June 28, 2011
Cosas que me han pasado estos días: cené una tarde solo en el alemán y me invitaron a la segunda Leffe. Compré algunos libros baratos. Vi por la calle a un negro vendiendo La Farola que cantaba a gritos no recuerdo qué famosa canción. Julio un puesto ha puesto de libros en la Plaza. Empecé un libro nuevo de Lem. Un día un melón galia fue todo el alimento que ingerí. Se me jodió por segunda vez la pantalla del ordenador pero se arregló sola. Reinstalé el escáner. Junté unos 500 euros y gasté unos 400. Pasé la aspiradora a medias. Descubrí una nueva tienda de animales. Le di una flor a una amiga de B en plan galán, un poco pedo. Vacié el ordenador antiguo y lo pasé todo al nuevo. Me duché entero vestido en los chorros de Tirso de Molina, como un crío. Mi amigo C me contó que E a los 31 años ha salido del armario y se ha ido a vivir con su novia, y todavía me cuesta creerlo. Puse un lavaplatos y una lavadora. Vi “Tropa de élite 2”. Grabé más de treinta CDs de música. Fui invitado al preestreno de la nueva obra de Ron Lalá, y me reí mucho. Confirmé lo que me dijo L de que hay una estatua escondida de un gato rojo muy chulo en la azotea de la Consejería de Cultura de la calle Alcalá. Fui a Guadalajara a pinchar rock and roll chino, peruano, tailandés, mex-yugoeslavo y hasta en klingon. Vi los dos nuevos capítulos de Futurama. Me compré el TMEO. Volví a Lavapiés después de muchos meses. Saqué la basura en calzones. Se me reventó el enchufe del viejo frigorífico. Compré un frigorífico nuevo. Llené el frigorífico nuevo de botellas de agua, hielo y fungibles de primera necesidad. Estuve trasteando con fanzines y tebeos durante horas en la increíble casa-museo de Mauro. Me indigné bastante. Me quedé dormido leyendo en el Retiro. Dejé encerrado por error a mi gato pequeño en el patio durante toda la noche. Decidí redecorar una pared del bar y estoy colgando docenas de cuadros pequeños poco a poco. Vi “Hobo with a shotgun” y me encantó. Fui a la tienda de coleccionismo de la calle Almirante. Envié un fanzine de música rara por correo. Leí las primeros historietas de Robo-Hunter, de 1978 a 1982. Arreglé las cortinas de la ventana grande. Vi “Midnight in Paris” en los Ideal tomando horchata. J se compró un libro pop-up de Spiderman precioso de 1982 que me gustaría tener y a lo mejor se lo cambio por un cuadro mío. Saqué la planta al patio para que muera lejos de mi vista. Gané una pasta al póker en casa del Boris. Sudé. Me compré una postal de Shirley McLaine y la expuse sobre el ordenador. Hubo una fiesta ibicenca en el bar. Actualicé Twitter. Desayuné donde siempre al menos tres veces estos días. Vinieron amigos a verme al bar unas cuatro veces en estas dos semanas. Me llamaron dos veces para los trabajillos basura habituales, pero no pude o no di el perfil. Me crucé con Ángel Antonio Herrera en chanclas. Me quedé dos veces con peña en el bar chapado hasta las 4 de la mañana, una de risas y otra a mi rollo leyendo. Se me cayeron mil bolsilibros de una estantería y me dio mucha rabia. Compré cerezas. Fechamos una fiesta sorpresa para una amiga. Se me pasó el cumpleaños de otro amigo. Leí un libro de ensayos breves muy bonito de Esteban Padrós de Palacios. Me quedé con las ganas de ver a Secret Chiefs 3. Me reconcilié con J Estocolmo. Paseé por un Lidl haciendo tiempo y una compra imaginaria para disfrutar del aire acondicionado porque mi compañía se retrasaba. Escaneé una especie de hoja parroquial punk con cotilleos de Malasaña de mediados de los noventa que cayó en mis manos. Estuve tomando cervezas en la plaza del 2D hasta las cinco de la mañana con la de los ojos lila y el piercing espantoso, y de paso la conseguí curro. Volví a ver a M después de ni recuerdo cuánto y me arrepentí mucho porque me dejó muy triste. Llegué tarde a un pádel y no jugué. Quedé con K y sus amigos de Barcelona pero iban a un sitio que me da mucho asco y me fui a casa sin gastar un duro. Me contaron que alquilan un bar + vivienda de tres plantas por 150€ en Plasencia y quién sabe. Vi en el metro a un pobre hombre pidiendo dinero muy muy muy desesperado. Fotografié a escondidas la increíble estantería de juguetes de Mauro. Dormí muy poco en general. “Frosina” me pidió el teléfono y me animó para una cita espero que inminente, y estoy un poco tonto con esto.

Cosas que me han pasado estos días: cené una tarde solo en el alemán y me invitaron a la segunda Leffe. Compré algunos libros baratos. Vi por la calle a un negro vendiendo La Farola que cantaba a gritos no recuerdo qué famosa canción. Julio un puesto ha puesto de libros en la Plaza. Empecé un libro nuevo de Lem. Un día un melón galia fue todo el alimento que ingerí. Se me jodió por segunda vez la pantalla del ordenador pero se arregló sola. Reinstalé el escáner. Junté unos 500 euros y gasté unos 400. Pasé la aspiradora a medias. Descubrí una nueva tienda de animales. Le di una flor a una amiga de B en plan galán, un poco pedo. Vacié el ordenador antiguo y lo pasé todo al nuevo. Me duché entero vestido en los chorros de Tirso de Molina, como un crío. Mi amigo C me contó que E a los 31 años ha salido del armario y se ha ido a vivir con su novia, y todavía me cuesta creerlo. Puse un lavaplatos y una lavadora. Vi “Tropa de élite 2”. Grabé más de treinta CDs de música. Fui invitado al preestreno de la nueva obra de Ron Lalá, y me reí mucho. Confirmé lo que me dijo L de que hay una estatua escondida de un gato rojo muy chulo en la azotea de la Consejería de Cultura de la calle Alcalá. Fui a Guadalajara a pinchar rock and roll chino, peruano, tailandés, mex-yugoeslavo y hasta en klingon. Vi los dos nuevos capítulos de Futurama. Me compré el TMEO. Volví a Lavapiés después de muchos meses. Saqué la basura en calzones. Se me reventó el enchufe del viejo frigorífico. Compré un frigorífico nuevo. Llené el frigorífico nuevo de botellas de agua, hielo y fungibles de primera necesidad. Estuve trasteando con fanzines y tebeos durante horas en la increíble casa-museo de Mauro. Me indigné bastante. Me quedé dormido leyendo en el Retiro. Dejé encerrado por error a mi gato pequeño en el patio durante toda la noche. Decidí redecorar una pared del bar y estoy colgando docenas de cuadros pequeños poco a poco. Vi “Hobo with a shotgun” y me encantó. Fui a la tienda de coleccionismo de la calle Almirante. Envié un fanzine de música rara por correo. Leí las primeros historietas de Robo-Hunter, de 1978 a 1982. Arreglé las cortinas de la ventana grande. Vi “Midnight in Paris” en los Ideal tomando horchata. J se compró un libro pop-up de Spiderman precioso de 1982 que me gustaría tener y a lo mejor se lo cambio por un cuadro mío. Saqué la planta al patio para que muera lejos de mi vista. Gané una pasta al póker en casa del Boris. Sudé. Me compré una postal de Shirley McLaine y la expuse sobre el ordenador. Hubo una fiesta ibicenca en el bar. Actualicé Twitter. Desayuné donde siempre al menos tres veces estos días. Vinieron amigos a verme al bar unas cuatro veces en estas dos semanas. Me llamaron dos veces para los trabajillos basura habituales, pero no pude o no di el perfil. Me crucé con Ángel Antonio Herrera en chanclas. Me quedé dos veces con peña en el bar chapado hasta las 4 de la mañana, una de risas y otra a mi rollo leyendo. Se me cayeron mil bolsilibros de una estantería y me dio mucha rabia. Compré cerezas. Fechamos una fiesta sorpresa para una amiga. Se me pasó el cumpleaños de otro amigo. Leí un libro de ensayos breves muy bonito de Esteban Padrós de Palacios. Me quedé con las ganas de ver a Secret Chiefs 3. Me reconcilié con J Estocolmo. Paseé por un Lidl haciendo tiempo y una compra imaginaria para disfrutar del aire acondicionado porque mi compañía se retrasaba. Escaneé una especie de hoja parroquial punk con cotilleos de Malasaña de mediados de los noventa que cayó en mis manos. Estuve tomando cervezas en la plaza del 2D hasta las cinco de la mañana con la de los ojos lila y el piercing espantoso, y de paso la conseguí curro. Volví a ver a M después de ni recuerdo cuánto y me arrepentí mucho porque me dejó muy triste. Llegué tarde a un pádel y no jugué. Quedé con K y sus amigos de Barcelona pero iban a un sitio que me da mucho asco y me fui a casa sin gastar un duro. Me contaron que alquilan un bar + vivienda de tres plantas por 150€ en Plasencia y quién sabe. Vi en el metro a un pobre hombre pidiendo dinero muy muy muy desesperado. Fotografié a escondidas la increíble estantería de juguetes de Mauro. Dormí muy poco en general. “Frosina” me pidió el teléfono y me animó para una cita espero que inminente, y estoy un poco tonto con esto.

