la planta baja, bocetos a lápices de artistas surtidos, pero basta ya, me fui a comer, y aquí estoy ahora, comiendo tumbado, gazpacho del Vips.

June 14, 2011
Me estaba acordando de que anoche me pasó algo bastante flipante, inédito. Se cumplía la tercera jornada de mi Segundo Advenimiento a este piso… o por decirlo de manera menos idiota: que hoy hago diez años y cuatro días viviendo aquí, y ayer hacía diez años y tres días. El aniversario redondo me lo tomé fatal, fatal. Fue el día 9 pasado. Me vine aquí a vivir un 9 de junio de hace 10 años. En el contrato ponía que entraba a vivir el día 15, pero como ya estaba ahí, me dieron las llaves y me regalaron seis días. Los seis primeros días aquí estuve gratis. Pero me voy por las ramas. Anoche estaba aquí mismo tirado con estos mismos pantalones de chándal cortados, viendo “Mars needs moms”, que me gustó mucho. Y cuando terminó la película, durante los créditos, sonaba Crazy little thing called love, de Queen. De pronto, escucho que la canción que sale de la tele suena mal, como una segunda voz desacompasada y que no se sabe la letra. No me sorprendió mucho, al ser una película de dibujos animados, supuse que durante los créditos saldría un número musical, y que quien canturreaba torpemente a Queen, de risas, sería el personajillo robótico o el niño protagonista. Así que seguí a lo mío. Pero era raro, y los créditos se desarrollaban normalmente, no parecía que esa segunda voz idiota formara parte de la película. Pensé que a lo mejor era un screener grabado a traición en un cine, pero qué va, era un espléndido dvdrip. Miré al gato a ver si es que se sabía el tema. Y por fin me incorporé y silencié la tele. Todo esto sucedió mucho más deprisa de lo que tardo en contarlo, fue cosa de diez segundos o así.
Pues lo que pasó fue que cuando se calló la tele, alguien seguía balbuceando Crazy little etc. desde mi ventana. Y de pronto dejó de cantar y me habló, o más bien, se dirigió a la persiana. Dijo algo así como “No lo quites, que me las sé todas”. Joder, mi tele no estaba demasiado alta, e incluso cuando escucho la música a toda hostia pasando la aspiradora, me consta que solo se oye desde la calle estando justo enfrente. Era casi la una de la mañana, pero quienquiera que fuse se había detenido aposta. No era alguien que hubiera salido de su casa escandalizado o algo así, y no esperaba a nadie, no viene ni dios a mi casa hace mucho, debía ser un espontáneo, ¿pero quién coño?
Aparté las cortinas, y vi unas piernas. Era una tía, que siguió diciéndome que pusiera la música, que le gustaba. Estaba muy tiesa delante de mi ventana. Desde mi ventana exterior, veo las piernas de la peña, como en “Tacones lejanos” (creo; no he visto esa película, es algo que alguien dijo hace mucho durante una visita), y a mi no se me ve a no ser que te agaches, te tumbes casi en el suelo. Pues ahí había alguien postrado hablándome a través de la persiana. Era una tía, decía, y estaba muy borracha, tenía la voz muy ronca, voz de yonki. Me dijo que si la dejaba pasar, y algo de salvarle la vida. Que se llamaba Chus o algo así, que tenía DNI, que no me iba a robar. Educadamente, la dije que no podía ser, que iba a cerrar la ventana, que me perdonase. Me acojoné un poco, porque nunca me había pasado. Cerré las ventanas, incluídas las portezuelas, y cubrí por completo las cortinas, pero ella me siguió hablando, y a esas horas de la noche y con la tele apagada, la escuché perfectamente. Me insitió en entrar, me ofreció sexo a cambio de alojamiento, una cosa muy loca. Todo esto muy rápido. En cosa de otros quince o veinte segundos, me dijo que “bueno, pues me voy”. Y me quedé con el corazón bombeando a toda hostia, y en silencio durante un rato. Luego me tumbé a leer.
Me sentí como violada. Nunca me había pasado una cosa así. Sí que me habían pedido, en otras dos ocasiones, alojamiento indigente, porque la noche da muchas vueltas. Pero eran personas a las que conocía. Una tronca que trabajó en un restaurante al lado de mi casa, que no tenía hogar, y le cuidaba todos los putos días sus pertenencias, cinco o seis mochilas de ella y su esposo, fue una época muy chunga. Me llamaba todas las mañanas, le abría y metía sus bolsas y mochilas cochambrosas en el pasillo, y ahí se quedaban hasta la noche, todo muy ridículo y dickensiano, y así me lo ha pagado dios… Pues una noche que llovía a mares me pidió que le dejase dormir en mi casa, y me cabreé muchísimo, porque para entonces ya no la soportaba, y al día siguiente la dije que no podía traerme más sus cosas, que trastocaba mis horarios, me hacía volver a casa todo trozo a las doce de la noche para volverme a ir, porque sabía que me estaban esperando en la puerta para recoger sus cosas… Horrible. Y duró casi un mes aquello.
Y la otra vez que una indigente me pidió alojamiento fue todavía más sórdida, fue una puta toxicómana de Desengaño que me empezó a seguir y a ofrecerme guarrerías, y yo la dije que no pero tampoco me importó su compañía, y me seguía y me seguía, agarrada al brazo, y me dijo que aunque fuera me dejase quedarse esa noche en mi casa sin pagarme, que hacía mucho que no dormía ni se duchaba… Dios, debo tener escrito en la frente algo. Tuve que darle esquinazo y salir a toda hostia. En otra ocasión me traje también a una chavala con la que me había amorrado en el Barco, esta vez con toda la voluntad del mundo, y nada más llegar a casa se hizo la dormida y no me dejó ni sobarla por encima del sostén ni nada, y al amanecer se levantó y me hizo acompañarla al metro y todo, porque vivía a tomar por culo y no sabía ni dónde estaba. Me hicieron la del “Sexless innkeeper” que decían en Cómo conocí a vuestra madre. En mi defensa tengo que decir que otras veces sí he dejado dormir a chavalas en mi casa, incluso dentro de mi cama y dentro de mi. Que han sido diez años que me han devuelto más o menos a donde estaba a los 22, pero que algo me he llevado…
Estos dos días que llevo metido en casa practicamente sin salir, como casi todos los lunes y martes, que es cuando libro, han sido un poco así, de ver pasar cosas a mi alrededor por la ventana de uno u otro lado. El maricón que llama a los clientes y se masturba en el balcón ha vuelto a la acción con el buen tiempo. Esta mañana han parado dos motos y un coche de policía, y han entrado (una vez apeados del vehículo) a toda velocidad en el portal de al lado, y suponía que iban al piso patera contiguo al de mi edificio. Como sé qué ventana es, me fui a cotillear como una vieja, a través del patio, y efectivamente vi a los esforzados agentes tratando de alcanzar esa ventana a través del pasillo que da al patio. Muy emocionante. No sé qué pasaría, porque perdí el interés enseguida, pero parece que no se llevaron a nadie detenido. Aunque hace un rato estaba tendiendo la ropa y se ha escuchado en kilómetros a la redonda una pelea con golpiza en ese mismo dichoso piso, así que puede que vuelvan los de fluorescente. Es curioso esto, qué moñas debe resultar para el cansautor contemporáneo componer canciones en las que le persiguen “los amarillo fosforitos”. Qué ocurrente, lo voy twittear verás qué guay.
También me he cruzado con la vecina, la vieja del bajo C, que nos odiamos, y sigue sin saludarme. Estoy escribiendo mi 19ª novela, y ella es un personaje importante, y la voy a matar enseguida, va a morir con saña, con la cabeza desencajada y cayéndole hacia la espalda como un dispensador de caramelos PEZ. Dios, qué odio la tengo… Han sido dos días muy intensos aquí encerrado, sin novedades pero entretenido: los gatos a tope, los encontronazos con la vecina apartándonos la mirada haciendo como que el otro no existe (¡bruja!), los maderos, la yonki que se me quería meter aquí, una plaga de moscas que hay por el barrio (me siento como el Doctor Doolittle, como si tuviera unas 37 mascotas en casa, me da pena matarlas, pero al mismo tiempo es mi ocupación favorita y me hace sentir resolutivo y varonil, todo el tiempo con el matamoscas en ristre por toda la casa en gayumbos…), el exhibicionista de enfrente, el marido de la ex-presidenta que cotillea a ver si estoy desde la acera de enfrente, que lo sé, que lo hace siempre… Esto es como “La ventana indiscreta” pero al revés. Necesito unas vacaciones o voy a enloquecer.