June 17, 2011
Pienso que uno de los motivos principales de que venga aquí a rajar intimidades personales en abierto, es la simple rutina. Porque llevo haciendo esto, escribir mis cosas, desde pequeñito. Antes de que existiesen los blogs, yo he tenido mil cuadernos, agendas y documentos informáticos atestados de diatribas insignificantes y narraciones pequeñitas de mi absurdo devenir. Lo hacía ya incluso cuando tenía una vida, conté magníficos viajes, pecados, secretos, dolorosas rupturas y pérdidas, crímenes de estado, majaderías de todo timbre. Desde pequeño, yo he coleccionado cromos, muñequitos de maqueta, tebeos, novelitas, y días. Ahora que sobrevivo atrapado en esta rutina caótica mía; que no hago nada ni tengo nada interesante que contar nunca jamás a nadie; que apenas obtengo una incompresible satisfacción de otra cosa que la mera contemplación de la obra a pie de calle o de la excursión alrededor de la manzana mirando nalgas… supongo que si aún queda en este treintagenario algo de ese obsesivo-compulsivo coleccionista de jornadas en negro sobre blanco, la de hoy está siendo un cromo de adquisión difícil, atesorable, como un fichaje de última hora, un Lajos Detari o un Spud Webb, un día insuperable de jubilado en primavera.
Le comenté a la brasileña (compañera, amiga, tía buena y periodista en prácticas), el día que estuvo en mi casa escuchando todo lo que quería contarle sobre discos de vinilo, que por qué no aprovechaba su condición de acreditable para solicitar acceso a las catacumbas de la Biblioteca Nacional, donde me constaba que se guardan los mayores tesoros de la cultura del país. Le enseñé la Rolling Stone del mes, donde venía una breve entrevista con el director del área musical de la biblioteca, y tomó nota de su nombre. Al día siguiente me dijo que había concertado una entrevista con él para esta mañana, ésta que se acaba de convertir en víspera. Y, complaciente como ella sola, en lugar de darle a la secretaria el nombre y DNI de cualquiera de sus compañeras de máster, le dio mis datos. Yo sería un supuesto compañero suyo de máster, encargado de la parte gráfica. Así que esta mañana hemos acudido los dos, nada más amanecer, al almacén de Cultura Audiovisual en castellano más grande del mundo. Y el Excmo. Director del invento, nombre de pila José, nos ha estado enseñando las instalaciones y respondiendo a nuestras preguntas, con una afable sonrisa perenne, durante dos largas y maravillosas horas. Desde la zona pública para investigadores y curiosos, pasando por las oficinas de empleados y la propia mesa de su despacho, hasta un trip por las seis plantas, doce entreplantas en realidad, donde se almacenan miles de lineales abarrotados con cientos de miles de discos, películas, partituras y literatura musical, todo aquello de lo que se ha hecho alguna vez depósito legal desde tiempos de Felipe II hasta hace un rato.
Entre otras cosas, esta mañana he tenidoa menos de un palmo de mis narices, un disco de cera de Edison, azul, brillante, excitante, como un dildo de cyberskin. En mi papel de fotógrafo de prensa farsante, he retratado discos perforados cuadrados, discos de Herophón o increíbles rollos de pianola del siglo XIX, que se apelotonaban ordenadamente en cajas que se perdían practicamente en el horizonte. Y enloquecido como Tom Hanks en la juguetería de “Big”, he correteado entre pasillos atestados hasta el techo de todos los vinilos, maxis, CDs y pizarras posibles, buscando enfoques al azar de discos punkis y de Nueva Ola, lo primero que se me ocurrió. Luego estuvimos viendo la exposición permanente de gramófonos e historia de la grabación sonora, abierta al público, pero con el mejor anfitrión posible, que lleva treinta años allí. Me lo he pasado como un enano.
Luego fuimos a desayunar al bar donde iba a diario cuando estudié COU por la zona. Ésta se tuvo que ir a hacer el reportaje. Ya que estaba lanzado y en la calle, decidí darme un empacho. Volví a la BNE, a ver una maravillosa y coqueta exposición de libros de magia, quiromancia e hipnotismo. Como un enano también. Luego me metí en el Museo Naval. Me sentí un poco imbécil, porque me dijeron que la entrada era libre o la voluntad, pero luego en la taquilla una tronca me pidió 4 euros. Una funcionaria del gorrillismo. Me hurgué el bolsillo y solo tenía dos euros y pico y un billete grande, así que le dije apenado que ya vendría otro día; pero me mangó los dos y pico con un gesto hipersónico y me los cambió por unos fliers. No me arrepentí. No entraba allí desde niño, ni siquiera sabía dónde estaba exactamente el museo, que tiene una entrada enana, como una garita, con una pequeña placa en el granito. Por dentro es impresionante, como dos hangares de grande. Como lo echaba de menos, seguí haciendo fotos, ahora con mi móvil de mierda. A lo mejor las subo. El museazo está lleno de espadas de todas las clases, formas y latitudes, cañones y balas de cañón por todas partes, maquetas, mosquetes, soldaditos de plomo, un cuadro de Franco muy gracioso, mascarones de proa de fantasía, restos de naufragios, cabullería, una cosa impresionante. Entre rancio e impresionante, pasaba por todas las fases de enjuiciamiento a cada paso que daba, pero en general fascinado. Sobre todo en la sala del tragaluz, tan Jacinto Antón que me lo pasé. Y lo mejor de todo es que no había ni dios. No me he cruzado con casi nadie en ninguno de los sitios donde he estado. Ni siquiera había mucha gente en el Retiro. Estuve tirado un buen rato en el Retiro, leyendo uno de los cinco libros que me compré en Moyano. También pasé por la Casa de América, colándome desde el jardín (uno de mis lugares favoritos de todo Madrid) y sorprendiendo a los guardias de la entrada de Cibeles. Había una exposición de fotos de viejos y tetonas cubanas. En la Casa de Vacas había una exposición de fotos de fachadas madileñas vintage, pero me suena que el edificio cierra a mediodia, así que por si acaso me quedé tirado en el césped. En la Fundación Mapfre vi otra esposición de fotos vintage, esta vez de París de finales del XIX a los veinte, doscientas y pico fotos preciosas de Eugéne Atget. Me jodió mucho encontrarme con una repetida, que me fijo mucho en estas cosas. Había una repe, y titulada de dos maneras diferentes, y me irrité y a punto estuve de quejarme a alguna vigilanta, pero ninguna estaba lo suficientemente buena como para que mereciese la pena acercarme a hablarla. Había otra exposición en la planta baja, bocetos a lápices de artistas surtidos, pero basta ya, me fui a comer, y aquí estoy ahora, comiendo tumbado, gazpacho del Vips.

Pienso que uno de los motivos principales de que venga aquí a rajar intimidades personales en abierto, es la simple rutina. Porque llevo haciendo esto, escribir mis cosas, desde pequeñito. Antes de que existiesen los blogs, yo he tenido mil cuadernos, agendas y documentos informáticos atestados de diatribas insignificantes y narraciones pequeñitas de mi absurdo devenir. Lo hacía ya incluso cuando tenía una vida, conté magníficos viajes, pecados, secretos, dolorosas rupturas y pérdidas, crímenes de estado, majaderías de todo timbre. Desde pequeño, yo he coleccionado cromos, muñequitos de maqueta, tebeos, novelitas, y días. Ahora que sobrevivo atrapado en esta rutina caótica mía; que no hago nada ni tengo nada interesante que contar nunca jamás a nadie; que apenas obtengo una incompresible satisfacción de otra cosa que la mera contemplación de la obra a pie de calle o de la excursión alrededor de la manzana mirando nalgas… supongo que si aún queda en este treintagenario algo de ese obsesivo-compulsivo coleccionista de jornadas en negro sobre blanco, la de hoy está siendo un cromo de adquisión difícil, atesorable, como un fichaje de última hora, un Lajos Detari o un Spud Webb, un día insuperable de jubilado en primavera.

Le comenté a la brasileña (compañera, amiga, tía buena y periodista en prácticas), el día que estuvo en mi casa escuchando todo lo que quería contarle sobre discos de vinilo, que por qué no aprovechaba su condición de acreditable para solicitar acceso a las catacumbas de la Biblioteca Nacional, donde me constaba que se guardan los mayores tesoros de la cultura del país. Le enseñé la Rolling Stone del mes, donde venía una breve entrevista con el director del área musical de la biblioteca, y tomó nota de su nombre. Al día siguiente me dijo que había concertado una entrevista con él para esta mañana, ésta que se acaba de convertir en víspera. Y, complaciente como ella sola, en lugar de darle a la secretaria el nombre y DNI de cualquiera de sus compañeras de máster, le dio mis datos. Yo sería un supuesto compañero suyo de máster, encargado de la parte gráfica. Así que esta mañana hemos acudido los dos, nada más amanecer, al almacén de Cultura Audiovisual en castellano más grande del mundo. Y el Excmo. Director del invento, nombre de pila José, nos ha estado enseñando las instalaciones y respondiendo a nuestras preguntas, con una afable sonrisa perenne, durante dos largas y maravillosas horas. Desde la zona pública para investigadores y curiosos, pasando por las oficinas de empleados y la propia mesa de su despacho, hasta un trip por las seis plantas, doce entreplantas en realidad, donde se almacenan miles de lineales abarrotados con cientos de miles de discos, películas, partituras y literatura musical, todo aquello de lo que se ha hecho alguna vez depósito legal desde tiempos de Felipe II hasta hace un rato.

Entre otras cosas, esta mañana he tenidoa menos de un palmo de mis narices, un disco de cera de Edison, azul, brillante, excitante, como un dildo de cyberskin. En mi papel de fotógrafo de prensa farsante, he retratado discos perforados cuadrados, discos de Herophón o increíbles rollos de pianola del siglo XIX, que se apelotonaban ordenadamente en cajas que se perdían practicamente en el horizonte. Y enloquecido como Tom Hanks en la juguetería de “Big”, he correteado entre pasillos atestados hasta el techo de todos los vinilos, maxis, CDs y pizarras posibles, buscando enfoques al azar de discos punkis y de Nueva Ola, lo primero que se me ocurrió. Luego estuvimos viendo la exposición permanente de gramófonos e historia de la grabación sonora, abierta al público, pero con el mejor anfitrión posible, que lleva treinta años allí. Me lo he pasado como un enano.

Luego fuimos a desayunar al bar donde iba a diario cuando estudié COU por la zona. Ésta se tuvo que ir a hacer el reportaje. Ya que estaba lanzado y en la calle, decidí darme un empacho. Volví a la BNE, a ver una maravillosa y coqueta exposición de libros de magia, quiromancia e hipnotismo. Como un enano también. Luego me metí en el Museo Naval. Me sentí un poco imbécil, porque me dijeron que la entrada era libre o la voluntad, pero luego en la taquilla una tronca me pidió 4 euros. Una funcionaria del gorrillismo. Me hurgué el bolsillo y solo tenía dos euros y pico y un billete grande, así que le dije apenado que ya vendría otro día; pero me mangó los dos y pico con un gesto hipersónico y me los cambió por unos fliers. No me arrepentí. No entraba allí desde niño, ni siquiera sabía dónde estaba exactamente el museo, que tiene una entrada enana, como una garita, con una pequeña placa en el granito. Por dentro es impresionante, como dos hangares de grande. Como lo echaba de menos, seguí haciendo fotos, ahora con mi móvil de mierda. A lo mejor las subo. El museazo está lleno de espadas de todas las clases, formas y latitudes, cañones y balas de cañón por todas partes, maquetas, mosquetes, soldaditos de plomo, un cuadro de Franco muy gracioso, mascarones de proa de fantasía, restos de naufragios, cabullería, una cosa impresionante. Entre rancio e impresionante, pasaba por todas las fases de enjuiciamiento a cada paso que daba, pero en general fascinado. Sobre todo en la sala del tragaluz, tan Jacinto Antón que me lo pasé. Y lo mejor de todo es que no había ni dios. No me he cruzado con casi nadie en ninguno de los sitios donde he estado. Ni siquiera había mucha gente en el Retiro. Estuve tirado un buen rato en el Retiro, leyendo uno de los cinco libros que me compré en Moyano. También pasé por la Casa de América, colándome desde el jardín (uno de mis lugares favoritos de todo Madrid) y sorprendiendo a los guardias de la entrada de Cibeles. Había una exposición de fotos de viejos y tetonas cubanas. En la Casa de Vacas había una exposición de fotos de fachadas madileñas vintage, pero me suena que el edificio cierra a mediodia, así que por si acaso me quedé tirado en el césped. En la Fundación Mapfre vi otra esposición de fotos vintage, esta vez de París de finales del XIX a los veinte, doscientas y pico fotos preciosas de Eugéne Atget. Me jodió mucho encontrarme con una repetida, que me fijo mucho en estas cosas. Había una repe, y titulada de dos maneras diferentes, y me irrité y a punto estuve de quejarme a alguna vigilanta, pero ninguna estaba lo suficientemente buena como para que mereciese la pena acercarme a hablarla. Había otra exposición en la planta baja, bocetos a lápices de artistas surtidos, pero basta ya, me fui a comer, y aquí estoy ahora, comiendo tumbado, gazpacho del Vips.