Me estaba acordando de que anoche me pasó algo bastante flipante, inédito. Se cumplía la tercera jornada de mi Segundo Advenimiento a este piso… o por decirlo de manera menos idiota: que hoy hago diez años y cuatro días viviendo aquí, y ayer hacía diez años y tres días. El aniversario redondo me lo tomé fatal, fatal. Fue el día 9 pasado. Me vine aquí a vivir un 9 de junio de hace 10 años. En el contrato ponía que entraba a vivir el día 15, pero como ya estaba ahí, me dieron las llaves y me regalaron seis días. Los seis primeros días aquí estuve gratis. Pero me voy por las ramas. Anoche estaba aquí mismo tirado con estos mismos pantalones de chándal cortados, viendo “Mars needs moms”, que me gustó mucho. Y cuando terminó la película, durante los créditos, sonaba Crazy little thing called love, de Queen. De pronto, escucho que la canción que sale de la tele suena mal, como una segunda voz desacompasada y que no se sabe la letra. No me sorprendió mucho, al ser una película de dibujos animados, supuse que durante los créditos saldría un número musical, y que quien canturreaba torpemente a Queen, de risas, sería el personajillo robótico o el niño protagonista. Así que seguí a lo mío. Pero era raro, y los créditos se desarrollaban normalmente, no parecía que esa segunda voz idiota formara parte de la película. Pensé que a lo mejor era un screener grabado a traición en un cine, pero qué va, era un espléndido dvdrip. Miré al gato a ver si es que se sabía el tema. Y por fin me incorporé y silencié la tele. Todo esto sucedió mucho más deprisa de lo que tardo en contarlo, fue cosa de diez segundos o así.

Pues lo que pasó fue que cuando se calló la tele, alguien seguía balbuceando Crazy little etc. desde mi ventana. Y de pronto dejó de cantar y me habló, o más bien, se dirigió a la persiana. Dijo algo así como “No lo quites, que me las sé todas”. Joder, mi tele no estaba demasiado alta, e incluso cuando escucho la música a toda hostia pasando la aspiradora, me consta que solo se oye desde la calle estando justo enfrente. Era casi la una de la mañana, pero quienquiera que fuse se había detenido aposta. No era alguien que hubiera salido de su casa escandalizado o algo así, y no esperaba a nadie, no viene ni dios a mi casa hace mucho, debía ser un espontáneo, ¿pero quién coño?

Aparté las cortinas, y vi unas piernas. Era una tía, que siguió diciéndome que pusiera la música, que le gustaba. Estaba muy tiesa delante de mi ventana. Desde mi ventana exterior, veo las piernas de la peña, como en “Tacones lejanos” (creo; no he visto esa película, es algo que alguien dijo hace mucho durante una visita), y a mi no se me ve a no ser que te agaches, te tumbes casi en el suelo. Pues ahí había alguien postrado hablándome a través de la persiana. Era una tía, decía, y estaba muy borracha, tenía la voz muy ronca, voz de yonki. Me dijo que si la dejaba pasar, y algo de salvarle la vida. Que se llamaba Chus o algo así, que tenía DNI, que no me iba a robar. Educadamente, la dije que no podía ser, que iba a cerrar la ventana, que me perdonase. Me acojoné un poco, porque nunca me había pasado. Cerré las ventanas, incluídas las portezuelas, y cubrí por completo las cortinas, pero ella me siguió hablando, y a esas horas de la noche y con la tele apagada, la escuché perfectamente. Me insitió en entrar, me ofreció sexo a cambio de alojamiento, una cosa muy loca. Todo esto muy rápido. En cosa de otros quince o veinte segundos, me dijo que “bueno, pues me voy”. Y me quedé con el corazón bombeando a toda hostia, y en silencio durante un rato. Luego me tumbé a leer.

Me sentí como violada. Nunca me había pasado una cosa así. Sí que me habían pedido, en otras dos ocasiones, alojamiento indigente, porque la noche da muchas vueltas. Pero eran personas a las que conocía. Una tronca que trabajó en un restaurante al lado de mi casa, que no tenía hogar, y le cuidaba todos los putos días sus pertenencias, cinco o seis mochilas de ella y su esposo, fue una época muy chunga. Me llamaba todas las mañanas, le abría y metía sus bolsas y mochilas cochambrosas en el pasillo, y ahí se quedaban hasta la noche, todo muy ridículo y dickensiano, y así me lo ha pagado dios… Pues una noche que llovía a mares me pidió que le dejase dormir en mi casa, y me cabreé muchísimo, porque para entonces ya no la soportaba, y al día siguiente la dije que no podía traerme más sus cosas, que trastocaba mis horarios, me hacía volver a casa todo trozo a las doce de la noche para volverme a ir, porque sabía que me estaban esperando en la puerta para recoger sus cosas… Horrible. Y duró casi un mes aquello.

Y la otra vez que una indigente me pidió alojamiento fue todavía más sórdida, fue una puta toxicómana de Desengaño que me empezó a seguir y a ofrecerme guarrerías, y yo la dije que no pero tampoco me importó su compañía, y me seguía y me seguía, agarrada al brazo, y me dijo que aunque fuera me dejase quedarse esa noche en mi casa sin pagarme, que hacía mucho que no dormía ni se duchaba… Dios, debo tener escrito en la frente algo. Tuve que darle esquinazo y salir a toda hostia. En otra ocasión me traje también a una chavala con la que me había amorrado en el Barco, esta vez con toda la voluntad del mundo, y nada más llegar a casa se hizo la dormida y no me dejó ni sobarla por encima del sostén ni nada, y al amanecer se levantó y me hizo acompañarla al metro y todo, porque vivía a tomar por culo y no sabía ni dónde estaba. Me hicieron la del “Sexless innkeeper” que decían en Cómo conocí a vuestra madre. En mi defensa tengo que decir que otras veces sí he dejado dormir a chavalas en mi casa, incluso dentro de mi cama y dentro de mi. Que han sido diez años que me han devuelto más o menos a donde estaba a los 22, pero que algo me he llevado…

Estos dos días que llevo metido en casa practicamente sin salir, como casi todos los lunes y martes, que es cuando libro, han sido un poco así, de ver pasar cosas a mi alrededor por la ventana de uno u otro lado. El maricón que llama a los clientes y se masturba en el balcón ha vuelto a la acción con el buen tiempo. Esta mañana han parado dos motos y un coche de policía, y han entrado (una vez apeados del vehículo) a toda velocidad en el portal de al lado, y suponía que iban al piso patera contiguo al de mi edificio. Como sé qué ventana es, me fui a cotillear como una vieja, a través del patio, y efectivamente vi a los esforzados agentes tratando de alcanzar esa ventana a través del pasillo que da al patio. Muy emocionante. No sé qué pasaría, porque perdí el interés enseguida, pero parece que no se llevaron a nadie detenido. Aunque hace un rato estaba tendiendo la ropa y se ha escuchado en kilómetros a la redonda una pelea con golpiza en ese mismo dichoso piso, así que puede que vuelvan los de fluorescente. Es curioso esto, qué moñas debe resultar para el cansautor contemporáneo componer canciones en las que le persiguen “los amarillo fosforitos”. Qué ocurrente, lo voy twittear verás qué guay.

También me he cruzado con la vecina, la vieja del bajo C, que nos odiamos, y sigue sin saludarme. Estoy escribiendo mi 19ª novela, y ella es un personaje importante, y la voy a matar enseguida, va a morir con saña, con la cabeza desencajada y cayéndole hacia la espalda como un dispensador de caramelos PEZ. Dios, qué odio la tengo… Han sido dos días muy intensos aquí encerrado, sin novedades pero entretenido: los gatos a tope, los encontronazos con la vecina apartándonos la mirada haciendo como que el otro no existe (¡bruja!), los maderos, la yonki que se me quería meter aquí, una plaga de moscas que hay por el barrio (me siento como el Doctor Doolittle, como si tuviera unas 37 mascotas en casa, me da pena matarlas, pero al mismo tiempo es mi ocupación favorita y me hace sentir resolutivo y varonil, todo el tiempo con el matamoscas en ristre por toda la casa en gayumbos…), el exhibicionista de enfrente, el marido de la ex-presidenta que cotillea a ver si estoy desde la acera de enfrente, que lo sé, que lo hace siempre… Esto es como “La ventana indiscreta” pero al revés. Necesito unas vacaciones o voy a enloquecer.