June 14, 2011
Me estaba acordando de que anoche me pasó algo bastante flipante, inédito. Se cumplía la tercera jornada de mi Segundo Advenimiento a este piso… o por decirlo de manera menos idiota: que hoy hago diez años y cuatro días viviendo aquí, y ayer hacía diez años y tres días. El aniversario redondo me lo tomé fatal, fatal. Fue el día 9 pasado. Me vine aquí a vivir un 9 de junio de hace 10 años. En el contrato ponía que entraba a vivir el día 15, pero como ya estaba ahí, me dieron las llaves y me regalaron seis días. Los seis primeros días aquí estuve gratis. Pero me voy por las ramas. Anoche estaba aquí mismo tirado con estos mismos pantalones de chándal cortados, viendo “Mars needs moms”, que me gustó mucho. Y cuando terminó la película, durante los créditos, sonaba Crazy little thing called love, de Queen. De pronto, escucho que la canción que sale de la tele suena mal, como una segunda voz desacompasada y que no se sabe la letra. No me sorprendió mucho, al ser una película de dibujos animados, supuse que durante los créditos saldría un número musical, y que quien canturreaba torpemente a Queen, de risas, sería el personajillo robótico o el niño protagonista. Así que seguí a lo mío. Pero era raro, y los créditos se desarrollaban normalmente, no parecía que esa segunda voz idiota formara parte de la película. Pensé que a lo mejor era un screener grabado a traición en un cine, pero qué va, era un espléndido dvdrip. Miré al gato a ver si es que se sabía el tema. Y por fin me incorporé y silencié la tele. Todo esto sucedió mucho más deprisa de lo que tardo en contarlo, fue cosa de diez segundos o así.
Pues lo que pasó fue que cuando se calló la tele, alguien seguía balbuceando Crazy little etc. desde mi ventana. Y de pronto dejó de cantar y me habló, o más bien, se dirigió a la persiana. Dijo algo así como “No lo quites, que me las sé todas”. Joder, mi tele no estaba demasiado alta, e incluso cuando escucho la música a toda hostia pasando la aspiradora, me consta que solo se oye desde la calle estando justo enfrente. Era casi la una de la mañana, pero quienquiera que fuse se había detenido aposta. No era alguien que hubiera salido de su casa escandalizado o algo así, y no esperaba a nadie, no viene ni dios a mi casa hace mucho, debía ser un espontáneo, ¿pero quién coño?
Aparté las cortinas, y vi unas piernas. Era una tía, que siguió diciéndome que pusiera la música, que le gustaba. Estaba muy tiesa delante de mi ventana. Desde mi ventana exterior, veo las piernas de la peña, como en “Tacones lejanos” (creo; no he visto esa película, es algo que alguien dijo hace mucho durante una visita), y a mi no se me ve a no ser que te agaches, te tumbes casi en el suelo. Pues ahí había alguien postrado hablándome a través de la persiana. Era una tía, decía, y estaba muy borracha, tenía la voz muy ronca, voz de yonki. Me dijo que si la dejaba pasar, y algo de salvarle la vida. Que se llamaba Chus o algo así, que tenía DNI, que no me iba a robar. Educadamente, la dije que no podía ser, que iba a cerrar la ventana, que me perdonase. Me acojoné un poco, porque nunca me había pasado. Cerré las ventanas, incluídas las portezuelas, y cubrí por completo las cortinas, pero ella me siguió hablando, y a esas horas de la noche y con la tele apagada, la escuché perfectamente. Me insitió en entrar, me ofreció sexo a cambio de alojamiento, una cosa muy loca. Todo esto muy rápido. En cosa de otros quince o veinte segundos, me dijo que “bueno, pues me voy”. Y me quedé con el corazón bombeando a toda hostia, y en silencio durante un rato. Luego me tumbé a leer.
Me sentí como violada. Nunca me había pasado una cosa así. Sí que me habían pedido, en otras dos ocasiones, alojamiento indigente, porque la noche da muchas vueltas. Pero eran personas a las que conocía. Una tronca que trabajó en un restaurante al lado de mi casa, que no tenía hogar, y le cuidaba todos los putos días sus pertenencias, cinco o seis mochilas de ella y su esposo, fue una época muy chunga. Me llamaba todas las mañanas, le abría y metía sus bolsas y mochilas cochambrosas en el pasillo, y ahí se quedaban hasta la noche, todo muy ridículo y dickensiano, y así me lo ha pagado dios… Pues una noche que llovía a mares me pidió que le dejase dormir en mi casa, y me cabreé muchísimo, porque para entonces ya no la soportaba, y al día siguiente la dije que no podía traerme más sus cosas, que trastocaba mis horarios, me hacía volver a casa todo trozo a las doce de la noche para volverme a ir, porque sabía que me estaban esperando en la puerta para recoger sus cosas… Horrible. Y duró casi un mes aquello.
Y la otra vez que una indigente me pidió alojamiento fue todavía más sórdida, fue una puta toxicómana de Desengaño que me empezó a seguir y a ofrecerme guarrerías, y yo la dije que no pero tampoco me importó su compañía, y me seguía y me seguía, agarrada al brazo, y me dijo que aunque fuera me dejase quedarse esa noche en mi casa sin pagarme, que hacía mucho que no dormía ni se duchaba… Dios, debo tener escrito en la frente algo. Tuve que darle esquinazo y salir a toda hostia. En otra ocasión me traje también a una chavala con la que me había amorrado en el Barco, esta vez con toda la voluntad del mundo, y nada más llegar a casa se hizo la dormida y no me dejó ni sobarla por encima del sostén ni nada, y al amanecer se levantó y me hizo acompañarla al metro y todo, porque vivía a tomar por culo y no sabía ni dónde estaba. Me hicieron la del “Sexless innkeeper” que decían en Cómo conocí a vuestra madre. En mi defensa tengo que decir que otras veces sí he dejado dormir a chavalas en mi casa, incluso dentro de mi cama y dentro de mi. Que han sido diez años que me han devuelto más o menos a donde estaba a los 22, pero que algo me he llevado…
Estos dos días que llevo metido en casa practicamente sin salir, como casi todos los lunes y martes, que es cuando libro, han sido un poco así, de ver pasar cosas a mi alrededor por la ventana de uno u otro lado. El maricón que llama a los clientes y se masturba en el balcón ha vuelto a la acción con el buen tiempo. Esta mañana han parado dos motos y un coche de policía, y han entrado (una vez apeados del vehículo) a toda velocidad en el portal de al lado, y suponía que iban al piso patera contiguo al de mi edificio. Como sé qué ventana es, me fui a cotillear como una vieja, a través del patio, y efectivamente vi a los esforzados agentes tratando de alcanzar esa ventana a través del pasillo que da al patio. Muy emocionante. No sé qué pasaría, porque perdí el interés enseguida, pero parece que no se llevaron a nadie detenido. Aunque hace un rato estaba tendiendo la ropa y se ha escuchado en kilómetros a la redonda una pelea con golpiza en ese mismo dichoso piso, así que puede que vuelvan los de fluorescente. Es curioso esto, qué moñas debe resultar para el cansautor contemporáneo componer canciones en las que le persiguen “los amarillo fosforitos”. Qué ocurrente, lo voy twittear verás qué guay.
También me he cruzado con la vecina, la vieja del bajo C, que nos odiamos, y sigue sin saludarme. Estoy escribiendo mi 19ª novela, y ella es un personaje importante, y la voy a matar enseguida, va a morir con saña, con la cabeza desencajada y cayéndole hacia la espalda como un dispensador de caramelos PEZ. Dios, qué odio la tengo… Han sido dos días muy intensos aquí encerrado, sin novedades pero entretenido: los gatos a tope, los encontronazos con la vecina apartándonos la mirada haciendo como que el otro no existe (¡bruja!), los maderos, la yonki que se me quería meter aquí, una plaga de moscas que hay por el barrio (me siento como el Doctor Doolittle, como si tuviera unas 37 mascotas en casa, me da pena matarlas, pero al mismo tiempo es mi ocupación favorita y me hace sentir resolutivo y varonil, todo el tiempo con el matamoscas en ristre por toda la casa en gayumbos…), el exhibicionista de enfrente, el marido de la ex-presidenta que cotillea a ver si estoy desde la acera de enfrente, que lo sé, que lo hace siempre… Esto es como “La ventana indiscreta” pero al revés. Necesito unas vacaciones o voy a enloquecer.

Me estaba acordando de que anoche me pasó algo bastante flipante, inédito. Se cumplía la tercera jornada de mi Segundo Advenimiento a este piso… o por decirlo de manera menos idiota: que hoy hago diez años y cuatro días viviendo aquí, y ayer hacía diez años y tres días. El aniversario redondo me lo tomé fatal, fatal. Fue el día 9 pasado. Me vine aquí a vivir un 9 de junio de hace 10 años. En el contrato ponía que entraba a vivir el día 15, pero como ya estaba ahí, me dieron las llaves y me regalaron seis días. Los seis primeros días aquí estuve gratis. Pero me voy por las ramas. Anoche estaba aquí mismo tirado con estos mismos pantalones de chándal cortados, viendo “Mars needs moms”, que me gustó mucho. Y cuando terminó la película, durante los créditos, sonaba Crazy little thing called love, de Queen. De pronto, escucho que la canción que sale de la tele suena mal, como una segunda voz desacompasada y que no se sabe la letra. No me sorprendió mucho, al ser una película de dibujos animados, supuse que durante los créditos saldría un número musical, y que quien canturreaba torpemente a Queen, de risas, sería el personajillo robótico o el niño protagonista. Así que seguí a lo mío. Pero era raro, y los créditos se desarrollaban normalmente, no parecía que esa segunda voz idiota formara parte de la película. Pensé que a lo mejor era un screener grabado a traición en un cine, pero qué va, era un espléndido dvdrip. Miré al gato a ver si es que se sabía el tema. Y por fin me incorporé y silencié la tele. Todo esto sucedió mucho más deprisa de lo que tardo en contarlo, fue cosa de diez segundos o así.

Pues lo que pasó fue que cuando se calló la tele, alguien seguía balbuceando Crazy little etc. desde mi ventana. Y de pronto dejó de cantar y me habló, o más bien, se dirigió a la persiana. Dijo algo así como “No lo quites, que me las sé todas”. Joder, mi tele no estaba demasiado alta, e incluso cuando escucho la música a toda hostia pasando la aspiradora, me consta que solo se oye desde la calle estando justo enfrente. Era casi la una de la mañana, pero quienquiera que fuse se había detenido aposta. No era alguien que hubiera salido de su casa escandalizado o algo así, y no esperaba a nadie, no viene ni dios a mi casa hace mucho, debía ser un espontáneo, ¿pero quién coño?