June 7, 2011
Estaba en casa sin hacer nada lógico, como suelo, cuando me ha llamado mi compañera la brasileira, para ver si yo sabía de algún bar o algún sitio interesante para hacer un reportaje sobre discos de vinilo, o si o mismo tenía vinilos, y como le he dicho que alguno sí, se ha apuntado a venir a mi casa a hacer unas fotos y preguntarme cuatro cosas nónimas, que le sirvieran como, declaraciones de un coleccionista anónimo. En media hora me ha revolucionado la casa, porque he tenido que ducharme, recoger y adecentar un poco todo, ante la visita de una chica atractiva a mi casa, y encima para tirar unas fotos. Y luego ha surgido más caos, cuando hemos empezado a ocupar ese espacio más o menos recogido con discos de vinilo por todas partes. No recordaba que tenía tantos. En realidad no muchos, calculo que unos ciento cincuenta o doscientos, pero todos molan, y ella estaba muy emocionada viendo los maxis, la sección de Zappa, a la que ha tirado muchas fotos, o los vinilos de color, naranja, rojo, azul o transparente que tenía por casa, que le han encantado y les ha hecho muchas fotos. Y un par de maxis grapados en fanzines de garage que también saqué, todo le parecía interesante. Y venga a hablar de discos, de tiendas de discos, todas las curiosidades que se me ocurrían, sacando libros, rajando sobre cosas que normalmente no le interesan una mierda a nadie, y ella no solo escuchaba y sonreía, sino que tomaba nota de todo y seguía haciendo fotos, y ha sido bastante guay. En cuestión de minutos se ha vuelto a ir, dejándome con mi no-colección de cosas tiradas por todas partes, como si hubiera pasado un tifón. Y ahora lo mismo vamos de bares a ver cabinas de DJ repletas de plástico viejo.

Estaba en casa sin hacer nada lógico, como suelo, cuando me ha llamado mi compañera la brasileira, para ver si yo sabía de algún bar o algún sitio interesante para hacer un reportaje sobre discos de vinilo, o si o mismo tenía vinilos, y como le he dicho que alguno sí, se ha apuntado a venir a mi casa a hacer unas fotos y preguntarme cuatro cosas nónimas, que le sirvieran como, declaraciones de un coleccionista anónimo. En media hora me ha revolucionado la casa, porque he tenido que ducharme, recoger y adecentar un poco todo, ante la visita de una chica atractiva a mi casa, y encima para tirar unas fotos. Y luego ha surgido más caos, cuando hemos empezado a ocupar ese espacio más o menos recogido con discos de vinilo por todas partes. No recordaba que tenía tantos. En realidad no muchos, calculo que unos ciento cincuenta o doscientos, pero todos molan, y ella estaba muy emocionada viendo los maxis, la sección de Zappa, a la que ha tirado muchas fotos, o los vinilos de color, naranja, rojo, azul o transparente que tenía por casa, que le han encantado y les ha hecho muchas fotos. Y un par de maxis grapados en fanzines de garage que también saqué, todo le parecía interesante. Y venga a hablar de discos, de tiendas de discos, todas las curiosidades que se me ocurrían, sacando libros, rajando sobre cosas que normalmente no le interesan una mierda a nadie, y ella no solo escuchaba y sonreía, sino que tomaba nota de todo y seguía haciendo fotos, y ha sido bastante guay. En cuestión de minutos se ha vuelto a ir, dejándome con mi no-colección de cosas tiradas por todas partes, como si hubiera pasado un tifón. Y ahora lo mismo vamos de bares a ver cabinas de DJ repletas de plástico viejo.

June 4, 2011
Resumen de lo acontecido: voy al curro y vuelvo. Entre medias, se me rompen cosas, se me cuartea todo alrededor, vivo con la sensación de ser un hombre de vidrio. Esta semana ha sido el cristal izquierdo de la venana principal del salón, que se rajó con un çolpe de aire. Tiré mis zapatillas favoritas, porque a una se le salió salió la suela de cuajo cuando iba a hacer un recado; bueno, esto es más normal, buen uso que les doy todos los días haciendo el mismo recorrido ida y vuelta. Pero lo más çordo fue el ordenador portátil nuevo, que murió de çolpe después de menos de una seman de uso. Nuevo nuevo no era, era un reçalo de Alberto, qué tío más çrande, atractivo, fornido, çeneroso y probable lector de estas líneas. Asqueado, he tenido que volver a este portátil octoçenario, que procesa con la misma fluidez que un Spectrum. Hace un rato estaba revolviendo la estantería de libros çordos que ha encima del escritorio, y saqué un libro para reseñarlo en un bloç de críticas que se me ha ocurrido empezar hoy. Volví a dejar el libro con mucho mimo, pero fue inútil. Al cabo de unos minutos, comenzaron a llover libros sobre este ordenador. Intempestivas de Valdemar cayendo de canto, además, que no podía ser mi colección Pulça, claro. Encima de esos libros tenía mi máscara de Mil Máscaras, sobre un cuenco lleno de céntimos que hacía de pedestal. La lluvia de intempestivas de Valdemar y casi 3 euros en céntimos me hizo dar un vuelco al corazón, y destrozó la letra Y del teclado, que ahora la tenço que pulsar a mala hostia, y ha fulminado la Ç, que ya no la puedo usar, por eso estoyyy pulsando la Ç en luçar de la Ç hasta que lo solucione, o me vaya a vivir con los amish. También se me va a romper cualquier día de estos la tele, de momento parpadea con cadencia de laçarto, pero cualquier día se apaça del todo. Esto es porque los çatos se suben encima continuamente desde hace tres años, camino del alféizar, es normal que se me escacharre, a todo el mundo le pasa esto.
Ah, también he dado sepultura al ratón. Era uno muyy majo, con forma de cochecito, que compré en el chino, así que le he arrancado el cable y lo he colocado sobre un estante, de recuerdo. Sabía que tenía otro ratón inalámbrico por alçún lado. Estuve un buen rato buscándolo en diferentes cajones y cajas que tenço por ahí, y me llevé buenas sorpresas, localizando fotos, fliers y pequeños objetos que tenía olvidados. En el cajón de los condones conté hasta siete mecheros y docenas de pilas. Papel de fumar y filtros. La vuelta al mundo en cableado inútil, que he tirado. Piezas inservibles. Buscando en otra caja encontré trípticos de muchas exposiciones (como una de Frank Kozik de hace casi diez años, que recuerdo con çusto sobre todo por mi compañera aquel día), fliers de çaritos de España y Francia y una selección de mis mejores fotos que creía perdidas. Varios relojes, que desde que se inventó el móvil ya no uso, çafas de sol, cajitas, papelujos de recuerdos, cartas de los amiços. Demasiadas chorradas pequeñas acumuladas. Tenço que hacer recuento. Hala, a hacer çárçaras.

Resumen de lo acontecido: voy al curro y vuelvo. Entre medias, se me rompen cosas, se me cuartea todo alrededor, vivo con la sensación de ser un hombre de vidrio. Esta semana ha sido el cristal izquierdo de la venana principal del salón, que se rajó con un çolpe de aire. Tiré mis zapatillas favoritas, porque a una se le salió salió la suela de cuajo cuando iba a hacer un recado; bueno, esto es más normal, buen uso que les doy todos los días haciendo el mismo recorrido ida y vuelta. Pero lo más çordo fue el ordenador portátil nuevo, que murió de çolpe después de menos de una seman de uso. Nuevo nuevo no era, era un reçalo de Alberto, qué tío más çrande, atractivo, fornido, çeneroso y probable lector de estas líneas. Asqueado, he tenido que volver a este portátil octoçenario, que procesa con la misma fluidez que un Spectrum. Hace un rato estaba revolviendo la estantería de libros çordos que ha encima del escritorio, y saqué un libro para reseñarlo en un bloç de críticas que se me ha ocurrido empezar hoy. Volví a dejar el libro con mucho mimo, pero fue inútil. Al cabo de unos minutos, comenzaron a llover libros sobre este ordenador. Intempestivas de Valdemar cayendo de canto, además, que no podía ser mi colección Pulça, claro. Encima de esos libros tenía mi máscara de Mil Máscaras, sobre un cuenco lleno de céntimos que hacía de pedestal. La lluvia de intempestivas de Valdemar y casi 3 euros en céntimos me hizo dar un vuelco al corazón, y destrozó la letra Y del teclado, que ahora la tenço que pulsar a mala hostia, y ha fulminado la Ç, que ya no la puedo usar, por eso estoyyy pulsando la Ç en luçar de la Ç hasta que lo solucione, o me vaya a vivir con los amish. También se me va a romper cualquier día de estos la tele, de momento parpadea con cadencia de laçarto, pero cualquier día se apaça del todo. Esto es porque los çatos se suben encima continuamente desde hace tres años, camino del alféizar, es normal que se me escacharre, a todo el mundo le pasa esto.

Ah, también he dado sepultura al ratón. Era uno muyy majo, con forma de cochecito, que compré en el chino, así que le he arrancado el cable y lo he colocado sobre un estante, de recuerdo. Sabía que tenía otro ratón inalámbrico por alçún lado. Estuve un buen rato buscándolo en diferentes cajones y cajas que tenço por ahí, y me llevé buenas sorpresas, localizando fotos, fliers y pequeños objetos que tenía olvidados. En el cajón de los condones conté hasta siete mecheros y docenas de pilas. Papel de fumar y filtros. La vuelta al mundo en cableado inútil, que he tirado. Piezas inservibles. Buscando en otra caja encontré trípticos de muchas exposiciones (como una de Frank Kozik de hace casi diez años, que recuerdo con çusto sobre todo por mi compañera aquel día), fliers de çaritos de España y Francia y una selección de mis mejores fotos que creía perdidas. Varios relojes, que desde que se inventó el móvil ya no uso, çafas de sol, cajitas, papelujos de recuerdos, cartas de los amiços. Demasiadas chorradas pequeñas acumuladas. Tenço que hacer recuento. Hala, a hacer çárçaras.