Aparté las cortinas, y vi unas piernas. Era una tía, que siguió diciéndome que pusiera la música, que le gustaba. Estaba muy tiesa delante de mi ventana. Desde mi ventana exterior, veo las piernas de la peña, como en “Tacones lejanos” (creo; no he visto esa película, es algo que alguien dijo hace mucho durante una visita), y a mi no se me ve a no ser que te agaches, te tumbes casi en el suelo. Pues ahí había alguien postrado hablándome a través de la persiana. Era una tía, decía, y estaba muy borracha, tenía la voz muy ronca, voz de yonki. Me dijo que si la dejaba pasar, y algo de salvarle la vida. Que se llamaba Chus o algo así, que tenía DNI, que no me iba a robar. Educadamente, la dije que no podía ser, que iba a cerrar la ventana, que me perdonase. Me acojoné un poco, porque nunca me había pasado. Cerré las ventanas, incluídas las portezuelas, y cubrí por completo las cortinas, pero ella me siguió hablando, y a esas horas de la noche y con la tele apagada, la escuché perfectamente. Me insitió en entrar, me ofreció sexo a cambio de alojamiento, una cosa muy loca. Todo esto muy rápido. En cosa de otros quince o veinte segundos, me dijo que “bueno, pues me voy”. Y me quedé con el corazón bombeando a toda hostia, y en silencio durante un rato. Luego me tumbé a leer.

Me sentí como violada. Nunca me había pasado una cosa así. Sí que me habían pedido, en otras dos ocasiones, alojamiento indigente, porque la noche da muchas vueltas. Pero eran personas a las que conocía. Una tronca que trabajó en un restaurante al lado de mi casa, que no tenía hogar, y le cuidaba todos los putos días sus pertenencias, cinco o seis mochilas de ella y su esposo, fue una época muy chunga. Me llamaba todas las mañanas, le abría y metía sus bolsas y mochilas cochambrosas en el pasillo, y ahí se quedaban hasta la noche, todo muy ridículo y dickensiano, y así me lo ha pagado dios… Pues una noche que llovía a mares me pidió que le dejase dormir en mi casa, y me cabreé muchísimo, porque para entonces ya no la soportaba, y al día siguiente la dije que no podía traerme más sus cosas, que trastocaba mis horarios, me hacía volver a casa todo trozo a las doce de la noche para volverme a ir, porque sabía que me estaban esperando en la puerta para recoger sus cosas… Horrible. Y duró casi un mes aquello.

Y la otra vez que una indigente me pidió alojamiento fue todavía más sórdida, fue una puta toxicómana de Desengaño que me empezó a seguir y a ofrecerme guarrerías, y yo la dije que no pero tampoco me importó su compañía, y me seguía y me seguía, agarrada al brazo, y me dijo que aunque fuera me dejase quedarse esa noche en mi casa sin pagarme, que hacía mucho que no dormía ni se duchaba… Dios, debo tener escrito en la frente algo. Tuve que darle esquinazo y salir a toda hostia. En otra ocasión me traje también a una chavala con la que me había amorrado en el Barco, esta vez con toda la voluntad del mundo, y nada más llegar a casa se hizo la dormida y no me dejó ni sobarla por encima del sostén ni nada, y al amanecer se levantó y me hizo acompañarla al metro y todo, porque vivía a tomar por culo y no sabía ni dónde estaba. Me hicieron la del “Sexless innkeeper” que decían en Cómo conocí a vuestra madre. En mi defensa tengo que decir que otras veces sí he dejado dormir a chavalas en mi casa, incluso dentro de mi cama y dentro de mi. Que han sido diez años que me han devuelto más o menos a donde estaba a los 22, pero que algo me he llevado…

Estos dos días que llevo metido en casa practicamente sin salir, como casi todos los lunes y martes, que es cuando libro, han sido un poco así, de ver pasar cosas a mi alrededor por la ventana de uno u otro lado. El maricón que llama a los clientes y se masturba en el balcón ha vuelto a la acción con el buen tiempo. Esta mañana han parado dos motos y un coche de policía, y han entrado (una vez apeados del vehículo) a toda velocidad en el portal de al lado, y suponía que iban al piso patera contiguo al de mi edificio. Como sé qué ventana es, me fui a cotillear como una vieja, a través del patio, y efectivamente vi a los esforzados agentes tratando de alcanzar esa ventana a través del pasillo que da al patio. Muy emocionante. No sé qué pasaría, porque perdí el interés enseguida, pero parece que no se llevaron a nadie detenido. Aunque hace un rato estaba tendiendo la ropa y se ha escuchado en kilómetros a la redonda una pelea con golpiza en ese mismo dichoso piso, así que puede que vuelvan los de fluorescente. Es curioso esto, qué moñas debe resultar para el cansautor contemporáneo componer canciones en las que le persiguen “los amarillo fosforitos”. Qué ocurrente, lo voy twittear verás qué guay.

También me he cruzado con la vecina, la vieja del bajo C, que nos odiamos, y sigue sin saludarme. Estoy escribiendo mi 19ª novela, y ella es un personaje importante, y la voy a matar enseguida, va a morir con saña, con la cabeza desencajada y cayéndole hacia la espalda como un dispensador de caramelos PEZ. Dios, qué odio la tengo… Han sido dos días muy intensos aquí encerrado, sin novedades pero entretenido: los gatos a tope, los encontronazos con la vecina apartándonos la mirada haciendo como que el otro no existe (¡bruja!), los maderos, la yonki que se me quería meter aquí, una plaga de moscas que hay por el barrio (me siento como el Doctor Doolittle, como si tuviera unas 37 mascotas en casa, me da pena matarlas, pero al mismo tiempo es mi ocupación favorita y me hace sentir resolutivo y varonil, todo el tiempo con el matamoscas en ristre por toda la casa en gayumbos…), el exhibicionista de enfrente, el marido de la ex-presidenta que cotillea a ver si estoy desde la acera de enfrente, que lo sé, que lo hace siempre… Esto es como “La ventana indiscreta” pero al revés. Necesito unas vacaciones o voy a enloquecer.

June 7, 2011
Estaba en casa sin hacer nada lógico, como suelo, cuando me ha llamado mi compañera la brasileira, para ver si yo sabía de algún bar o algún sitio interesante para hacer un reportaje sobre discos de vinilo, o si o mismo tenía vinilos, y como le he dicho que alguno sí, se ha apuntado a venir a mi casa a hacer unas fotos y preguntarme cuatro cosas nónimas, que le sirvieran como, declaraciones de un coleccionista anónimo. En media hora me ha revolucionado la casa, porque he tenido que ducharme, recoger y adecentar un poco todo, ante la visita de una chica atractiva a mi casa, y encima para tirar unas fotos. Y luego ha surgido más caos, cuando hemos empezado a ocupar ese espacio más o menos recogido con discos de vinilo por todas partes. No recordaba que tenía tantos. En realidad no muchos, calculo que unos ciento cincuenta o doscientos, pero todos molan, y ella estaba muy emocionada viendo los maxis, la sección de Zappa, a la que ha tirado muchas fotos, o los vinilos de color, naranja, rojo, azul o transparente que tenía por casa, que le han encantado y les ha hecho muchas fotos. Y un par de maxis grapados en fanzines de garage que también saqué, todo le parecía interesante. Y venga a hablar de discos, de tiendas de discos, todas las curiosidades que se me ocurrían, sacando libros, rajando sobre cosas que normalmente no le interesan una mierda a nadie, y ella no solo escuchaba y sonreía, sino que tomaba nota de todo y seguía haciendo fotos, y ha sido bastante guay. En cuestión de minutos se ha vuelto a ir, dejándome con mi no-colección de cosas tiradas por todas partes, como si hubiera pasado un tifón. Y ahora lo mismo vamos de bares a ver cabinas de DJ repletas de plástico viejo.

Estaba en casa sin hacer nada lógico, como suelo, cuando me ha llamado mi compañera la brasileira, para ver si yo sabía de algún bar o algún sitio interesante para hacer un reportaje sobre discos de vinilo, o si o mismo tenía vinilos, y como le he dicho que alguno sí, se ha apuntado a venir a mi casa a hacer unas fotos y preguntarme cuatro cosas nónimas, que le sirvieran como, declaraciones de un coleccionista anónimo. En media hora me ha revolucionado la casa, porque he tenido que ducharme, recoger y adecentar un poco todo, ante la visita de una chica atractiva a mi casa, y encima para tirar unas fotos. Y luego ha surgido más caos, cuando hemos empezado a ocupar ese espacio más o menos recogido con discos de vinilo por todas partes. No recordaba que tenía tantos. En realidad no muchos, calculo que unos ciento cincuenta o doscientos, pero todos molan, y ella estaba muy emocionada viendo los maxis, la sección de Zappa, a la que ha tirado muchas fotos, o los vinilos de color, naranja, rojo, azul o transparente que tenía por casa, que le han encantado y les ha hecho muchas fotos. Y un par de maxis grapados en fanzines de garage que también saqué, todo le parecía interesante. Y venga a hablar de discos, de tiendas de discos, todas las curiosidades que se me ocurrían, sacando libros, rajando sobre cosas que normalmente no le interesan una mierda a nadie, y ella no solo escuchaba y sonreía, sino que tomaba nota de todo y seguía haciendo fotos, y ha sido bastante guay. En cuestión de minutos se ha vuelto a ir, dejándome con mi no-colección de cosas tiradas por todas partes, como si hubiera pasado un tifón. Y ahora lo mismo vamos de bares a ver cabinas de DJ repletas de plástico viejo.