May 29, 2011
Otra semana a tomar por culo. ¿Faltará mucho?
Hemos abierto hoy domingo el bar y no ha habido casi nadie. Estaba con el sambita comentando a cada rato la posibilidad de cerrar e irnos, pero encima de que no teníamos nada que hacer más que aburrirnos, no ha habido ningún momento sin clientela que nos hubiera decidido a cerrar el chiringuito, todo el rato había un mindundi o dos y no podíamos chapar disimuladamente. Fatal.
A última hora estaban los del Avaro haciéndose los remolones, nos hemos ido casi a las doce y media, y llevaba un rato sopesando la posibilidad de salir y, en lugar de irme a casa, sentarme en una terraza a leer un rato tan a gusto, y que me sirvieran a mi. Con esa idea, me animé y terminé de recoger todo, con ganas de sentarme a tomar un gin&tonic a la fresca. Y fue echar los cierres y dar dos pasos de vuelta a casa, cuando ha caído un chaparrón enorme. Una chopa de agua de estas que nos están asolando, que ha durado exactamente lo que he tardado en llegar a casa, ni mas ni menos. Como si me hubiese llovido a mi solo por joder.
Me ha pasado varias veces esta semana, que me he sentido en un slapstick. El miércoles fui por primera vez al programa de radio de Luis, que han montado una emisora que emite desde Gran Vía y hace tiempo me propuso empezar a hacer algo mensualmente, o quizá semanalmente, y quién sabe si quedarme a la larga con un programa; en realidad ahora mismo no estoy seguro de que me lo propusiera, a lo mejor me lo he inventado. O probablemente me lo dijo Abi, a lo loco. Pues el miércoles por la mañana había quedado con Alber, que hacía viaje Sevilla-Lisboa pasando por Madrid a decir “por mí”, quedamos un rato en el jardín tropical/invernadero de la estación para que me diese un portátil que le sobraba (tengo dos ordenadores ahora en casa, qué ilusión me hace porque éste me va a cascar en cualquier momento; ahora mismo suena como si tuviese dentro diez o doce piezas de Lego sueltas), y a cambio yo le llevé algunos fanzines. Pues en la misma bolsa de los fanzines llevaba también la música que había grabado para mi intervención en el programa de radio. Había seleccionado 15 ó 16 canciones, y hasta, aburrido, hice una carátula para el CD. Entre lo de Atocha y lo de Gran Vía, hice tiempo en Moyano, que pasé a saludar a Patri, y me di un paseo hasta el bar, para comer gratis, que no me daba tiempo a ir a casa. Y justo cuando estaba entrando en Gran Vía, directo al programa holgado de tiempo, me di cuenta de que no llevaba encima la música del programa. Llamé urgentemente a Luis y quedamos una hora más tarde, parece que no había mayor problema. Me fui a casa a grabar otra vez el disco, pero esta mierda de ordenador a pedales me tuvo una hora larga para hacer la grabación, y volví a Gran Vía follao, sudoroso y tarde. Crucé desde Montera jugándome la vida a largas zancadas, y una décima de segundo antes que yo, entraró en el mismo edificio una docena de chavalas, que se pusieron a hacer el cola en un antiquísimo ascensor que no llegaba. Decidí resignarme y subir las seis plantas corriendo, secándome el sudor cada pocos escalones. Por fin llegaba a la 6ª planta echando el bofe, y vi la puerta de la izquierda abierta. Pero en cuanto puse el pie en el rellano, alguien cerró la puerta de golpe, en mis narices. Fue la primera vez esta semana que me sentí como en un chiste. Fue tan exagerado que ni reaccioné. Una tía esperaba el ascensor arriba y me dijo que estaba abierto hacía un segundo. Le dije “ya, si llevo así todo el día”. Porque estaba un poco cabreado. Y sudoroso, ya lo he dicho.
El sábado en el bar me estuve preparando una suculenta cena, un plato combinado perfecto, con un huevo frito brillante, patatas fritas, boletus y un poco de pollo, iba a cenar a las nueve para variar, que luego al cierre no tengo hambre o se me olvida. Pues en el preciso instante en el que iba a llevarme el tenedor a la boca, como si fuese una broma pesada, como si me hubieran estado espiando la media hora previa desde la acera de enfrente del bar vacío, entró un autobús de gilipollas de Tenerife, ávidos de cerveza y hamburguesas. Mi cena se enfrió y la tuve que tirar, cuando una hora y media después se quedó el bar despejado. De hecho, nos quedamos solos un buen rato en cuanto terminó el Barça-Manchester, y ya no tenía hambre.
El viernes me estuve preparando, durante tres cuartos de hora, un suculento zumo de sandía. Cortando la sandía en trozos, quitando las semillas, licuándolo a máquina y luego pasándolo cuidadosamente por un colador a un vaso ancho de sidra que previamente había helado y llenado de hielo picado a mano. Cuando por fin iba probarlo, salibando, iba a darme un homenaje sentado en la mesa de la puerta como un rajá, estaba el zumo de sandía a menos de tres dedos de mi boca, cuando pasó una furcia corriendo al lado, se chocó conmigo y me tiró el vaso al suelo.
Estos han sido los grandes momentos de esta semana que ya se acaba, que recuerde. Mañana me voy al campo un rato.

Otra semana a tomar por culo. ¿Faltará mucho?

Hemos abierto hoy domingo el bar y no ha habido casi nadie. Estaba con el sambita comentando a cada rato la posibilidad de cerrar e irnos, pero encima de que no teníamos nada que hacer más que aburrirnos, no ha habido ningún momento sin clientela que nos hubiera decidido a cerrar el chiringuito, todo el rato había un mindundi o dos y no podíamos chapar disimuladamente. Fatal.

A última hora estaban los del Avaro haciéndose los remolones, nos hemos ido casi a las doce y media, y llevaba un rato sopesando la posibilidad de salir y, en lugar de irme a casa, sentarme en una terraza a leer un rato tan a gusto, y que me sirvieran a mi. Con esa idea, me animé y terminé de recoger todo, con ganas de sentarme a tomar un gin&tonic a la fresca. Y fue echar los cierres y dar dos pasos de vuelta a casa, cuando ha caído un chaparrón enorme. Una chopa de agua de estas que nos están asolando, que ha durado exactamente lo que he tardado en llegar a casa, ni mas ni menos. Como si me hubiese llovido a mi solo por joder.

Me ha pasado varias veces esta semana, que me he sentido en un slapstick. El miércoles fui por primera vez al programa de radio de Luis, que han montado una emisora que emite desde Gran Vía y hace tiempo me propuso empezar a hacer algo mensualmente, o quizá semanalmente, y quién sabe si quedarme a la larga con un programa; en realidad ahora mismo no estoy seguro de que me lo propusiera, a lo mejor me lo he inventado. O probablemente me lo dijo Abi, a lo loco. Pues el miércoles por la mañana había quedado con Alber, que hacía viaje Sevilla-Lisboa pasando por Madrid a decir “por mí”, quedamos un rato en el jardín tropical/invernadero de la estación para que me diese un portátil que le sobraba (tengo dos ordenadores ahora en casa, qué ilusión me hace porque éste me va a cascar en cualquier momento; ahora mismo suena como si tuviese dentro diez o doce piezas de Lego sueltas), y a cambio yo le llevé algunos fanzines. Pues en la misma bolsa de los fanzines llevaba también la música que había grabado para mi intervención en el programa de radio. Había seleccionado 15 ó 16 canciones, y hasta, aburrido, hice una carátula para el CD. Entre lo de Atocha y lo de Gran Vía, hice tiempo en Moyano, que pasé a saludar a Patri, y me di un paseo hasta el bar, para comer gratis, que no me daba tiempo a ir a casa. Y justo cuando estaba entrando en Gran Vía, directo al programa holgado de tiempo, me di cuenta de que no llevaba encima la música del programa. Llamé urgentemente a Luis y quedamos una hora más tarde, parece que no había mayor problema. Me fui a casa a grabar otra vez el disco, pero esta mierda de ordenador a pedales me tuvo una hora larga para hacer la grabación, y volví a Gran Vía follao, sudoroso y tarde. Crucé desde Montera jugándome la vida a largas zancadas, y una décima de segundo antes que yo, entraró en el mismo edificio una docena de chavalas, que se pusieron a hacer el cola en un antiquísimo ascensor que no llegaba. Decidí resignarme y subir las seis plantas corriendo, secándome el sudor cada pocos escalones. Por fin llegaba a la 6ª planta echando el bofe, y vi la puerta de la izquierda abierta. Pero en cuanto puse el pie en el rellano, alguien cerró la puerta de golpe, en mis narices. Fue la primera vez esta semana que me sentí como en un chiste. Fue tan exagerado que ni reaccioné. Una tía esperaba el ascensor arriba y me dijo que estaba abierto hacía un segundo. Le dije “ya, si llevo así todo el día”. Porque estaba un poco cabreado. Y sudoroso, ya lo he dicho.