June 4, 2011
Resumen de lo acontecido: voy al curro y vuelvo. Entre medias, se me rompen cosas, se me cuartea todo alrededor, vivo con la sensación de ser un hombre de vidrio. Esta semana ha sido el cristal izquierdo de la venana principal del salón, que se rajó con un çolpe de aire. Tiré mis zapatillas favoritas, porque a una se le salió salió la suela de cuajo cuando iba a hacer un recado; bueno, esto es más normal, buen uso que les doy todos los días haciendo el mismo recorrido ida y vuelta. Pero lo más çordo fue el ordenador portátil nuevo, que murió de çolpe después de menos de una seman de uso. Nuevo nuevo no era, era un reçalo de Alberto, qué tío más çrande, atractivo, fornido, çeneroso y probable lector de estas líneas. Asqueado, he tenido que volver a este portátil octoçenario, que procesa con la misma fluidez que un Spectrum. Hace un rato estaba revolviendo la estantería de libros çordos que ha encima del escritorio, y saqué un libro para reseñarlo en un bloç de críticas que se me ha ocurrido empezar hoy. Volví a dejar el libro con mucho mimo, pero fue inútil. Al cabo de unos minutos, comenzaron a llover libros sobre este ordenador. Intempestivas de Valdemar cayendo de canto, además, que no podía ser mi colección Pulça, claro. Encima de esos libros tenía mi máscara de Mil Máscaras, sobre un cuenco lleno de céntimos que hacía de pedestal. La lluvia de intempestivas de Valdemar y casi 3 euros en céntimos me hizo dar un vuelco al corazón, y destrozó la letra Y del teclado, que ahora la tenço que pulsar a mala hostia, y ha fulminado la Ç, que ya no la puedo usar, por eso estoyyy pulsando la Ç en luçar de la Ç hasta que lo solucione, o me vaya a vivir con los amish. También se me va a romper cualquier día de estos la tele, de momento parpadea con cadencia de laçarto, pero cualquier día se apaça del todo. Esto es porque los çatos se suben encima continuamente desde hace tres años, camino del alféizar, es normal que se me escacharre, a todo el mundo le pasa esto.
Ah, también he dado sepultura al ratón. Era uno muyy majo, con forma de cochecito, que compré en el chino, así que le he arrancado el cable y lo he colocado sobre un estante, de recuerdo. Sabía que tenía otro ratón inalámbrico por alçún lado. Estuve un buen rato buscándolo en diferentes cajones y cajas que tenço por ahí, y me llevé buenas sorpresas, localizando fotos, fliers y pequeños objetos que tenía olvidados. En el cajón de los condones conté hasta siete mecheros y docenas de pilas. Papel de fumar y filtros. La vuelta al mundo en cableado inútil, que he tirado. Piezas inservibles. Buscando en otra caja encontré trípticos de muchas exposiciones (como una de Frank Kozik de hace casi diez años, que recuerdo con çusto sobre todo por mi compañera aquel día), fliers de çaritos de España y Francia y una selección de mis mejores fotos que creía perdidas. Varios relojes, que desde que se inventó el móvil ya no uso, çafas de sol, cajitas, papelujos de recuerdos, cartas de los amiços. Demasiadas chorradas pequeñas acumuladas. Tenço que hacer recuento. Hala, a hacer çárçaras.

Resumen de lo acontecido: voy al curro y vuelvo. Entre medias, se me rompen cosas, se me cuartea todo alrededor, vivo con la sensación de ser un hombre de vidrio. Esta semana ha sido el cristal izquierdo de la venana principal del salón, que se rajó con un çolpe de aire. Tiré mis zapatillas favoritas, porque a una se le salió salió la suela de cuajo cuando iba a hacer un recado; bueno, esto es más normal, buen uso que les doy todos los días haciendo el mismo recorrido ida y vuelta. Pero lo más çordo fue el ordenador portátil nuevo, que murió de çolpe después de menos de una seman de uso. Nuevo nuevo no era, era un reçalo de Alberto, qué tío más çrande, atractivo, fornido, çeneroso y probable lector de estas líneas. Asqueado, he tenido que volver a este portátil octoçenario, que procesa con la misma fluidez que un Spectrum. Hace un rato estaba revolviendo la estantería de libros çordos que ha encima del escritorio, y saqué un libro para reseñarlo en un bloç de críticas que se me ha ocurrido empezar hoy. Volví a dejar el libro con mucho mimo, pero fue inútil. Al cabo de unos minutos, comenzaron a llover libros sobre este ordenador. Intempestivas de Valdemar cayendo de canto, además, que no podía ser mi colección Pulça, claro. Encima de esos libros tenía mi máscara de Mil Máscaras, sobre un cuenco lleno de céntimos que hacía de pedestal. La lluvia de intempestivas de Valdemar y casi 3 euros en céntimos me hizo dar un vuelco al corazón, y destrozó la letra Y del teclado, que ahora la tenço que pulsar a mala hostia, y ha fulminado la Ç, que ya no la puedo usar, por eso estoyyy pulsando la Ç en luçar de la Ç hasta que lo solucione, o me vaya a vivir con los amish. También se me va a romper cualquier día de estos la tele, de momento parpadea con cadencia de laçarto, pero cualquier día se apaça del todo. Esto es porque los çatos se suben encima continuamente desde hace tres años, camino del alféizar, es normal que se me escacharre, a todo el mundo le pasa esto.

Ah, también he dado sepultura al ratón. Era uno muyy majo, con forma de cochecito, que compré en el chino, así que le he arrancado el cable y lo he colocado sobre un estante, de recuerdo. Sabía que tenía otro ratón inalámbrico por alçún lado. Estuve un buen rato buscándolo en diferentes cajones y cajas que tenço por ahí, y me llevé buenas sorpresas, localizando fotos, fliers y pequeños objetos que tenía olvidados. En el cajón de los condones conté hasta siete mecheros y docenas de pilas. Papel de fumar y filtros. La vuelta al mundo en cableado inútil, que he tirado. Piezas inservibles. Buscando en otra caja encontré trípticos de muchas exposiciones (como una de Frank Kozik de hace casi diez años, que recuerdo con çusto sobre todo por mi compañera aquel día), fliers de çaritos de España y Francia y una selección de mis mejores fotos que creía perdidas. Varios relojes, que desde que se inventó el móvil ya no uso, çafas de sol, cajitas, papelujos de recuerdos, cartas de los amiços. Demasiadas chorradas pequeñas acumuladas. Tenço que hacer recuento. Hala, a hacer çárçaras.

May 29, 2011
Otra semana a tomar por culo. ¿Faltará mucho?
Hemos abierto hoy domingo el bar y no ha habido casi nadie. Estaba con el sambita comentando a cada rato la posibilidad de cerrar e irnos, pero encima de que no teníamos nada que hacer más que aburrirnos, no ha habido ningún momento sin clientela que nos hubiera decidido a cerrar el chiringuito, todo el rato había un mindundi o dos y no podíamos chapar disimuladamente. Fatal.
A última hora estaban los del Avaro haciéndose los remolones, nos hemos ido casi a las doce y media, y llevaba un rato sopesando la posibilidad de salir y, en lugar de irme a casa, sentarme en una terraza a leer un rato tan a gusto, y que me sirvieran a mi. Con esa idea, me animé y terminé de recoger todo, con ganas de sentarme a tomar un gin&tonic a la fresca. Y fue echar los cierres y dar dos pasos de vuelta a casa, cuando ha caído un chaparrón enorme. Una chopa de agua de estas que nos están asolando, que ha durado exactamente lo que he tardado en llegar a casa, ni mas ni menos. Como si me hubiese llovido a mi solo por joder.
Me ha pasado varias veces esta semana, que me he sentido en un slapstick. El miércoles fui por primera vez al programa de radio de Luis, que han montado una emisora que emite desde Gran Vía y hace tiempo me propuso empezar a hacer algo mensualmente, o quizá semanalmente, y quién sabe si quedarme a la larga con un programa; en realidad ahora mismo no estoy seguro de que me lo propusiera, a lo mejor me lo he inventado. O probablemente me lo dijo Abi, a lo loco. Pues el miércoles por la mañana había quedado con Alber, que hacía viaje Sevilla-Lisboa pasando por Madrid a decir “por mí”, quedamos un rato en el jardín tropical/invernadero de la estación para que me diese un portátil que le sobraba (tengo dos ordenadores ahora en casa, qué ilusión me hace porque éste me va a cascar en cualquier momento; ahora mismo suena como si tuviese dentro diez o doce piezas de Lego sueltas), y a cambio yo le llevé algunos fanzines. Pues en la misma bolsa de los fanzines llevaba también la música que había grabado para mi intervención en el programa de radio. Había seleccionado 15 ó 16 canciones, y hasta, aburrido, hice una carátula para el CD. Entre lo de Atocha y lo de Gran Vía, hice tiempo en Moyano, que pasé a saludar a Patri, y me di un paseo hasta el bar, para comer gratis, que no me daba tiempo a ir a casa. Y justo cuando estaba entrando en Gran Vía, directo al programa holgado de tiempo, me di cuenta de que no llevaba encima la música del programa. Llamé urgentemente a Luis y quedamos una hora más tarde, parece que no había mayor problema. Me fui a casa a grabar otra vez el disco, pero esta mierda de ordenador a pedales me tuvo una hora larga para hacer la grabación, y volví a Gran Vía follao, sudoroso y tarde. Crucé desde Montera jugándome la vida a largas zancadas, y una décima de segundo antes que yo, entraró en el mismo edificio una docena de chavalas, que se pusieron a hacer el cola en un antiquísimo ascensor que no llegaba. Decidí resignarme y subir las seis plantas corriendo, secándome el sudor cada pocos escalones. Por fin llegaba a la 6ª planta echando el bofe, y vi la puerta de la izquierda abierta. Pero en cuanto puse el pie en el rellano, alguien cerró la puerta de golpe, en mis narices. Fue la primera vez esta semana que me sentí como en un chiste. Fue tan exagerado que ni reaccioné. Una tía esperaba el ascensor arriba y me dijo que estaba abierto hacía un segundo. Le dije “ya, si llevo así todo el día”. Porque estaba un poco cabreado. Y sudoroso, ya lo he dicho.
El sábado en el bar me estuve preparando una suculenta cena, un plato combinado perfecto, con un huevo frito brillante, patatas fritas, boletus y un poco de pollo, iba a cenar a las nueve para variar, que luego al cierre no tengo hambre o se me olvida. Pues en el preciso instante en el que iba a llevarme el tenedor a la boca, como si fuese una broma pesada, como si me hubieran estado espiando la media hora previa desde la acera de enfrente del bar vacío, entró un autobús de gilipollas de Tenerife, ávidos de cerveza y hamburguesas. Mi cena se enfrió y la tuve que tirar, cuando una hora y media después se quedó el bar despejado. De hecho, nos quedamos solos un buen rato en cuanto terminó el Barça-Manchester, y ya no tenía hambre.
El viernes me estuve preparando, durante tres cuartos de hora, un suculento zumo de sandía. Cortando la sandía en trozos, quitando las semillas, licuándolo a máquina y luego pasándolo cuidadosamente por un colador a un vaso ancho de sidra que previamente había helado y llenado de hielo picado a mano. Cuando por fin iba probarlo, salibando, iba a darme un homenaje sentado en la mesa de la puerta como un rajá, estaba el zumo de sandía a menos de tres dedos de mi boca, cuando pasó una furcia corriendo al lado, se chocó conmigo y me tiró el vaso al suelo.
Estos han sido los grandes momentos de esta semana que ya se acaba, que recuerde. Mañana me voy al campo un rato.

Otra semana a tomar por culo. ¿Faltará mucho?

Hemos abierto hoy domingo el bar y no ha habido casi nadie. Estaba con el sambita comentando a cada rato la posibilidad de cerrar e irnos, pero encima de que no teníamos nada que hacer más que aburrirnos, no ha habido ningún momento sin clientela que nos hubiera decidido a cerrar el chiringuito, todo el rato había un mindundi o dos y no podíamos chapar disimuladamente. Fatal.

A última hora estaban los del Avaro haciéndose los remolones, nos hemos ido casi a las doce y media, y llevaba un rato sopesando la posibilidad de salir y, en lugar de irme a casa, sentarme en una terraza a leer un rato tan a gusto, y que me sirvieran a mi. Con esa idea, me animé y terminé de recoger todo, con ganas de sentarme a tomar un gin&tonic a la fresca. Y fue echar los cierres y dar dos pasos de vuelta a casa, cuando ha caído un chaparrón enorme. Una chopa de agua de estas que nos están asolando, que ha durado exactamente lo que he tardado en llegar a casa, ni mas ni menos. Como si me hubiese llovido a mi solo por joder.