El sábado en el bar me estuve preparando una suculenta cena, un plato combinado perfecto, con un huevo frito brillante, patatas fritas, boletus y un poco de pollo, iba a cenar a las nueve para variar, que luego al cierre no tengo hambre o se me olvida. Pues en el preciso instante en el que iba a llevarme el tenedor a la boca, como si fuese una broma pesada, como si me hubieran estado espiando la media hora previa desde la acera de enfrente del bar vacío, entró un autobús de gilipollas de Tenerife, ávidos de cerveza y hamburguesas. Mi cena se enfrió y la tuve que tirar, cuando una hora y media después se quedó el bar despejado. De hecho, nos quedamos solos un buen rato en cuanto terminó el Barça-Manchester, y ya no tenía hambre.

El viernes me estuve preparando, durante tres cuartos de hora, un suculento zumo de sandía. Cortando la sandía en trozos, quitando las semillas, licuándolo a máquina y luego pasándolo cuidadosamente por un colador a un vaso ancho de sidra que previamente había helado y llenado de hielo picado a mano. Cuando por fin iba probarlo, salibando, iba a darme un homenaje sentado en la mesa de la puerta como un rajá, estaba el zumo de sandía a menos de tres dedos de mi boca, cuando pasó una furcia corriendo al lado, se chocó conmigo y me tiró el vaso al suelo.

Estos han sido los grandes momentos de esta semana que ya se acaba, que recuerde. Mañana me voy al campo un rato.

May 23, 2011
Fui a votar dije antes, y mi jornada electoral fue así: decidí votar de pronto, no sé por qué y sigo sin saberlo. Porque no vota ni dios, por llevar la contraria. Un poco envilecido por el alcohol, las pancartas de Sol el sábado noche y la vasco-francesa. Le pregunté a Boli que a quién había que votar, y después de un rato nos pusimos de acuerdo y de hecho cuando nos despedimos, cada uno haciendo eses en sentido opuesto desde la plaza, intercambiamos mensajes para que no nos falláramos, que o votábamos lo dos o ninguno. Algo así fue mi jornada de reflexión.
Por la mañana el domingo me desperté prontísimo, exaltado, poco más de tres horas después de haberme acostado. No sé por qué duermo tan poco y en cuanto abro un ojo salto de la cama, a lo mejor los gatos son contagiosos. He pensado ir al doctor a que me recete somníferos. Como fuere, me desperté, me acicalé y me senté al ordenador a observar el mundo amanecer ante mis ojos, con tantas ganas de ir a votar como de que me clavaran farolas entre uña y carne. Casi al mediodía, me armé de valor y me eché a la calle, después de un largo rato buscando mi DNI por todas partes.
El cole donde votamos los Fruno está al lado de casa de mis padres, porque nunca me empadroné en otro lado, estoy bien empadronado ahí, digo yo que para qué. De pequeño acompañaba siempre a mis padres a votar muy alegre toda la calle arriba hasta el pinar, pero cuando cumplí la mayoría de edad me negué a continuar con la rutina familiar, y solo he votado otra vez en estos últimos 14 años, así que mis padres obviamente no me esperan a comer en día de elecciones; iba a ser una sorpresa enorme para ellos plantarme allí sin avisar: “mira, papá, he votado, ¡tachán!, con lo que luchaste en las guerras púnicas para que gozásemos del privilegio de la Democracia y bla bla bla…”
Cuando era pequeño tuve una vez un hamster, y recuerdo que jugaba con él a construirle inmensos laberintos con maderitas de construcción de que había en un baúl. Me tiraba un par de horas haciendo un intrincado y retorcido recorrido caótico con las maderitas y los objetos del salón, con varias entradas, salidas y caminos a seguir. Pero había un camino que estaba trufado de pipas peladas. Mi pasatiempo favorito era mirar al hamster seguir el rastro de pipas hasta encontrar la salida. Normalmente lo que hacía era derribar toda mi minuciosa, casi orfebre faena de urbanizado, a manotazos, y después comerse todas las pipas de entre las ruinas ante mi estupefacción y lógico cabreo viendo como mi vena científica era burlada.
Digo esto porque a menudo, cuando tengo que salir de casa en mi rato libre, resacoso, sin haber dormido y para ir a hacer algo que no me creo y me apetece como comer mierda, me acuerdo de mi hamstercito y elaboro un recorrido lleno de premios para que la llegada a destino sea al menos un poco jugosa y no sea todo un desperdicio idiota de tiempo. Así que mi plan fue dirigirme a Plaza Castilla leyendo a Usagi Yojimbo (que estoy repasando sus obras completas), y recorrer de principio a fin el rastro de Tetuán para ir recolectando novelitas de bolsillo como si fuesen pipas. Me había hecho una lista que llevaba en el móvil, y encontré algunos ejemplares que no tenía de mis series bizarras favoritas de Bruguera, como ¡Kiai!, Tam-Tam o Doble Juego. Encontré la salida a eso de las tres de la tarde, ejercí mi deficiente y absurdo derecho a toda leche sin colas ni nada, sorteando ancianos con muleta (conté hasta seis), y me fui a casa de mis padres para comprobar con estupor que, mientras yo participaba de la fiesta bisiesta de la democracia, ellos se habían ido a curiosear en la #acampadasol. Un disparate, vamos. Me entró el mareo y todo. Al menos comí espanzurrado en el sofá de una vivienda digna y tuve tiempo de leer un rato antes de tener que ir a ejercer mi derecho a trabajar por horas sin contrato el resto del día. Seguimos el escrutinio la brasileña y yo entre bostezos mirando las telarañas, y poco a poco se nos unió el grupo habitual de artistas, desocupados y ancianos comunistas del barrio, con lo que al menos pudimos fanfarronear y dar puñetazos en la barra. Luego me fui a casa y hoy me he despertado otra vez después de descansar insuficientemente, porque me despertó una pobre teleoperadora, y no he hecho nada hasta ahora.

Fui a votar dije antes, y mi jornada electoral fue así: decidí votar de pronto, no sé por qué y sigo sin saberlo. Porque no vota ni dios, por llevar la contraria. Un poco envilecido por el alcohol, las pancartas de Sol el sábado noche y la vasco-francesa. Le pregunté a Boli que a quién había que votar, y después de un rato nos pusimos de acuerdo y de hecho cuando nos despedimos, cada uno haciendo eses en sentido opuesto desde la plaza, intercambiamos mensajes para que no nos falláramos, que o votábamos lo dos o ninguno. Algo así fue mi jornada de reflexión.

Por la mañana el domingo me desperté prontísimo, exaltado, poco más de tres horas después de haberme acostado. No sé por qué duermo tan poco y en cuanto abro un ojo salto de la cama, a lo mejor los gatos son contagiosos. He pensado ir al doctor a que me recete somníferos. Como fuere, me desperté, me acicalé y me senté al ordenador a observar el mundo amanecer ante mis ojos, con tantas ganas de ir a votar como de que me clavaran farolas entre uña y carne. Casi al mediodía, me armé de valor y me eché a la calle, después de un largo rato buscando mi DNI por todas partes.

El cole donde votamos los Fruno está al lado de casa de mis padres, porque nunca me empadroné en otro lado, estoy bien empadronado ahí, digo yo que para qué. De pequeño acompañaba siempre a mis padres a votar muy alegre toda la calle arriba hasta el pinar, pero cuando cumplí la mayoría de edad me negué a continuar con la rutina familiar, y solo he votado otra vez en estos últimos 14 años, así que mis padres obviamente no me esperan a comer en día de elecciones; iba a ser una sorpresa enorme para ellos plantarme allí sin avisar: “mira, papá, he votado, ¡tachán!, con lo que luchaste en las guerras púnicas para que gozásemos del privilegio de la Democracia y bla bla bla…”

Cuando era pequeño tuve una vez un hamster, y recuerdo que jugaba con él a construirle inmensos laberintos con maderitas de construcción de que había en un baúl. Me tiraba un par de horas haciendo un intrincado y retorcido recorrido caótico con las maderitas y los objetos del salón, con varias entradas, salidas y caminos a seguir. Pero había un camino que estaba trufado de pipas peladas. Mi pasatiempo favorito era mirar al hamster seguir el rastro de pipas hasta encontrar la salida. Normalmente lo que hacía era derribar toda mi minuciosa, casi orfebre faena de urbanizado, a manotazos, y después comerse todas las pipas de entre las ruinas ante mi estupefacción y lógico cabreo viendo como mi vena científica era burlada.

Digo esto porque a menudo, cuando tengo que salir de casa en mi rato libre, resacoso, sin haber dormido y para ir a hacer algo que no me creo y me apetece como comer mierda, me acuerdo de mi hamstercito y elaboro un recorrido lleno de premios para que la llegada a destino sea al menos un poco jugosa y no sea todo un desperdicio idiota de tiempo. Así que mi plan fue dirigirme a Plaza Castilla leyendo a Usagi Yojimbo (que estoy repasando sus obras completas), y recorrer de principio a fin el rastro de Tetuán para ir recolectando novelitas de bolsillo como si fuesen pipas. Me había hecho una lista que llevaba en el móvil, y encontré algunos ejemplares que no tenía de mis series bizarras favoritas de Bruguera, como ¡Kiai!, Tam-Tam o Doble Juego. Encontré la salida a eso de las tres de la tarde, ejercí mi deficiente y absurdo derecho a toda leche sin colas ni nada, sorteando ancianos con muleta (conté hasta seis), y me fui a casa de mis padres para comprobar con estupor que, mientras yo participaba de la fiesta bisiesta de la democracia, ellos se habían ido a curiosear en la #acampadasol. Un disparate, vamos. Me entró el mareo y todo. Al menos comí espanzurrado en el sofá de una vivienda digna y tuve tiempo de leer un rato antes de tener que ir a ejercer mi derecho a trabajar por horas sin contrato el resto del día. Seguimos el escrutinio la brasileña y yo entre bostezos mirando las telarañas, y poco a poco se nos unió el grupo habitual de artistas, desocupados y ancianos comunistas del barrio, con lo que al menos pudimos fanfarronear y dar puñetazos en la barra. Luego me fui a casa y hoy me he despertado otra vez después de descansar insuficientemente, porque me despertó una pobre teleoperadora, y no he hecho nada hasta ahora.