Me ha pasado varias veces esta semana, que me he sentido en un slapstick. El miércoles fui por primera vez al programa de radio de Luis, que han montado una emisora que emite desde Gran Vía y hace tiempo me propuso empezar a hacer algo mensualmente, o quizá semanalmente, y quién sabe si quedarme a la larga con un programa; en realidad ahora mismo no estoy seguro de que me lo propusiera, a lo mejor me lo he inventado. O probablemente me lo dijo Abi, a lo loco. Pues el miércoles por la mañana había quedado con Alber, que hacía viaje Sevilla-Lisboa pasando por Madrid a decir “por mí”, quedamos un rato en el jardín tropical/invernadero de la estación para que me diese un portátil que le sobraba (tengo dos ordenadores ahora en casa, qué ilusión me hace porque éste me va a cascar en cualquier momento; ahora mismo suena como si tuviese dentro diez o doce piezas de Lego sueltas), y a cambio yo le llevé algunos fanzines. Pues en la misma bolsa de los fanzines llevaba también la música que había grabado para mi intervención en el programa de radio. Había seleccionado 15 ó 16 canciones, y hasta, aburrido, hice una carátula para el CD. Entre lo de Atocha y lo de Gran Vía, hice tiempo en Moyano, que pasé a saludar a Patri, y me di un paseo hasta el bar, para comer gratis, que no me daba tiempo a ir a casa. Y justo cuando estaba entrando en Gran Vía, directo al programa holgado de tiempo, me di cuenta de que no llevaba encima la música del programa. Llamé urgentemente a Luis y quedamos una hora más tarde, parece que no había mayor problema. Me fui a casa a grabar otra vez el disco, pero esta mierda de ordenador a pedales me tuvo una hora larga para hacer la grabación, y volví a Gran Vía follao, sudoroso y tarde. Crucé desde Montera jugándome la vida a largas zancadas, y una décima de segundo antes que yo, entraró en el mismo edificio una docena de chavalas, que se pusieron a hacer el cola en un antiquísimo ascensor que no llegaba. Decidí resignarme y subir las seis plantas corriendo, secándome el sudor cada pocos escalones. Por fin llegaba a la 6ª planta echando el bofe, y vi la puerta de la izquierda abierta. Pero en cuanto puse el pie en el rellano, alguien cerró la puerta de golpe, en mis narices. Fue la primera vez esta semana que me sentí como en un chiste. Fue tan exagerado que ni reaccioné. Una tía esperaba el ascensor arriba y me dijo que estaba abierto hacía un segundo. Le dije “ya, si llevo así todo el día”. Porque estaba un poco cabreado. Y sudoroso, ya lo he dicho.

El sábado en el bar me estuve preparando una suculenta cena, un plato combinado perfecto, con un huevo frito brillante, patatas fritas, boletus y un poco de pollo, iba a cenar a las nueve para variar, que luego al cierre no tengo hambre o se me olvida. Pues en el preciso instante en el que iba a llevarme el tenedor a la boca, como si fuese una broma pesada, como si me hubieran estado espiando la media hora previa desde la acera de enfrente del bar vacío, entró un autobús de gilipollas de Tenerife, ávidos de cerveza y hamburguesas. Mi cena se enfrió y la tuve que tirar, cuando una hora y media después se quedó el bar despejado. De hecho, nos quedamos solos un buen rato en cuanto terminó el Barça-Manchester, y ya no tenía hambre.

El viernes me estuve preparando, durante tres cuartos de hora, un suculento zumo de sandía. Cortando la sandía en trozos, quitando las semillas, licuándolo a máquina y luego pasándolo cuidadosamente por un colador a un vaso ancho de sidra que previamente había helado y llenado de hielo picado a mano. Cuando por fin iba probarlo, salibando, iba a darme un homenaje sentado en la mesa de la puerta como un rajá, estaba el zumo de sandía a menos de tres dedos de mi boca, cuando pasó una furcia corriendo al lado, se chocó conmigo y me tiró el vaso al suelo.

Estos han sido los grandes momentos de esta semana que ya se acaba, que recuerde. Mañana me voy al campo un rato.

May 23, 2011
Fui a votar dije antes, y mi jornada electoral fue así: decidí votar de pronto, no sé por qué y sigo sin saberlo. Porque no vota ni dios, por llevar la contraria. Un poco envilecido por el alcohol, las pancartas de Sol el sábado noche y la vasco-francesa. Le pregunté a Boli que a quién había que votar, y después de un rato nos pusimos de acuerdo y de hecho cuando nos despedimos, cada uno haciendo eses en sentido opuesto desde la plaza, intercambiamos mensajes para que no nos falláramos, que o votábamos lo dos o ninguno. Algo así fue mi jornada de reflexión.
Por la mañana el domingo me desperté prontísimo, exaltado, poco más de tres horas después de haberme acostado. No sé por qué duermo tan poco y en cuanto abro un ojo salto de la cama, a lo mejor los gatos son contagiosos. He pensado ir al doctor a que me recete somníferos. Como fuere, me desperté, me acicalé y me senté al ordenador a observar el mundo amanecer ante mis ojos, con tantas ganas de ir a votar como de que me clavaran farolas entre uña y carne. Casi al mediodía, me armé de valor y me eché a la calle, después de un largo rato buscando mi DNI por todas partes.
El cole donde votamos los Fruno está al lado de casa de mis padres, porque nunca me empadroné en otro lado, estoy bien empadronado ahí, digo yo que para qué. De pequeño acompañaba siempre a mis padres a votar muy alegre toda la calle arriba hasta el pinar, pero cuando cumplí la mayoría de edad me negué a continuar con la rutina familiar, y solo he votado otra vez en estos últimos 14 años, así que mis padres obviamente no me esperan a comer en día de elecciones; iba a ser una sorpresa enorme para ellos plantarme allí sin avisar: “mira, papá, he votado, ¡tachán!, con lo que luchaste en las guerras púnicas para que gozásemos del privilegio de la Democracia y bla bla bla…”
Cuando era pequeño tuve una vez un hamster, y recuerdo que jugaba con él a construirle inmensos laberintos con maderitas de construcción de que había en un baúl. Me tiraba un par de horas haciendo un intrincado y retorcido recorrido caótico con las maderitas y los objetos del salón, con varias entradas, salidas y caminos a seguir. Pero había un camino que estaba trufado de pipas peladas. Mi pasatiempo favorito era mirar al hamster seguir el rastro de pipas hasta encontrar la salida. Normalmente lo que hacía era derribar toda mi minuciosa, casi orfebre faena de urbanizado, a manotazos, y después comerse todas las pipas de entre las ruinas ante mi estupefacción y lógico cabreo viendo como mi vena científica era burlada.
Digo esto porque a menudo, cuando tengo que salir de casa en mi rato libre, resacoso, sin haber dormido y para ir a hacer algo que no me creo y me apetece como comer mierda, me acuerdo de mi hamstercito y elaboro un recorrido lleno de premios para que la llegada a destino sea al menos un poco jugosa y no sea todo un desperdicio idiota de tiempo. Así que mi plan fue dirigirme a Plaza Castilla leyendo a Usagi Yojimbo (que estoy repasando sus obras completas), y recorrer de principio a fin el rastro de Tetuán para ir recolectando novelitas de bolsillo como si fuesen pipas. Me había hecho una lista que llevaba en el móvil, y encontré algunos ejemplares que no tenía de mis series bizarras favoritas de Bruguera, como ¡Kiai!, Tam-Tam o Doble Juego. Encontré la salida a eso de las tres de la tarde, ejercí mi deficiente y absurdo derecho a toda leche sin colas ni nada, sorteando ancianos con muleta (conté hasta seis), y me fui a casa de mis padres para comprobar con estupor que, mientras yo participaba de la fiesta bisiesta de la democracia, ellos se habían ido a curiosear en la #acampadasol. Un disparate, vamos. Me entró el mareo y todo. Al menos comí espanzurrado en el sofá de una vivienda digna y tuve tiempo de leer un rato antes de tener que ir a ejercer mi derecho a trabajar por horas sin contrato el resto del día. Seguimos el escrutinio la brasileña y yo entre bostezos mirando las telarañas, y poco a poco se nos unió el grupo habitual de artistas, desocupados y ancianos comunistas del barrio, con lo que al menos pudimos fanfarronear y dar puñetazos en la barra. Luego me fui a casa y hoy me he despertado otra vez después de descansar insuficientemente, porque me despertó una pobre teleoperadora, y no he hecho nada hasta ahora.

Fui a votar dije antes, y mi jornada electoral fue así: decidí votar de pronto, no sé por qué y sigo sin saberlo. Porque no vota ni dios, por llevar la contraria. Un poco envilecido por el alcohol, las pancartas de Sol el sábado noche y la vasco-francesa. Le pregunté a Boli que a quién había que votar, y después de un rato nos pusimos de acuerdo y de hecho cuando nos despedimos, cada uno haciendo eses en sentido opuesto desde la plaza, intercambiamos mensajes para que no nos falláramos, que o votábamos lo dos o ninguno. Algo así fue mi jornada de reflexión.

Por la mañana el domingo me desperté prontísimo, exaltado, poco más de tres horas después de haberme acostado. No sé por qué duermo tan poco y en cuanto abro un ojo salto de la cama, a lo mejor los gatos son contagiosos. He pensado ir al doctor a que me recete somníferos. Como fuere, me desperté, me acicalé y me senté al ordenador a observar el mundo amanecer ante mis ojos, con tantas ganas de ir a votar como de que me clavaran farolas entre uña y carne. Casi al mediodía, me armé de valor y me eché a la calle, después de un largo rato buscando mi DNI por todas partes.

El cole donde votamos los Fruno está al lado de casa de mis padres, porque nunca me empadroné en otro lado, estoy bien empadronado ahí, digo yo que para qué. De pequeño acompañaba siempre a mis padres a votar muy alegre toda la calle arriba hasta el pinar, pero cuando cumplí la mayoría de edad me negué a continuar con la rutina familiar, y solo he votado otra vez en estos últimos 14 años, así que mis padres obviamente no me esperan a comer en día de elecciones; iba a ser una sorpresa enorme para ellos plantarme allí sin avisar: “mira, papá, he votado, ¡tachán!, con lo que luchaste en las guerras púnicas para que gozásemos del privilegio de la Democracia y bla bla bla…”

Cuando era pequeño tuve una vez un hamster, y recuerdo que jugaba con él a construirle inmensos laberintos con maderitas de construcción de que había en un baúl. Me tiraba un par de horas haciendo un intrincado y retorcido recorrido caótico con las maderitas y los objetos del salón, con varias entradas, salidas y caminos a seguir. Pero había un camino que estaba trufado de pipas peladas. Mi pasatiempo favorito era mirar al hamster seguir el rastro de pipas hasta encontrar la salida. Normalmente lo que hacía era derribar toda mi minuciosa, casi orfebre faena de urbanizado, a manotazos, y después comerse todas las pipas de entre las ruinas ante mi estupefacción y lógico cabreo viendo como mi vena científica era burlada.

Digo esto porque a menudo, cuando tengo que salir de casa en mi rato libre, resacoso, sin haber dormido y para ir a hacer algo que no me creo y me apetece como comer mierda, me acuerdo de mi hamstercito y elaboro un recorrido lleno de premios para que la llegada a destino sea al menos un poco jugosa y no sea todo un desperdicio idiota de tiempo. Así que mi plan fue dirigirme a Plaza Castilla leyendo a Usagi Yojimbo (que estoy repasando sus obras completas), y recorrer de principio a fin el rastro de Tetuán para ir recolectando novelitas de bolsillo como si fuesen pipas. Me había hecho una lista que llevaba en el móvil, y encontré algunos ejemplares que no tenía de mis series bizarras favoritas de Bruguera, como ¡Kiai!, Tam-Tam o Doble Juego. Encontré la salida a eso de las tres de la tarde, ejercí mi deficiente y absurdo derecho a toda leche sin colas ni nada, sorteando ancianos con muleta (conté hasta seis), y me fui a casa de mis padres para comprobar con estupor que, mientras yo participaba de la fiesta bisiesta de la democracia, ellos se habían ido a curiosear en la #acampadasol. Un disparate, vamos. Me entró el mareo y todo. Al menos comí espanzurrado en el sofá de una vivienda digna y tuve tiempo de leer un rato antes de tener que ir a ejercer mi derecho a trabajar por horas sin contrato el resto del día. Seguimos el escrutinio la brasileña y yo entre bostezos mirando las telarañas, y poco a poco se nos unió el grupo habitual de artistas, desocupados y ancianos comunistas del barrio, con lo que al menos pudimos fanfarronear y dar puñetazos en la barra. Luego me fui a casa y hoy me he despertado otra vez después de descansar insuficientemente, porque me despertó una pobre teleoperadora, y no he hecho nada hasta ahora.

May 23, 2011
Traspasando la sobremesa del domingo. Los lunes y martes, y a veces también de domingo a miércoles son para mi un largo y ocioso domingo con algunas siestas en medio. El resto de días no es que sean mucho más agitados, solo algunas veces. He salido de la cueva un rato a hacer compra para mi fin de semana mental, voy a hacer pasta. Y al pasar por la Iglesia de María Inmaculada, la que está llegando a la Plaza de Antonio Vega, que así se llama ahora (lo juro), me han asaltado dos señores muy peculiares para hacerme unas preguntas. Uno era un vejete con cara de entrañable, profundo acento norteamericano del sur y una visera con la leyenda “40 days for life”, que estoy ahora mismo comprobando en la red que corresponde al eslogan de una simpática campaña disuasoria antiabortista activo-pasiva. El otro menda se parecía bastante a Cañita Brava y tenía mirada de asesino serial. Me han parado, decía, para pedirme mi opinión sobre el estado de las cosas religiosas en el Madrid de hoy. Como casi nunca llevo prisa hemos estado charlando casi diez minutos, hasta que el yanqui ya se miraba el reloj y se le olían las ganas de despacharme. Porque llevaba todo el día sin hablar con nadie, ahora que lo pienso, y porque tampoco parecía que fuésemos a ponernos de acuerdo en nada. Pero les he debido de caer bien, aunque haya mezclado en mi charla a curas, nazis, el calendario Maya y la adicción a la terapia las Constelaciones Familiares, y me han regalado una pequeña “medalla milagrosa” con la efigie de la virgen Virgen, del tamaño de una moneda de un céntimo achatada. Me ha hecho ilusión y la he puesto en el estante de la tele, acurrucada en el pecho de un elefante africano en miniatura que me “regaló” el otro día un vendedor ambulante. El microrregalo venía con instrucciones, y estoy leyendo que la medalla es milagrosa sobre todo si se lleva al cuello, así que de momento me conformaré con que me bendiga con no cortarme con su canto, aún sin jaculatorias a la Medianera Universal de por medio. También vienen una serie de loas a la Virgen, a la que denominan de mil maneras, algunas de las cuales se escuchan también estos días atribuídas a Esperanza Aguirre, que acaba de caernos encima otra larga temporada, más enfurecida que nunca.
Ayer fui a votar. No tuve tiempo de pensar en ello, porque ha sido otro fin de semana intenso y casi sin dormir, y porque estaba muy emocionado con el levantamiento popular en la Puerta del Sol, que esperemos que evolucione y no termine siendo una parodia, y de alguna manera se convierta en una energía motriz que mata fascistas, o algo así parecido, muy sonoro. He estado por allí varios días de la semana pasada y era verdaderamente emocionante, a mi se me había olvidado ya lo que era la gente, me caía todo el mundo fatal desde hace años, y de pronto estuve muy a gusto paseando por allí las veces que he ido. La mejor, claro, con la biarrota, J., a la que llamaré Élodie, la chiquita ésta de Biarritz vestida de rosa que me tuvo loco todo el sábado por la noche.
Resulta que vino una pareja de franceses el sábado a mediodía a tomar vermú. Les trajo la providencia, porque el único hueco para aparcar el coche que encontraron, después de un rato tratando de acercarse en espiral a la Puerta del Sol, fue el que hay justo delante del bar. Y por no mover el coche ya en todo el finde eligieron el bar como campamento base. Élodie me dejó obnubilado desde el principio, preciosa, de pechos pequeñitos (dos), sonrisa picarona, mofletes, garbo de amasadora de brioches y me ponía muchos ojitos, lo juro, me lo dijeron tres personas a lo largo del día. Me puse berraquísimo. Por la tarde volvieron, pero estaba petado y no había sitio donde sentarse, así que se marcharon después de un rato esperando. Pero un par de horas después, volvió solo él, Antuán creo que se llamaba. Mi corazón sufrió una convulsión. Aunque había supuesto que no debían de ser pareja sentimental, puesto que el pánfilo franchute vive en otra ciudad, no habla ni papa castellano y, sobre todo, porque ella no le prestaba ni la más mínima atención (no les vi cruzar una sola palabra en todo el día), je me sentí desolé, porque lo mismo ella había pillado cacho con un tragafuegos en Sol o algo peor. Pues eso, Jean Louis o como se llamase pagó y se fue y me quedé mohino. Estaba siendo una tarde de muchísimo curro y tampoco tuve tiempo de pensar en nada, esto lo estoy reconstruyendo mentalmente ahora por matar el rato. El sábado, y también el viernes, curramos como leones. Pero sucedió que, al filo de la medianoche, volvieron a aparecer Élodie y Franchuás. Ella bastante achispada, y ya directamente poniendo morritos. Eché los cierres y saqué ceniceros, hubo un buen rato de farra con un reencuentro de siete cuarentones de Santa Eugenia que pagaron la cuenta más alta que recuerdo haber cobrado en por lo menos tres años. También vino el Boli. Y luego nos fuimos otra vez hacia la Revuelta. Y la cruzamos de la mano. Y al cabo de un rato nos perdimos y yo tenía que dormir, pero antes nos despedimos con un beso levantando una pata delante de una tienda de campaña con forma de corazón. O así lo recuerdo. Casualmente, por la mañana le había dejado una tarjeta del garito para que no olvidase dónde habían aparcado el coche. Así que el domingo, que abrimos un rato bobo por la tarde, de pronto, sonó el teléfono y era Élodie, desde Biarritz. Qué escalofrío recorriéndome la columna. No quería nada, claro, que Jean Baptiste había perdido el iPhan y el único teléfono que tenía de España era el del bar. Y decirme que si volvía a Madrid volvería al bar. Seguro que llamó para eso y lo del iPot era trola.
Empecé este post hace más o menos dos horas, cuando volví de la compra, y en este rato he estado escuchando y seleccionando canciones que pudiera meter en el saco de sastre de “música rara del mundo”, pero en torno a la figura de Dylan. El churri de Abi empezó hace dos semanas a currar en una emisora de radio musical nueva que emite desde Gran Vía, y quería llevarme mañana, cumple del cansautor de Minnesota, para promocionar el fanzine y pinchar lo que me salga del ojal. Pensaba empezar con “Romance in Durango”, porque me chifla y es como exótica y medio en bable; y “Spanish is the loving tongue” en algún momento. Pero luego iba a poner a Calamaro haciendo el tonto en directo, nanas, a Manolo Kabezabolo y hasta a una coral de monjas cantando el “Saber que vendrás”… Pero justo hace un momento me ha dicho que si podemos posponerlo para el jueves. Y no solo se me ha acabado la diversión, sino también la inspiración, y ahora mismo no sé qué hacer para el jueves. Algo pensaré.

Traspasando la sobremesa del domingo. Los lunes y martes, y a veces también de domingo a miércoles son para mi un largo y ocioso domingo con algunas siestas en medio. El resto de días no es que sean mucho más agitados, solo algunas veces. He salido de la cueva un rato a hacer compra para mi fin de semana mental, voy a hacer pasta. Y al pasar por la Iglesia de María Inmaculada, la que está llegando a la Plaza de Antonio Vega, que así se llama ahora (lo juro), me han asaltado dos señores muy peculiares para hacerme unas preguntas. Uno era un vejete con cara de entrañable, profundo acento norteamericano del sur y una visera con la leyenda “40 days for life”, que estoy ahora mismo comprobando en la red que corresponde al eslogan de una simpática campaña disuasoria antiabortista activo-pasiva. El otro menda se parecía bastante a Cañita Brava y tenía mirada de asesino serial. Me han parado, decía, para pedirme mi opinión sobre el estado de las cosas religiosas en el Madrid de hoy. Como casi nunca llevo prisa hemos estado charlando casi diez minutos, hasta que el yanqui ya se miraba el reloj y se le olían las ganas de despacharme. Porque llevaba todo el día sin hablar con nadie, ahora que lo pienso, y porque tampoco parecía que fuésemos a ponernos de acuerdo en nada. Pero les he debido de caer bien, aunque haya mezclado en mi charla a curas, nazis, el calendario Maya y la adicción a la terapia las Constelaciones Familiares, y me han regalado una pequeña “medalla milagrosa” con la efigie de la virgen Virgen, del tamaño de una moneda de un céntimo achatada. Me ha hecho ilusión y la he puesto en el estante de la tele, acurrucada en el pecho de un elefante africano en miniatura que me “regaló” el otro día un vendedor ambulante. El microrregalo venía con instrucciones, y estoy leyendo que la medalla es milagrosa sobre todo si se lleva al cuello, así que de momento me conformaré con que me bendiga con no cortarme con su canto, aún sin jaculatorias a la Medianera Universal de por medio. También vienen una serie de loas a la Virgen, a la que denominan de mil maneras, algunas de las cuales se escuchan también estos días atribuídas a Esperanza Aguirre, que acaba de caernos encima otra larga temporada, más enfurecida que nunca.

Ayer fui a votar. No tuve tiempo de pensar en ello, porque ha sido otro fin de semana intenso y casi sin dormir, y porque estaba muy emocionado con el levantamiento popular en la Puerta del Sol, que esperemos que evolucione y no termine siendo una parodia, y de alguna manera se convierta en una energía motriz que mata fascistas, o algo así parecido, muy sonoro. He estado por allí varios días de la semana pasada y era verdaderamente emocionante, a mi se me había olvidado ya lo que era la gente, me caía todo el mundo fatal desde hace años, y de pronto estuve muy a gusto paseando por allí las veces que he ido. La mejor, claro, con la biarrota, J., a la que llamaré Élodie, la chiquita ésta de Biarritz vestida de rosa que me tuvo loco todo el sábado por la noche.

Resulta que vino una pareja de franceses el sábado a mediodía a tomar vermú. Les trajo la providencia, porque el único hueco para aparcar el coche que encontraron, después de un rato tratando de acercarse en espiral a la Puerta del Sol, fue el que hay justo delante del bar. Y por no mover el coche ya en todo el finde eligieron el bar como campamento base. Élodie me dejó obnubilado desde el principio, preciosa, de pechos pequeñitos (dos), sonrisa picarona, mofletes, garbo de amasadora de brioches y me ponía muchos ojitos, lo juro, me lo dijeron tres personas a lo largo del día. Me puse berraquísimo. Por la tarde volvieron, pero estaba petado y no había sitio donde sentarse, así que se marcharon después de un rato esperando. Pero un par de horas después, volvió solo él, Antuán creo que se llamaba. Mi corazón sufrió una convulsión. Aunque había supuesto que no debían de ser pareja sentimental, puesto que el pánfilo franchute vive en otra ciudad, no habla ni papa castellano y, sobre todo, porque ella no le prestaba ni la más mínima atención (no les vi cruzar una sola palabra en todo el día), je me sentí desolé, porque lo mismo ella había pillado cacho con un tragafuegos en Sol o algo peor. Pues eso, Jean Louis o como se llamase pagó y se fue y me quedé mohino. Estaba siendo una tarde de muchísimo curro y tampoco tuve tiempo de pensar en nada, esto lo estoy reconstruyendo mentalmente ahora por matar el rato. El sábado, y también el viernes, curramos como leones. Pero sucedió que, al filo de la medianoche, volvieron a aparecer Élodie y Franchuás. Ella bastante achispada, y ya directamente poniendo morritos. Eché los cierres y saqué ceniceros, hubo un buen rato de farra con un reencuentro de siete cuarentones de Santa Eugenia que pagaron la cuenta más alta que recuerdo haber cobrado en por lo menos tres años. También vino el Boli. Y luego nos fuimos otra vez hacia la Revuelta. Y la cruzamos de la mano. Y al cabo de un rato nos perdimos y yo tenía que dormir, pero antes nos despedimos con un beso levantando una pata delante de una tienda de campaña con forma de corazón. O así lo recuerdo. Casualmente, por la mañana le había dejado una tarjeta del garito para que no olvidase dónde habían aparcado el coche. Así que el domingo, que abrimos un rato bobo por la tarde, de pronto, sonó el teléfono y era Élodie, desde Biarritz. Qué escalofrío recorriéndome la columna. No quería nada, claro, que Jean Baptiste había perdido el iPhan y el único teléfono que tenía de España era el del bar. Y decirme que si volvía a Madrid volvería al bar. Seguro que llamó para eso y lo del iPot era trola.

Empecé este post hace más o menos dos horas, cuando volví de la compra, y en este rato he estado escuchando y seleccionando canciones que pudiera meter en el saco de sastre de “música rara del mundo”, pero en torno a la figura de Dylan. El churri de Abi empezó hace dos semanas a currar en una emisora de radio musical nueva que emite desde Gran Vía, y quería llevarme mañana, cumple del cansautor de Minnesota, para promocionar el fanzine y pinchar lo que me salga del ojal. Pensaba empezar con “Romance in Durango”, porque me chifla y es como exótica y medio en bable; y “Spanish is the loving tongue” en algún momento. Pero luego iba a poner a Calamaro haciendo el tonto en directo, nanas, a Manolo Kabezabolo y hasta a una coral de monjas cantando el “Saber que vendrás”… Pero justo hace un momento me ha dicho que si podemos posponerlo para el jueves. Y no solo se me ha acabado la diversión, sino también la inspiración, y ahora mismo no sé qué hacer para el jueves. Algo pensaré.

May 5, 2011
Estoy en un momento fantástico. Cuando echo la vista atrás me duele  el cuello y a grandes rasgos siento que he fracasado, porque no tengo un  caballo y una casa con mesa de billar, pero miro diez minutos hacia  adelante y me siento un poco privilegiado y todo, de no tener un trabajo  de verdad, sino un sitio al que voy a veces y me lo paso tan bien.  Estos últimos días han sido, todos, bastante de no creérselo. El fin de  semana fue un carrusel, con tanta visita al bar y tanta farra. Conocimos  a una pareja de suizos, ella me enamoró locamente, es lo más bonito que  he visto en mi vida, y su tronco era un tío graciosísimo. Estuvimos  hablando en inglés todo el rato, muy a gusto. Esa noche, B. había estado  bebiendo demasiado, y me dijo unas cosas muy bonitas, me sentí  superado. También me dijeron cosas muy agradables A. y los parroquianos  de la mañana, y Pachi también un día. Y anoche, ya miércoles, esta chica  tan guapa que viene con N. estaba flipando en el sitio, decía que era  lo mejor que le había pasado en toda la semana. Me invitaron a subir a  tomar la última a su casa, pero hice la de la púa. El sábado salimos de  copas B. y yo con la pareja de suizos y tampoco hasta muy tarde, lo cual  estuvo bien. Además me había dejado el dinero en el bar, así que no  gasté nada. El domingo, volvieron. Fue un día cansadísimo, el domingo.  Comí con la familia, después de haber dormido muy poco, y recuperé la  bici, que la echaba de menos. Y volvía a casa a toda hostia, tan feliz,  silbando, cuando se salió la rueda de atrás justo en mitad del  scalextric de Pablo Iglesias, que casi me mato. Iba en vaqueros y camisa  blanca. Tardé hora y media en llegar a casa, en metro, con la ropa echa  una mierda, y llegué tarde al bar cuando estaba a reventar.
Fue  idea mía abrir el bar este domingo, aprovechando las fiestas del barrio y  la sesión de teatro, y fue un éxito. Un dinero extra, y total, como  digo no lo proceso exactamente como un trabajo, sino como una quedada  multitudinaria, poco menos. Casualmente, vinieron Diana, Óscar, Igor y  toda esta gente, un grupo de unos 15, que estuvieron toda la tarde ahí. Y  luego vinieron los del teatro, y a las 12 como siempre echamos el  cierre y como en casa. Al rato golpearon la puerta los suizos, y me hizo  muchísima ilusión. También se pasó un rato esa actriz de  teatro-barra-chuza del barrio que no sé cómo se llama. Y cuando volvimos  a abrir la puerta ya era completamente de día, y había muerto Bin  Laden. Si me llegan a acusar de haber matado yo mismo a Bin Laden, o de  que murió de cirrosis en el bar, no hubiera tenido más remedio que  creérmelo. Una locura. Así un día tras otro, casi siempre. Me cobré una  pasta además, hoy he pagado todas las facturas. En serio, un fin de  semana extraordinario, pero demasiado cansado. Duermo 6-8 horas en todo  el fin de semana, y el tiempo que estoy despierto y fuera de la barra  casi no paro, el sábado con el fanzine, el domingo la comida familiar y  la bici, el lunes que fue festivo tenía pádel y no me acordaba, otra vez  a madrugar y pegarme una paliza casi sin dormir. Luego entre semana  compensa, porque no hago gran cosa. He vuelto a leer novelitas de  bolsillo como churros, a reírme con Craig Ferguson, a desayunar en el bar todas las mañanas. No hago mucho más. Me gusta así. Este fin de semana también se prevé marejada.

Estoy en un momento fantástico. Cuando echo la vista atrás me duele el cuello y a grandes rasgos siento que he fracasado, porque no tengo un caballo y una casa con mesa de billar, pero miro diez minutos hacia adelante y me siento un poco privilegiado y todo, de no tener un trabajo de verdad, sino un sitio al que voy a veces y me lo paso tan bien. Estos últimos días han sido, todos, bastante de no creérselo. El fin de semana fue un carrusel, con tanta visita al bar y tanta farra. Conocimos a una pareja de suizos, ella me enamoró locamente, es lo más bonito que he visto en mi vida, y su tronco era un tío graciosísimo. Estuvimos hablando en inglés todo el rato, muy a gusto. Esa noche, B. había estado bebiendo demasiado, y me dijo unas cosas muy bonitas, me sentí superado. También me dijeron cosas muy agradables A. y los parroquianos de la mañana, y Pachi también un día. Y anoche, ya miércoles, esta chica tan guapa que viene con N. estaba flipando en el sitio, decía que era lo mejor que le había pasado en toda la semana. Me invitaron a subir a tomar la última a su casa, pero hice la de la púa. El sábado salimos de copas B. y yo con la pareja de suizos y tampoco hasta muy tarde, lo cual estuvo bien. Además me había dejado el dinero en el bar, así que no gasté nada. El domingo, volvieron. Fue un día cansadísimo, el domingo. Comí con la familia, después de haber dormido muy poco, y recuperé la bici, que la echaba de menos. Y volvía a casa a toda hostia, tan feliz, silbando, cuando se salió la rueda de atrás justo en mitad del scalextric de Pablo Iglesias, que casi me mato. Iba en vaqueros y camisa blanca. Tardé hora y media en llegar a casa, en metro, con la ropa echa una mierda, y llegué tarde al bar cuando estaba a reventar.

Fue idea mía abrir el bar este domingo, aprovechando las fiestas del barrio y la sesión de teatro, y fue un éxito. Un dinero extra, y total, como digo no lo proceso exactamente como un trabajo, sino como una quedada multitudinaria, poco menos. Casualmente, vinieron Diana, Óscar, Igor y toda esta gente, un grupo de unos 15, que estuvieron toda la tarde ahí. Y luego vinieron los del teatro, y a las 12 como siempre echamos el cierre y como en casa. Al rato golpearon la puerta los suizos, y me hizo muchísima ilusión. También se pasó un rato esa actriz de teatro-barra-chuza del barrio que no sé cómo se llama. Y cuando volvimos a abrir la puerta ya era completamente de día, y había muerto Bin Laden. Si me llegan a acusar de haber matado yo mismo a Bin Laden, o de que murió de cirrosis en el bar, no hubiera tenido más remedio que creérmelo. Una locura. Así un día tras otro, casi siempre. Me cobré una pasta además, hoy he pagado todas las facturas. En serio, un fin de semana extraordinario, pero demasiado cansado. Duermo 6-8 horas en todo el fin de semana, y el tiempo que estoy despierto y fuera de la barra casi no paro, el sábado con el fanzine, el domingo la comida familiar y la bici, el lunes que fue festivo tenía pádel y no me acordaba, otra vez a madrugar y pegarme una paliza casi sin dormir. Luego entre semana compensa, porque no hago gran cosa. He vuelto a leer novelitas de bolsillo como churros, a reírme con Craig Ferguson, a desayunar en el bar todas las mañanas. No hago mucho más. Me gusta así. Este fin de semana también se prevé marejada.